150 años del fusilamiento del General José María Melo y Ortíz

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150 años del fusilamiento en Juncaná, Chiapas, del General José María Melo y Ortiz.

In memorial para Enoch Cansino Casahonda, melista de corazón.

 

Por Ricardo Cuéllar Valencia



1280654944076-cuellar.jpgDoctor en Literatura por Universidad de Valladolid, España. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

E-mail: rcuellar@unach.mx


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I

José María Dionisio Melo y Ortiz nació el 9 de octubre de 1800, Chaparral, Tolima, Nueva Granada. Sus padres fueron Manuel Antonio Melo y María Ortiz; abuelos paternos Francisco Antonio Melo y María Francisca Abadía; abuelos maternos, Antonio Ortiz y María Ignacia Freire; padrinos de bautizo José María Ortiz y Antonio Ortiz, según el acta de nacimiento.

     Ingresó el joven tolimense al Ejercito Libertador  y a las milicias de la región en 1818. Es designado teniente en Mariquita el 24 de abril de 1819 y, ese mismo año, participa en acciones de guerra en Pasto, Popayán, Pitayó, Jenoy y Matará. El 7 de abril de 1822 es  activo militar en la batalla de Bomboná; el 24 de mayo participa en las operaciones de Pichincha, Quito. Al año siguiente es ascendido a capitán de caballería, en la que se especializará. El 9 de diciembre de 1824 en la batalla de Ayacucho es miembro activo del Ejercito Libertador, operación decisiva en la que logra la liberación definitiva de Perú y América del Sur. En 1825 se encuentra en Perú acompañando al Mariscal Antonio José de  Sucre, en quien pensó Simón Bolívar que lo sucediera, antes de ser asesinado en Berruecos. El 23 de enero de 1826 participa en el asedio a El Callao, Perú. El 5 de junio de 1830 es ascendido a coronel, pocos meses antes del deceso del Libertador.

     El 8 de julio de 1835 participa el coronel José María Melo en la llamada Revolución de las Reformas, en la cual piden, entre otras cosas, la reconstitución de Colombia. En 1837 ingresa a la Academia militar en Bremen, Sajonia, Alemania. En 1843 nace su hijo Máximo, en Bogotá, quien lo acompañará en la peregrinación por Centroamérica hasta Chiapas y llegará a ser el  tronco fundacional de la descendencia de los Melo  en Chiapas, después se matrimonio con Amada, hija de Ángel Albino Corzo. El 2 de junio de 1851 es rehabilitado y ascendido a general. El 19 de de junio de 1852 es nombrado Comandante General del Departamento de Cundinamarca y Jefe de la 2da. División del Ejército. En 1852 funda el semanario El Orden, bajo la dirección de Joaquín Pablo Posada. El 17 de abril de 1854 sucede el golpe democrático-artesanal, encabezado por él para dirigir el país.

     En el golpe democrático artesanal de 1854, escribió Gustavo Vargas Martínez, el general Melo fue  “el hombre preciso en la ocasión adecuada, y (…) su gesto obvio y campesino, mucho más que el verbo escaso haya impulsado la epopeya de conminar al presidente legítimo Obando a romper el pacto constitucional de la república de leguleyos y doctores, para implantar una inédita república de artesanos e intelectuales,  (fue) la primera de su clase en América”[1] (:112).

     Las diferencias sociales eran evidentes. En los años cincuenta del siglo XIX, varias ideas radicales surgieron en América Latina. En Colombia las Sociedades Democráticas de Artesanos fueron un efectivo motor para su proliferación. En Bolivia surge la lucha de Manuel Isidoro Belzú, en Chile brota la rebelión de los igualitarios y en Perú y México se dan las primeras organizaciones mutualistas.

