Entre la resistencia y la tolerancia. De la crítica, pensamiento y visión de la Historia, en José J
Entre la resistencia y la tolerancia. De la crítica, pensamiento y visión de la Historia, en José Joaquín Fernández de Lizardi
Por Agustín Gutiérrez Molina
Estudiante de la licenciatura en Historia, UAM Iztapalapa.

E-mail: ozomatzin_gm@hotmail.com
Mirar al pasado es siempre enfocar una tenue luz en un lugar donde las formas se distorsionan a la distancia mientras ésta se prolonga. Iniciar el viaje, conocer, comprender las formas de otros tiempos requiere sutiles luces para encontrar los pasos que construyeron el camino que antecede a la palabra en la memoria.
El largo y lento proceso de la conformación de México como república nos sugiere un rico campo de estudio a partir de innumerables herramientas y enfoques. Es la perspectiva política la que predomina y de hecho como nos dice la Dra. Parcero, “por definición, toda la historia que se escribe en México en el siglo XIX, es historiografía política, pues político es el objeto a que tiende y política es su motivación.” (Parcero, 13). Asimismo, la mayor parte de la literatura decimonónica mexicana contiene marcados tintes moralizadores, didácticos y en general políticos.
En el presente texto me propongo tomar una facción de los discursos del primer cuarto del siglo XIX, en la vida intelectual de un hombre hijo de su tiempo entendiendo esta frase -a primera vista tautológica-, en un sentido quizá más profundo: todos somos hijos de nuestro tiempo, pero pocos asimilan las problemáticas en que se ven inmersos, y no sólo eso, sino que al mismo tiempo saben señalar las coyunturas y cismas. En resumen: desnudan su realidad espacio-temporal al tiempo que proponen soluciones.
José Joaquín Fernández de Lizardi fue un hombre de su tiempo, no sólo uno de los primeros novelistas – si no es que el primero- de la América insurgente, sino también un gran crítico literario. Por una parte su obra literaria es pauta y referencia, según Agustín Yañez “la historia de nuestra literatura debe dividirse en dos periodos: antes y después de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya obra justifica y condiciona la existencia de las letras mexicanas” (Agustín Yañez).

En este sentido, la obra de Lizardi aporta un interesante concepto de identidad mexicana. Por momentos es un sociólogo que se interna en la idiosincrasia del mexicano, y aunque literariamente no abandona los moldes de la narrativa europea, sí vislumbra una voz propia, reflexión plenamente americana.
Sus obras irán creando sitios comunes y un sentido didáctico que por momentos entorpece su narrativa, y es aquí donde el valor como fuente para el estudio de su época, en concreto como fuente para la Historia, se hace presente, además de sus panfletos, cartas y periódicos. Pero hagamos un panorama general en la vida de nuestro autor.
José Joaquín Eugenio Fernández de Lizardi Gutiérrez, El Pensador Mexicano, nació en la Ciudad de México, se cree que por 1774, y fue bautizado el 15 de noviembre de 1776 en la parroquia de la Santa Cruz y Soledad. Fueron sus padres: Doña Bárbara Gutiérrez, originaria de Puebla; y Manuel Fernández de Lizardi, médico del Seminario de los Jesuitas, en Tepotzotlán.
José Joaquín Fernández de Lizardi, estudió sus primeras letras en dicho pueblo, en donde entró a la escuela a los seis años de edad, y ya que supo leer y escribir se trasladó a la Ciudad de México, a estudiar latín con el Dr. Manuel Enríquez. Terminados sus estudios con el Dr. Enríquez, ingresa al Colegio de San Ildefonso, para cursar Filosofía, siendo su profesor en Dr. Manuel Sánchez y Gómez. Teniendo dieciséis años obtiene el título de Bachiller en la Universidad de México, y a los diecisiete comenzó a estudiar Teología.
