Los misterios de don Guillén de Lampart
Por José Joaquín Blanco
Ensayista, crítico literario

E-mail: blancoj2@gmail.com
La Columna de la Independencia resguarda un mausoleo interior para los héroes;
en su vestíbulo se yergue la enigmática estatua de don Guillén de Lampart,
pretendido “precursor principal de la independencia de México”.
Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González
Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino
irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco
mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el
Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial,
que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo
desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de
los delatores y de los propios inquisidores. Fue totalmente ignorado por la
sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes
para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en
práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que
pudieron mentir. Incluso buena parte del personaje que revela el proceso
inquisitorial se antoja caluminiosa o delirante, y se carece de otras
referencias.
Brumosamente trasladado de Irlanda a España –vía Inglaterra, Francia, Flandes- y más oscuramente desembarcado en Veracruz en 1640 (en la misma flota que el nuevo virrey, pero sin formar parte de su corte), Lampart o Lombardo (como castellanizaba su apellido) se avecindó en la ciudad de México, por el rumbo de la Merced, donde sólo vivió dos años en libertad, sin mayor provecho y sin dejar rastro alguno en la sociedad novohispana, pasando miserias, arrimado a la familia de un pequeño comerciante a cuyos hijos impartía clases de latín.
En 1642, acusado de brujería, tratos con
el demonio, infidencia al rey, desacato al Santo Oficio, herejía y de
abundantes injurias contra los inquisidores, entre los innumerables cargos que
solían acumularse sobre los desdichados, quedó preso durante diecisiete años en
las cárceles de la Inquisición, de donde sin embargo logró escaparse durante
dos días en 1650. Fue reatrapado, reencarcelado, reprocesado y quemado vivo en
el quemadero de la iglesia de San Hipólito (ahora transferida a San Judas
Tadeo), cerca de la Alameda, en el auto de fe del 19 de noviembre de 1659.
Detrás del convento de San Diego –digamos, por el cruce de Reforma y Avenida
Hidalgo- corría una acequia adonde se arrojaban las cenizas de los
ajusticiados.
Casi ningún novohispano, salvo su media docena de acusadores o testigos
astrosos, los inquisidores y algunos burócratas, se enteraron de la vida y del
pensamiento de Guillén de Lampart, aunque sí (v. gr: Guijo: Diario de sucesos
notables) de que cierto hereje se había fugado –lo que era no sólo escandaloso,
sino casi inverosímil- de las inexpugnables cárceles del Santo Oficio, y que
además había pegado en la madrugada algunos escritos injuriosos y blasfemos en
tres o cuatro edificios céntricos. La sociedad novohispana de 1650 lo supo
porque se predicó en todas las parroquias –medio centenar- que quien supiera de
él debería denunciarlo de inmediato, bajo amenazas de excomunión mayor y líos
inquisitoriales, así como entregar aquellos papeles al Santo Oficio. Fue en
realidad un asunto pasajero y menor, soterrado durante dos siglos, pero que
después de la Reforma -cuando Vicente Riva Palacio tomó prestados muchos
volúmenes de los archivos de la Inquisición y se los llevó varios años a su
casa en la calle de Donceles-, se convirtió en un escándalo histórico y en una
ejemplarizante figura cívica.
OTRO CUENTO DEL GENERAL
Riva Palacio hizo dos cosas a propósito de don Guillén de Lampart: novelizar su vida, a partir del voluminoso proceso inquisitorial, en el folletón titulado Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (1872), que gozó de poca fortuna (una sola edición en más medio siglo –ahora se consigue cómodamente en Porrúa-); y sobre todo perfilar con demasiado entusiasmo ideológico sólo algunos de sus muy contradictorios rasgos en México a través de los siglos, de donde los constructores de la Columna tomaron la idea de convertirlo en “precursor principal de la Independencia”, pues alguna vez dijo, en efecto, que el papa no tenía derecho de conceder ningún territorio al rey de España ni éste de gobernar estas tierras... lo que por cierto habían afirmado muchos frailes y soldados españoles desde del siglo XVI en México, y lo que sostuvo toda la Europa no católica durante siglos. Y buena parte de la católica: en Francia e Italia.