     Las ideas políticas de  la guerra civil  francesa de 1848 y la presencia de los socialistas utópicos de la talla de Saint-Simón, Owen, Cabet y Charles Fourier, prendieron entre republicanos y demócratas. También se leían Los Girondinos de Lamartine, Las utopías de Luis Blanc y Pruodhon. Los lectores colombianos de estos pensadores franceses fueron, entre otros, Salvador Roldán, Miguel Samper, Venancio Ortiz, Felipe Pérez, Joaquín Posada Gutiérrez, José Manuel Restrepo; pensadores y políticos, al decir de Rafael Núñez, “peligrosamente iluminados” por Los Girondinos”. La otra postura, precursora del socialismo de izquierda, estuvo representada por Joaquín Posada y Fernán Piñeros, escritores en el periódico El Alacrán. De ahí las diferencias, en el campo de las ideas políticas neogranadinas, entre gólgotas y draconianos, moderados y radicales, versiones del liberalismo de entonces.

     En el orden social las diferencias se establecieron, de acuerdo al legado colonial, entre artesanos y  comerciantes (importadores-exportadores), entre la plebe y las elites capitalinas.

    En el campo de la lucha política las opiniones se definieron en tres puntos de vistas bien diferenciados. Por un lado, los liberales de ascendencia jacobina, impulsores del libre cambio, libre pensadores, quienes fueron reconocidos como draconianos, recordando a Dracon, pensador francés de esos días. Los gólgotas, de raíces cristianas, con  principios radicales e impulsores más del “progreso social que de los cambios políticos, comprometidos con un cierto socialismo burgués de inspiración filantrópica” (:119). Y los conservadores que aglutinaron a los terratenientes y comerciantes temerosos de las ideas revolucionarias en boga.

     En este complejo de diferencias sociales e ideológicas nace el golpe político militar  impulsado por José María Melo el 17 de Abril de 1854, con el decidido apoyo de las sociedades de artesanos y los reductos de los sectores revolucionarios del Ejercito Libertador. De esta manera se produjo un “cambio cualitativo inédito en la historia de Latinoamérica: el gobierno de conjunto de artesanos y militares patriotas” (:120).

     La reacción fue inmediata.  Liberales y conservadores, además de  “gólgotas arrepentidos, draconianos amenazados, filotémicos y republicanos sorprendidos y horrorizados” (:120) se unieron para hacer frente a la nueva realidad política militar por medio de un ejército pluripartidista, además del apoyo  de legaciones extranjeras, como la estadounidense, encabezada por el señor Green. Pese a la reacción contra su proyecto proteccionista Melo impulsó algunas reformas en la capital de la república a favor de la producción artesanal. Tres expresidentes, Herrán, Mosquera y López, de inmediato obtuvieron apoyo en parque, dinero y hombres. El presidente, general José María Melo y Ortíz, fue derrocado. El 4 de diciembre de 1854 Tomás Cipriano de Mosquera toma Bogotá, el presidente, 49 oficiales y casi mil soldados son puestos en prisión. Se le siguió un ruidoso juicio político con la apariencia de un juicio criminal, primero, luego un juicio por insubordinación militar, y finalmente se acudió a un juicio civil, con el que lograron expulsarlo del país, confiscándole los bienes y prohibiendo su retorno. Los tres juicios se reducen a uno: juicio político. Estaban en la contra-corriente de la historia o contra el destino trazado por el librecambismo diseñado desde Inglaterra. Triunfó el liberalismo económico.

     José María Melo tuvo en su contra  la “animadversión de clase”, “odio racial” y el “civilismo antimilitarista, habida cuenta que la derrota de Bolívar y la instauración del régimen de la burguesía criolla tomó como inaguantable desplante la ruptura de su propio orden constitucional” (117).

     El régimen de Santander derrotó el antiguo proyecto bolivariano. José María Melo deseó retomar  “el hilo de la guerra de  independencia” para cerrar el ciclo histórico de la liberación con un pueblo en armas, entre ellos los artesanos. Pero advierte el historiador “no había condiciones, la ocasión se había perdido, no había madurez objetiva y los hombres multidimensionales se habían ido” (:113) Y  el resultado fue la derrota del general Melo ocho meses después del “triunfo efímero”.