Por entonces muere su padre. Desprovisto de recursos, Lizardi logra no terminar su carrera, dedicándose a buscar trabajos eventuales. Contrajo matrimonio en 1805, con doña Dolores Orenday; solo tuvieron una hija que murió soltera. (Urbina 265)
Se dice que Fernández de Lizardi participó en los movimientos de insurrección dirigidos por Morelos, idea un tanto discutida, aunque sí se sabe que mientras Lizardi ocupaba un cargo como Teniente de Justicia en Taxco, Guerrero, entregó las armas a Morelos, hecho por el cual fue puesto en presidio en la Ciudad de México. Lizardi logra, sin embargo, argumentar a su favor y sale a los pocos días de prisión.
En ese momento quedaba claro para Lizardi que su principal arma y forma de participación en la insurgencia y a favor de la patria sería con la palabra.
Ya estando en la Ciudad de México, Lizardi funda su periódico El Pensador mexicano, pseudónimo con que será conocido posteriormente a nuestro autor, motivado en parte -como otros pensadores de la época-, por la libertad de imprenta recién permitida por aquellos años. A estas alturas es pertinente apuntar que como señala F. X. Guerra:
A pesar de que la libertad de prensa que existe de hecho en España desde 1808 y oficialmente a partir de 1810, en España y la América Latina realista insurgente, no existe todavía una verdadera opinión pública moderna, concebida ésta como una discusión libre y pública de diferentes puntos de vista. Ciertamente existe un debate de opinión entre las elites, pero éste está confinado en círculos privados que continúan la antigua Republica de las Letras.(Guerra, 53)
La lucha de Lizardi apenas inicia. En la primera producción periodística de nuestro autor encontramos una feroz crítica al sistema colonial y al mismo tiempo un desbordante afán didáctico, pues es para Lizardi la educación es la herramienta principal para construcción la nación mexicana. La voz de nuestro autor pronto encuentra eco en la molestia de notables personalidades políticas y provocará las primeras polémicas de su oficio, ya que el 3 de diciembre de 1812, lanza en el número nueve del Pensador Mexicano, una carta dirigida al Virrey Venegas, donde le pide -de peculiar manera-, exima a los eclesiásticos por participar en la insurgencia. Lizardi dejará en evidencia la imagen del Virrey a partir de una amable crítica que no fue tolerada:
(...) Triste condición de la naturaleza humana es el errar, y más triste cosa es permanecer en el error, cuando estamos persuadidos que acertamos, y por miedo o por adulación no hay quien se atreva a separarnos de nuestras equivocadas opiniones... No señor, V. E. es hombre, está revestido de pasiones, es Príncipe, y todo esto puede haberlo hecho incurrir en algunos descuidos. Lo que he de probar en pocas palabras, es, que de los yerros mas crasos no se le debe hacer el cargo a V. E. pues si sus antecesores si erraron fue por costumbre, y V. E. por necesidad” (AGN, Infidencias, 75)
La carta es contestada y esta vez Lizardi es puesto en prisión por cerca de un año y es suprimida la libertad de prensa, ganándose enemistades y fuertes criticas de la elite intelectual del momento.
Para quien se interese en esta disputa legal en que se enfrasco el Pensador Mexicano, el caso se encuentra documentado en el Archivo General de la Nación, en el grupo documental Infidencias.
Nuestro autor seguirá escribiendo desde la cárcel, donde llega a una conclusión clave: la tolerancia es un elemento necesario para la edificación de la opinión pública. “No tardó en ponerse de manifiesto la contradicción entre la intolerancia oficial y los fines sociales liberales, Fernández de Lizardi fue uno de los precursores de la tolerancia en México...” (Hale, 169)
Después de salir de prisión, la agudeza en sus críticas al sistema de antiguo régimen y a las autoridades eclesiásticas fue creciendo, es natural que ante la agobiante represión, el nivel del discurso fuese cada vez más incisivo y sobre todo más inteligente. Es por entonces que su producción literaria nos ofrece una gran cantidad de fuentes para los estudios históricos.