El general Vicente Riva Palacio, como
sabemos, fue uno de nuestros mayores escritores del siglo XIX (Martín Garatuza,
Los cuentos del general, Los ceros; Monja y casada, virgen y mártir; El libro
rojo, la sección “El Virreinato” de México a través de los siglos, además de la
coordinación de esta obra monumental que ha regido la visión oficial y social
de nuestra historia antigua, hasta la fecha) y el que más se apasionó por la
historia de la Inquisición en muchos de sus escritos. En su novela Memorias de un impostor, sin embargo,
acaso falló por exceso. Como si el enorme expediente inquisitorial no le
bastase, le inventó a Guillén de Lampart una trama absurda y algo cansada de
folletón o comedia de enredos, en la que aparece como un asombroso Don Juan
perseguido por las adversidades eróticas. Más de la primera mitad de la novela
trata de una bendición o maldición erótica, “el dedo del diablo”, que lo había
ungido fatalmente en la frente: todas las mujeres distinguidas y hermosas de la
Nueva España se enamoraban perdidamente de él. Riva Palacio nos los muestra
guapo, bien vestido y ataviado; rico, galante, seductor, caballeroso, generoso:
todo un galán donjuanesco con libre acceso a los salones palaciegos. Sabemos,
por el contrario, que este aventurero no tuvo la menor suerte durante sus dos
años de libertad mexicana, pues apenas si malvestía y malcomía, y de arrimado
entre gente modesta. De pronto, en Memorias
de un impostor, como a todo Don Juan, se le juntan, coléricas, cinco
enamoradas. Una se suicida, otra se va de monja, otra lo denuncia por brujo o
diabólico a la Inquisición, etcétera. Eso no aparece en su proceso, donde
resulta meramente denunciado por un tal amigo Felipe, a quien finalmente
alarmaron sus estrambóticas habladas. También Riva Palacio lo inventa como
miembro de una exótica masonería pro-independentista de la que tampoco hay
fuentes y que suena a un episodio más bien anacrónico, del tipo de “los guadalupes”,
que sólo ocurriría hasta principios del siglo XIX, con ribetes románticos. Por
el contrario, resulta que don Guillén de Lampart era una suma barroquísima de
misterios y de contradicciones. No se sabe por qué salió de Irlanda ni cómo fue
a dar a Londres, donde estudió latines y teologías a la edad de doce años,
cuando tuvo que escapar de las iras del rey de Inglaterra –dice- porque, a tan
precoz edad, compuso un poema en latín contra las herejías de la monarquía
inglesa. La megalomanía, la mitomanía, la imaginación delirante, a ratos lúcida
y a ratos totalmente extraviada, según va dejando huella en los interrogatorios
inquisitoriales, lo entremezclan todo en un ilimitado aventurero en los
laberintos de su propia imaginación.
Dice que luego cayó en poder de piratas y se volvió prodigiosamente su jefe,
pues algo brillaba en él que los sedujo. Pocos meses después, todavía
adolescente, abandonó a sus fieles piratas y se destacó como caballero, militar
y sabio en la corte francesa y luego en la española, donde el rey de España y
el valido Conde-duque de Olivares, entre muchos otros poderosos, lo premiaron
con múltiples favores, como becas para un colegio de nobles en Santiago e
incluso para El Escorial, además de bienes materiales que no quiso aceptar: se
embarcó, sin dinero ni recomendaciones, como uno más de la plebe en una flota a
intentar no sé qué aventura mexicana.
LA REVISIÓN CRÍTICA DE GONZÁLEZ OBREGÓN
Luis
González Obregón escribió una rigurosa biografía histórica de Don Guillén de
Lampart, la Inquisición y la
Independencia en México en el siglo XVII (1908), con la intención de
disuadir a quienes deseaban inventarlo como “precursor principal de la
Independencia” y erigirle una estatua en el mausoleo de la Columna. Ahí lo
reduce a su justa dimensión. Había, sin embargo, acepta González Obregón, algo
de verdad en sus asombrosos dichos, pues en efecto se manifiesta en su proceso
como un hombre extraordinariamente inteligente, culto, habilidoso e
imaginativo; hablaba varios idiomas europeos y escribía en latín con
excelencia. Durante su prisión, compuso cientos de salmos latinos en letra
diminuta en su sábana, con tinta improvisada (cenizas mezcladas con alguna
bebida como chocolate o atole) y plumas obtenidas de astillas y huesos de
comida: el Regio Salterio, que tradujo y estudió parcialmente el padre Gabriel
Méndez Plancarte (1948) -el hermano olvidado del celebradísimo Alfonso, el
sorjuanista. Era asimismo un hombre increíblemente valeroso y resistente al
dolor físico, según lo reconoce el propio expediente, pues mantuvo su rebeldía
contra los inquisidores durante los diecisiete años, a pesar de las torturas y
de los castigos carcelarios que acostumbraba el Santo Oficio, que además parece
haberse ensañado muy especialmente contra él.