     Salió para Costa Rica el 23 de octubre de 1855 en el vapor Clyde. Con él partieron deportados 200 artesanos, “pocos pudieron salir en barco, pero la gran mayoría debió hacerlo a pie, en marchas colmadas de inauditos sufrimientos, hasta el lejano destino de la expatriación, el río Chagres en los límites de la república neogranadina de entonces, que comprendía la Mosquita ahora en territorio nicaragüense” (:121). En 1859 se encuentra en El Salvador  donde participa en actividades públicas y es “bien acogido por las autoridades. Poco después arribó a Guatemala, donde estuvo escasos meses” (:122). Perseguido por el dictador guatemalteco Rafael Carrera llega a Chiapas, donde el presidente Benito Juárez a petición del gobernador Ángel Albino Corzo lo nombra miembro del ejército mexicano.

 

II

Gracias a los testimonios gráficos conservados del general Melo y Ortiz, Gustavo Vargas Martínez, su principal historiador, ha dibujado su figura así: “lo recreamos en la memoria con los rasgos acentuados de un mestizo más proclive al pijao que al hispano: ojos hundidos, mirada lejana, quijada maciza,  y prominente, pómulos fuertes que encuadraban una cara endurecida por la guerra, de pelo rebelde, lampiño, atabacado, definitivamente varonil como Juárez y como él orgulloso de su estampa americana” (:112).

     Melo y Ortiz fue un hombre popular entre “masas heterogéneas”, sostiene su  biógrafo y lo sustenta al afirmar que “…nunca ha sido desmentido que tuvo seguidores fieles por miles y a la vez un carácter poco dado a la lisonja o doblegable a la adulación” (:112).

     La carrera militar del general Melo y Ortiz fue impecable. Representó como gobernante de la Nueva Granada las fuerzas democráticas que eran la expresión de una presencia económica que venía siendo aniquilada por la nueva división internacional del trabajo. Ese fue el destino de la producción artesanal, con intentos de desarrollo industrial, en todas las repúblicas de América Latina. El general Melo y Ortiz, los artesanos liberales de corte draconiano, los intelectuales críticos y militares bolivarianos de mediados del siglo XIX, fueron una expresiva, polémica y activa fuerza social, política, intelectual y militar. Valga recordar  a los generales José María Mantilla y Joaquín Gutiérrez de Piñeres; los doctores Francisco Antonio Obregón, Pedro Martín Consuegra, el escritor Joaquín Pablo Posada, los artesanos Ambrosio López, el herrero Miguel León, el zapatero José Vega, el propagandista Camilo Rodríguez, todos militantes activos en la rebelión democrático-artesanal de 1854, en medio de la cual proclamaban la república artesanal.

     Las críticas venían sucediéndose desde los años veinte en torno a la excesiva libertad en el comercio exterior que afectaba de manera dura la producción interna, apenas floreciente, la reducción drástica del consumo de las materias primas en perjuicio de la agricultura y la cría de ganado lanar en las provincias de Socorro, Tunja, Bogotá y Pamplona. Desde el propio gobierno se demandó  crear trabas al comercio extranjero, la prohibición absoluta de introducir “varios géneros, frutos y efectos que se producen en nuestro país”, escribió en su Memoria de Hacienda José Ignacio de Márquez en 1831 (:22).

     Vargas Martínez trae a colación un “poema” citado por el historiador Indalecio Liévano Aguirre (autor de un excelente libro sobre Bolívar y otro en torno a las ideas del siglo XIX), del artesano José María Garnica, en el que se dibuja la situación de aquellos productores locales empobrecidos por el comercio de importación,  que retomamos: Infeliz Patria, hasta cuando/ cesará nuestro desvelo, / vuestros hijos por el suelo/ y los amigos mamando!/ Nos traen mesas, taburetes,/ canapés, escaparates,/ baúles, zapatos, petales,/ galápagos, ligas, fuetes,/ y multitud de juguetes/ con que barren nuestros reales; mientras nuestros menestrales/ se abandonan por no hallar/ cómo poder trabajar/ igual a tantos rivales. /Preciso es, caros hermanos,/ que dejemos la manía/ de empobrecer cada día/ más y más los colombianos/ dando preferencia ufanos/ a las cosas extranjeras (:22-23).