Para José Joaquín Fernández de Lizardi, la educación es un eslabón necesario en la formación de la República, él mismo asume la posición de maestro, labor que se hace palpable en la obra del Periquillo Sarniento. La Historia es vista por nuestro autor como un instrumento didáctico y como ejemplo moralizador. A lo largo de su obra es común ver procesos históricos puestos como ejemplo de vida, la concepción de la Historia para Lizardi, es el de la Antigüedad Clásica: La maestra de la vida.
La Historia es también catalizador de la política. En este sentido, Lizardi se muestra como un pragmático a la más pura influencia del pensamiento de Nicolás Maquiavelo. Pero es la educación el problema central de nuestro autor y hace tanto de la Historia como de las noticias del día una forma de educar y criticar. En sus usuales monólogos -que él llamó unipersonales-, podemos darnos una idea.
El siguiente es un fragmento del poema titulado el “Unipersonal del arcabuceado”, dedicado a un joven de 21 años, Celestino Rodríguez, condenado a muerte por el asesinato de dos personas:
“¿Posible es, Dios eterno,
que muera esta mañana?,
¿que muera en un suplicio
en una edad tan joven y temprana?
Sí: moriré..., ¡ay de mí!,
moriré..., ¡oh, idea ingrata!,
porque mis crueles padres
así en mi corta edad lo decretaran.
Ellos, ¡los infelices!,
son los que ahora me matan,
por no haber arreglado
mis pasiones allá desde la infancia.
Mas, ¡oh, dolor!, ¿qué culpa,
qué culpa se reclama
a unos hombres que acaso
le debieron su cuna a la ignorancia?” (Lizardi)
El poema termina con una nota: “ Si el infeliz Celestino Ramírez, soldado del regimiento de caballería número 9, hubiera tenido mejor educación, es probable que hoy no hubiera muerto fusilado en la temprana edad de 21 años, por haber cometido un homicidio en la provincia de Guanajuato y perpetrado otro alevosamente en Jalapa, en la persona del sargento de su compañía, Guadalupe Mendoza; y si hubiese tenido un talento más despejado, él lloraría la causa de su ruina con palabras más tiernas y enérgicas que las que yo pongo en su boca.” (Lizardi)
Los argumentos lizardianos tienen alcances muy importantes, ya que puso en peligro la condición social de ciertos eclesiásticos. Lizardi se verá más adelante como abogado de las injusticias cometidas por el sistema y la iglesia, defendiendo a los francmasones de las amenazas hechas por la iglesia, hecho por el cual es excomulgado, y sus últimos días de vida serán poco promisorios. Pese a ello, la resistencia de Lizardi ante la intolerancia, le ha dado un lugar en nuestra historia.
“Para que sus compatriotas pudieran verse como otros los veían, los presentó como ignorantes e indiferentes, intolerantes e injustos, ciegos a su propio bien y al del prójimo; ellos vieron en él únicamente un mentor pendenciero, disgustado con todo lo que le rodeaba.” (Rea Spell)
Por otra parte las constantes luchas entre Liberales y Conservadores eran vistas por Lizardi como superfluas, lo que se requería, según nuestro autor, era la unidad. Ante la amenaza de la Metrópoli: “dejémonos de chiles y jitomates en la cocina”, decía. Primero había que tener la casa, ya se tendría tiempo para decidir el rumbo, lo primero es la unidad, asunto que sólo con tolerancia podía lograrse.
Así fue cómo nuestro pensador no tomó partido conservador pero tampoco liberal – aunque ciertamente esta ultima era la corriente con la que más simpatizaba su pensamiento-; y supo vislumbrar los aciertos y desventajas de ambos bandos. Es en ese proceso donde quedó poco comprendida la lectura de sus letras.
José Joaquín Fernández de Lizardi, El amigo de la Paz y de la Patria, enfermó de tisis, llevado a la ruina por la imagen que sus opositores crearon de él, falleció a las cinco y media de la mañana del jueves 21 de junio de 1827. Con admiración recuerda Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos que su mentor de infancia, el barbero Don Melesio “Conocía de pe a pa la vida del Pensador que acababa de morir el año de 1827...” (Prieto 34) en el número 27 de la calle del Puente Quebrado, (hoy, Republica del Salvador).