    El régimen de Santander derrotó el antiguo proyecto bolivariano. José María Melo deseó retomar  “el hilo de la guerra de  independencia” para cerrar el ciclo histórico de la liberación con un pueblo en armas, entre ellos los artesanos. Pero advierte el historiador “no había condiciones, la ocasión se había perdido, no había madurez objetiva y los hombres multidimensionales se habían ido” (:113). Y  el resultado fue la derrota del general Melo ocho meses después del “triunfo efímero”.

     El ideólogo del librecambio en aquella Colombia de mediados del siglo XIX fue Florentino González, educado en Inglaterra. Las diferencias llevan a la división clara y desafiante entre gólgotas y draconianos. Es el momento del nacimiento de los partidos políticos, de la conciencia social -como bien lo ha demostrado el historiador Germán Colmenares- en medio de un fuerte debate político, económico e ideológico. Las diferencias se resuelven en el Gobierno y derrocamiento del Presidente  José María Melo y Ortiz.  Los resultados serán tangibles durante un siglo: triunfo el liberalismo económico.

     Las diferencias económicas, sociales y políticas estaban crispadas. Todo tipo de rumores cundían, hasta el de los golpes militares. En esas condiciones se realizaron las elecciones de 1853. El elegido fue el draconiano José María Obando en contra del candidato de los gólgotas Tomás Herrera. Los conservadores no acudieron a las urnas. El discurso de posesión en la catedral no satisfizo a nadie.  De parco y radical no pasó, sin la aprobación de los demócratas que lo habían apoyado.  Su administración llena de tropiezos duro un año. Las diferencias entre gólgotas y draconianos se exasperaban.  En las elecciones provinciales el gobierno de Obando perdió el control político del país al quedar  varios cargos en manos de gólgotas y conservadores. De suerte que Obando se replegó a los cuarteles y a  las Sociedades Democráticas. Las diferencias se fueron a los extremos de la polaridad.

     El general Melo era entonces comandante militar de Bogotá, “fervoroso obandista” y partidario de las Sociedades Democráticas. La anarquía se adueñó de la capital, en donde ya habían ocurrido sangrientos enfrentamientos. Las diferencias se arengaban entre gólgotas y cachacos, las cuales eran frecuentes en las procesiones, las corridas de toros y las reuniones públicas. “Encuentros entre húsares y “cachacos” habían dejado heridos y contusos, mientras la actividad política de los artesanos había logrado crear una gran base de opinión popular, de la que hacían ostentación pública” (:54).

     En estas condiciones emerge José María Melo. Veamos.  “Obando consideraba a Melo un hombre necesario para el sostenimiento del poder. Ante la pérdida de la iniciativa en las Cámaras, rodeado de gobernadores desafectos, acudía al prestigio de Melo, que no rebasaba ciertamente las dimensiones de la Sabana, pero que tenía, además del ejército, la incontrastable fuerza de las poderosas Sociedades Democráticas” (:54).

     Sucedieron diferentes movimientos en las distintas fuerzas políticas. Se intentaban levantamientos de conservadores en el Cauca, comandados, entre otros, por el poeta y escritor Julio Arboleda; radicales urdían lo mismo; el golpe era esperado. La Sociedad  Democrática ofreció su respaldo al gobierno. El 16 de abril de 1854 a las 8 de la mañana  los Demócratas entre 500 y 600 aparecieron frente a las puertas del Cuartel de Artillería. Marcharon los milicianos armados por las calles.

     El 17 de abril a las cinco de la mañana, 300 húsares “con uniformes de gala traídos de Europa y en perfecto estado de disciplina formaron de a cuatro en fondo en la plaza de Bolívar. Los 600 democráticos que el día anterior habían tomado armas  en el Cuartel de Artillería formaron también a manera de milicias populares. El general Melo, sobre su caballo favorito de color zaino, desafiando abiertamente la Constitución recién promulgada y las instituciones nacionales, gritó con fuerza: “Abajo los gólgotas”.  Aquel grito fue coreado con estrepito y muchos gritos más se oyeron a favor de Obando, de Melo, de las Sociedades  de Artesanos” (:57). Habían convenido que Obando gobernara en la “dictadura”. Fue una comisión a verlo. Hubo en la plaza repiques de campanas, dianas, toques de tambores, cornetas y clarines. La comisión la conformaron el doctor Francisco Antonio Obregón, presidente de la Junta General Democrática; el artesano, herrero, Miguel León, presidente del Cabildo de Bogotá y los generales Gutiérrez de Piñeros y José María Melo, la más alta autoridad militar de la capital. Obando no aceptó la propuesta de gobernar en las circunstancias en las que se le ofrecía reasumir el cargo. Tomó el mando del gobierno el general José María Melo, ante la anarquía y las disputas políticas.

     Para su gobierno Melo se rodeó de hombres con experiencia, cultos, democráticos. Francisco Antonio Obregón, un abogado  de esclarecida cultura,  el autor intelectual del golpe, que había conocido el destierro y la prisión, fue nombrado Secretario General del jefe de gobierno, entre otros funcionarios de reconocido oficio y prestigio. No podemos dejar de mencionar a Joaquín Gutiérrez, editor de El Alacrán y luego de El 17 de abril, liberal, precursor de las ideas socialistas en Colombia. Su obra literaria fue reconocida por Marcelino Menéndez y Pelayo. En éste  periódico dio a conocer los que serían los propósitos iniciales del gobierno melista. Vargas Martínez lo resume de la siguiente manera, después de leer el editorial de El 17 de abril, No. 3, titulado Convención Nacional:

  1. Convocar al pueblo, para que manifieste su voluntad sin interferencias de los políticos, los demagogos, los embaucadores y los prejuicios constitucionalistas.
  2. Castigar el monopolio y cobrar fuertes  derechos a las mercancías extrajeras.
  3. Suprimir las leyes eclesiásticas que han dividido al pueblo en partidos.

     En  un párrafo de dicho editorial se lee: “Nosotros somos libres, nosotros somos demócratas; nosotros no habríamos abandonado nuestros talleres, nuestro hogar, nuestras familias, por entregar nuestra soberanía a un solo hombre;  no cambiaremos a ningún precio nuestro título de ciudadanos por el de súbditos; nosotros hemos empuñado las armas por el orden contra la anarquía; nos hemos unido a nuestros hermanos del Ejército y a la par que ellos hemos gritado: ¡Abajo los demagogos! ¡Abajo los embaucadores! ¡Convención Nacional!”. (:74). Los líderes  o la  vanguardia de la revolución de abril fueron Ardilla, Posada y Obregón, quienes se encargaron organizar a los artesanos en milicias, escribir y coordinar por las distintas provincias el implantamiento de régimen. Apenas duró ocho meses. Se organizó un ejército que cercó las fuerzas de Melo. Se tomaron Bogotá y el gobierno. Triunfaran  los comerciantes, los prestamistas, los importadores… el liberalismo económico.

 