En estas circunstancias, el cuerpo de Lizardi mantenía el estigma de su vida, pues para desmentir la absurda conseja de que había muerto endemoniado, tuvo que ser expuesto públicamente. Fue velado por D. Pablo Villavicencio (El Payo del Rosario), D. José Guillen, Anastasio Zerecero, éste último encargado de los funerales. (Urbina 267)
Sabe la palabra encajar en la memoria, sembrar en el tiempo la sustancia y dejar un tímido hilo de luz que teje parte de todas las historias. Muchos otros -contemporáneos de Lizardi-, escribieron también, Anastasio de Ochoa, Francisco Severo Maldonado, El Payo del Rosario, José Manuel Sartorio, etc. No obstante, creo que un camino para descifrar los procesos de afirmación de una cultura política de la tolerancia, es el de los textos literarios y periodísticos, que, como en todo, exigen una hermenéutica aunada a otras fuentes para lograr la comprensión de la historia, aunque, ciertamente, como dijo Ikram Antaki: comprender es un triste oficio.
Bibliografía
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- FERNÁNDEZ DE LIZARDI, JOSÉ JOAQUÍN. introducción, selección y notas de Jefferson Rea Spell. Don Catrín de la fachenda y fragmentos de otras obras. Editorial Cultura. México, D. F. 1944
- FERNÁNDEZ DE LIZARDI, JOSÉ JOAQUÍN. El periquillo Sarniento. 19ª ed. Editorial Porrúa. México. 1987.
- FERNÁNDEZ DE LIZARDI, JOSÉ JOAQUÍN. (Investigación, recopilación y edición de Jacobo Chencinsky Luis Mario Shneider, estudio preliminar de Jacobo Chencinsky). Obras. UNAM. México D. F.
- GUERRA, FRANCOIS-XAVIER. “El soberano y su reino. Reflexiones sobre la génesis del ciudadano en América Latina” en: SABATO, HILDA, coord. Ciudadanía política y formación de las naciones: perspectivas históricas de América Latina. El Colegio de México: Fondo de Cultura Económica. México. 1999.
- HALE, CHARLES A. El liberalismo mexicano en la época de Mora (1821-1853) novena ed. Siglo veintiuno editores, México, 1991
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- PRIETO, GUILLERMO. Memorias de mis tiempos. 3ra ed. Editorial Porrúa. México. 2004.
- LEMOINE, ERNESTO “EL liberalismo español y la independencia de México” en Miguel León-Portilla coord. Historia de México, Vol. VI, fascículo 94. Salvat. México, DF. 1974
- SIMS, HAROLD D. La expulsión de los españoles de México (1821-1828). Trad. Roberto Gómez Ciriza. 1ra ed. Fondo de Cultura Económica. México. 1995.
- PARCERO, MA. DE LA LUZ. Introducción Bibliográfica a la Historiografía Política de México, Siglos XIX y XX. 1ra ed. Universidad Nacional Autónoma de México. México. 1982.
- URBINA, LUIS GONZAGA. Antología del centenario, estudio documentado de la literatura mexicana durante el primer siglo de la independencia. Obra compilada por... Pedro Henríquez Ureña y Nicolás Rangel. Vol. I. Edición facsimilar. Secretaria de Educación Pública. México. 1985.
- YAÑEZ, AGUSTÍN. José Joaquín Fernández de Lizardi. El Pensador Mexicano, UNAM, México, 1940.
Sitios de Internet consultados
- FERNANDEZ DE LIZARDI, JOSÉ JOAQUIN, Unipersonal del arcabuceado en: Biblioteca virtual de Cervantes http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=1630 (Consultado el 25 de Mayo de 2006)
Fuentes consultadas
- Archivo General de la Nación (AGN), Infidencias, Vol. 116, Exp. 12, fs. 75, 1812
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