EL GENERAL JOSÉ MARÍA MELO Y ORTIZ EN CHIAPAS

La historiografía dedicada a Chiapas de manera fragmentaria y  limitada se ha ocupado de la presencia político militar en el Estado del general neogranadino José María Melo y Ortiz. Incluso se ha descuidado el estudio del período en el cual vive el general  Melo: la Reforma en Chiapas. Lo más completo es lo escrito por Trens, hace ya más de cincuenta años. El trabajo de Esponda Jimeno es una indagación seria, aunque muy corta en su redacción,  con el evidente sesgo de poner mal a Ángel Albino, dado que, entre otras cosas, no desarrolla ni documenta el debate ideológico entre los reformistas chiapanecos y la Diócesis comandada por el beligerante obispo Colina y Rubio.  Ni analiza con detenimiento la viabilidad histórica de la Reforma, que tan clara y precisa formula y expone Corzo  en más de cien páginas   cuando decide escribir Reseña de varios sucesos acaecidos en el Estado de Chiapas y Durante la intervención francesa en la república (1),  textos escritos desde la memoria viva de lo pensado, propuesto, actuado, de lo que permanece e interesa resaltar,  en sus años en el ejercicio de la política y la guerra; además de discutir con profundos argumentos y cuestionar al obispo que lo atacaba desde Guatemala, con el apoyo político-militar del dictador Rafael Carrera.  En ese momento de crispación llega el general Melo y Ortiz a Chiapas. Son románticos los políticos y   los poetas hacen política.

   Cuando yo era estudiante de sociología en 1974 conocí el primer libro de Gustavo Vargas Martínez dedicado a José María Melo, los artesanos y el socialismo en Colombia, editado por la Oveja Negra. En 1981, en el segundo mes de mi residencia en la Ciudad de México, empecé a tratar al historiador. El azar dispuso que fuéramos vecinos en Tlalpan; la relación con un amigo común nos ofreció una fructífera y prolongada  amistad. Tiempo después vino cuando vivía yo  en Chiapas. Me regaló una fotocopia de su libro. Avanzaba en otro trabajo más completo. En su segundo viaje recorrimos, desde Comitán, los bellos verdes llanos ondulados que llevan a Juncaná. Tomó fotografías del lugar y datos de los habitantes de la casa donde dormía el general y fue fusilado por órdenes de Juan Ortega, jefe político-militar de los conservadores, amigo y gestor declarado de Colina y Rubio. En su investigación histórica  Vargas Martínez, contacto y entrevistó a casi todos los descendientes  del general neogranadino residentes en Chiapas, Veracruz y Ciudad de México.

     En los días que era presidente municipal el poeta y médico Enoch Cansino Casahonda (que en paz descanse) le propuse para el  primero de junio de 1990 un homenaje al soldado de Bolívar sacrificado en Chiapas. Aceptó de inmediato, lo conocía y reconocía. Entramos en contacto con  Gabriel García Márquez y Gustavo Vargas Martínez. Gustavo conectó a Gabo gracias a que fue su asesor para escribir El general en su laberinto y, era desde entonces,  mi amigo el creador de Macondo. El presidente, Salinas de Gortari, se animó con la idea de  llevar los restos del general a su tierra natal. No vino Gabo al homenaje. Pero estuvo con nosotros Álvaro Mutis. Llegó el embajador de Colombia, su esposa, varios escritores chiapanecos, colombianos residentes en Chiapas, descendientes de los Melo Granados (Melo-Corzo). Fue una verdadera fiesta. Se publicó un librito José María Melo: soldado de Bolívar sacrificado en Chiapas,  editado por Rodrigo Núñez de León, con la conferencia del doctor Vargas Martínez y la presentación del expositor de honor pronunciada por el doctor Enoch Cansino Casahonda y la que yo expuse a nombre de los colombianos. Y algunos documentos.

     Por razones obvias, de orden ideológico, a las que hemos ya aludido,  la historiografía colombiana a tratado con desprecio y mala leche la vida del soldado de Bolívar. Prejuicios de todo tipo han primado. Después de ciento cincuenta años las posturas de los historiógrafos y diaristas conservadores se derrumban por su chabacanería y falta, obviamente, de sustento crítico y documental. Vargas Martínez las revisó y comento con agudeza  en José María Melo: los artesanos y el socialismo, editado por Planeta en 1998. El que le dedicó tiempo y realizó lo más avanzado en el terreno de la investigación  sobre Melo fue nuestro amigo, fallecido hace seis años. Dejó un libro inédito. Al entregarme, aquí en Chiapas una copia me dijo: hazle todas las notas que puedas documentar y un prólogo. El libro no lo tengo en mis manos, desgraciadamente. Va a aparecer entre los papeles que dejó a su esposa, quien hasta ahora no lo ha encontrado dadas sus ocupaciones familiares y sobre todo  que el legado del historiador se encuentra en distintos lugares entre los familiares.

     Varios han sido los avatares para conocer la historia concreta de los Melo y su descendencia chiapaneca, fundamentada en la documentación y su lectura seria, detenida, esclarecedora.  En Chiapas la presencia del general Melo es conocida por intelectuales y políticos y, entre un sin número ciudadanos. En Colombia varios amigos trabajan sobre Melo, he colaborado con ellos. Los propios descendientes, desde distintos lugares, se han dedicado a tratar de cerca la vida de aquel general que reconocen en su sangre liberal.  Varios me han ofrecido información valiosa. El libro más reciente  es el de una descendiente de aquellos dos generales distintos pero creadores: Ángel Albino Corzo y José María Melo  y Ortiz,  Martha J. Melo Granados. Nos ofrece en Sangre Liberal, una novela costumbrista, amena, escrita  a partir de los recuerdos de distintos familiares, apoyada en documentos. Dedicada no al tronco de los Melo en Chiapas, José María, si no a Máximo Melo Granados  el esposo de  la  chiapacorseña Amada Corzo; de ese  joven que vino de nueve años con su padre,  y finalmente lo alojó don Ángel en su casa para protegerlo,  instruirlo,  educarlo política y militarmente, y luego casarlo con su hija. La descendencia es amplia y rica en varios sentidos.

     Supone el historiador Gustavo Vargas Martínez, después de varias indagaciones que “Melo llegó hacia el diez de octubre (de 1859) a la frontera mexicana, perseguido por el dictador guatemalteco Rafael Carrera” (:122).  Entró en contacto, de inmediato,  con el gobernador chiapaneco, Ángel Albino Corzo.  Sus credenciales fueron aceptadas y reconocidas. La prensa de la época las registró con  inocultable precisión.

     Corzo lo hospedó en su residencia de Chiapa, uno de sus centros de operaciones. En febrero solicitó a Benito Juárez la incorporación del general Melo al “ejército fronterizo en formación”. El líder de la Reforma en México acepta la solicitud de Corzo, con el rango de general y designación de un sueldo  a este nuevo general neogranadino.

     Una reflexión del investigador Vargas Martínez es necesaria destacar para entender el sentido histórico de la vinculación del general Melo en el ejército mexicano:

No era frecuente la aceptación a las filas de ciudadanos extranjeros durante la guerra civil de la Reforma. Es posible que el general José María Melo haya sido el único extranjero que con ese rango haya participado en la revolución cumplida por Juárez, lo que nos es poco mérito. Pero para que se juzgue el carácter insólito del “ningún inconveniente” con que Juárez abaló la orden de Corzo, debe recordarse que cuando en septiembre de 1860 el cónsul británico Georges B. Mathew ofrecía al gobierno constitucional el auxilio de sus oficiales ingleses, Juárez respondía que aceptaba la amistad pero no las tropas que juzgaba innecesarias. También en enero de ese mismo año José María de J. Carvajal le había sugerido a Juárez aceptar tropas extranjeras de auxilio: Juárez desaprobó la idea con firmeza. Aceptar al general colombiano en las tropas mexicanas obedeció, entonces, a un gesto latinoamericanista, a un reconocimiento de la calidad moral, política y militar de Melo y a una condescendencia con el denodado esfuerzo de Ángel Albino Corzo (:122).

     El general Melo de  acuerdo a su formación militar y  a las instrucciones de general Corzo se traslada a Comitán,  con un  destacamento de caballería “de algo más de cien jinetes”, luego  se dirige  a  Juncaná para sentar reales y defender la frontera con Guatemala, atacada por Ortega. Los hombres que acompañaron a Melo eran “bisoños”, no conocían bien la región tojolabal. Melo consideró que no era necesario organizar tropas de infantería “como aconsejaba el propio gobernador Corzo” (:124). Es posible entender y pensar que “errores tácticos hayan precipitado el fatal desenlace en la madrugada del primero de junio de 1860, cuando el pequeño ejército melista se encontraba descansando en la exhacianda de Juncaná, a corta distancia de Zapaluta, hoy Trinitaria; allí fue sorprendido y atacado” (:124).

     Según testimonios documentales que conoció Vargas Martínez “Al general Melo se le asesinó fríamente. Estuvo herido más de una hora y se le conocía perfectamente. Ningún juicio o sumario siquiera se le siguió. Hubo orden expresa de Ortega para asesinarlo.  La inicua orden fue cumplida por el cabo Isidoro Gordillo y el sargento José Maldonado” (124). Vargas Martínez descubre en una carta de Rómulo Guillén, orteguita,  “fechada sólo cuatro días después”, varios detalles del  acto y del cadáver expósito. Se esculcó el cuerpo “y su escrutinio  es minuciosa e impregnada de sádica complacencia: un reloj, una cartera de listón celeste, unas cartas y cuatro pesos” (124).

     El general bolivariano, José María Melo y Ortiz fue fusilado  sentado sobre un tambor de aceite, después de ser interrogado, de nuevo,  por su identidad,  con la clara decisión tomada. Con los ojos fijos en el destino escuchó las ráfagas conservadoras de los enemigos de la Reforma en Chiapas.

     Así vivió políticamente, como lo hemos recordado en breves comentarios,  un hombre nacido  en y para los ejércitos bolivarianos; fue congruente desde la expulsión forzada, participó al lado de los juaristas de Chiapas; murió un hombre que hoy recordamos, desde Colombia hasta Chiapas. Sus herederos permanecen exigiendo justicia histórica. Con ellos estamos.

 

Notas

(1)Última edición, Gobierno del Estado de Chiapas, 1990, con prologo de  Cuathémoc López Sánchez. La primera le editó su autor en la Ciudad de México en 1867.

 

 

 

 

 



[1] Gustavo Vargas Martínez, José María Melo, los artesanos y el socialismo, Primera edición, Planeta, Bogotá 1998.

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Comentarios

150 anos del fusilamiento del General Jose Maria Melo y Ortiz.. Neat :)
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Soy la esposa de uno de sus descendientes delm general Melo

m esposo fue el que hizo en bronce el busto que está en Juncaná

semllaó Manuel César Granados Septien 

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Buenas, yo soy hijo de los descendientes de mi tataro tataro abuelo-- el General Jose Maria Melo. Eres familiar? 

Estoy en busqueda de su informacion. En mi lucha, quiero hacer realidad sus ideas en Colombia y Estados Unidso. Pero tengo que conocerlo mas. NO se mucho sobre su informacion del en en Chiapa, por ahora me conformo con saber sobre la revoluciones de colombia, ecuador etcetera. Quizas podremos hablar. 

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Soy la esposa de uno de sus descendientes delm general Melo

m esposo fue el que hizo en bronce el busto que está en Juncaná

semllaó Manuel César Granados Septien 

Responder

Mi madre se llamó María Ortiz y yo tambien me llamo así, al leer esta breve historia de los Ortiz, me pregunto quienes fueron mis antecedentes.....

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soy el ultimo de su linage con su nombre tengo la fortuna de contar con su origen y tengo una pistola de el que juarez le entrego

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Buenos, dices que eres familiar. Yo soy descendiente del general. Soy Colombiano, pues quisiera saber mas sobre mi tataro tataro abuelo. 

Podemos organizer un grupo o un Club. Mi desafio y proposito es revivir el recuerdo y historia de mi TT-abuelo en Colombia y el mundo. El gran autor VIctor Hugo habia dicho que la constitucion del Generalisimo Melo era unos de los documentos mas avanzado de acuerdo a los derechos humanos etcetera. 

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