Aunque en ocasiones se dijo –no se sabe si en momentos de locura, sagacidad,
necedad o broma- descendiente de aristócratas y hasta hijo bastardo del
anterior rey de España y hermanastro de Felipe IV, y por ello merecedor del
trono de México, se demostró que era llanamente hijo de humildes artesanos y
granjeros irlandeses, según declaró un hermano suyo, fraile, ¡también
enigmático residente irlandés en la Nueva España!, pero dedicado a modestos
deberes religiosos en provincia.
Algo le debió ocurrir en Europa para dotarlo de una cultura vasta, precisa, elegante, que pasmó al Santo Oficio y que siguen elogiando los estudiosos modernos. Por lo demás, durante los siglos XVI y XVII abundaron las leyendas o rumores de hijos bastardos de los reyes de España, enviados o aparecidos misteriosamente en México, como algunas monjas fundadoras de conventos, o privilegiadísimas habitantes de ellos, y el “venerable” Gregorio López, igualmente enigmático: muy sabio y algo santo, o al menos asceta, apocalíptico y ermitaño.
Fuesen bravuconadas, delirios o estratagemas, Guillén de Lampart confió a los humildes parroquianos con quienes trataba en la Merced que estaba destinado a convertirse en rey o virrey del país, según lo veía en los astros, o se lo hubiesen prometido sus poderosos parientes y amigos españoles, o el peyote y el demonio. Lo curioso es que tal megalomanía, que al principio esa gente humilde tomó simplemente por chifladura, empezó a cobrar visos de realidad al ocurrir un hecho inusitado: en 1642 había acontecido un insólito golpe de estado, mediante el cual el obispo Palafox destituyó en cinco minutos al virrey Villena (se le acusaba de complicidad con los portugueses, por entonces enemigos de España, aunque luego fue exonerado de todos los cargos y nombrado virrey de Sicilia).
Si era tan fácil derribar instantáneamente a un virrey con unos papeles secretos que de repente había esgrimido el obispo Palafox, podría serlo tirar a otro con otros papeles, incluso falsos. Y Guillén de Lampart presumía de sostener nutrida correspondencia con todas las cortes europeas y con los reyes de Portugal, Inglaterra y Francia. No se le encontraron cartas recibidas de Europa; sólo proyectos o dichos de las propias cartas que él escribía o pensaba escribir a los más encumbrados personajes del orbe. Y dijo, efectivamente, que puesto que ni el papa ni el rey de España tenían derechos legítimos sobre estas tierras, cualquiera que liberase de ellos a los mexicanos y fuese aceptado por éstos –él, por ejemplo-, podía constituirse legítimamente en su rey, y a ratos se imaginaba y firmaba como “rey de México”. Sólo lo dijo en sordina a tres o cuatro personas en merenderos, vecindades y tabernas de la Merced y lo escribió luego en sus papeles carcelarios. Parece que también imaginaba ganarse el apoyo popular aboliendo la esclavitud de los negros y los onerosos impuestos a todas las castas, lo que indudablemente fascinó a los liberales de la Reforma.
Hasta aquí, la acción legal contra Guillén de Lampart debió haber sido meramente política y secular; asunto para la Sala del Crimen de Palacio y para ser remitido en cadenas a España por probables intenciones de infidencia o rebelión. O a un manicomio. Sin embargo, el Santo Oficio se apoderó del caso porque los delatores y testigos hablaban de peyote, de astros y de diablos. Es entonces cuando se despliega la más trágica y aleccionadora historia de Guillén de Lampart, esta sí totalmente documentable: la del enemigo acérrimo de la Inquisición desde sus propias cárceles.
Se defiende con sabiduría y furia de los
inquisidores; los insulta, los amenaza y en secreto escribe terribles denuncias
contra ellos por su corrupción (apresaban ricos –especialmente de origen
portugués, pues por entonces Portugal se había separado de España y convertido
en enemigo de la Corona española- para robarles sus bienes; les inventaban
cargos, los circuncidaban por la fuerza en la propia cárcel para hacerlos pasar
por judíos, falsificaban los procesos, etcétera). Al fugarse, pegó estas
denuncias –con un engrudo a base de pan y agua- en ciertos muros principales,
en la madrugada, donde permanecieron escasas tres o cuatro oscurísimas y
desiertas horas; y se atrevió a apersonarse, apenas fugado, en pleno Palacio
para entregarle al virrey, por medio de un mozo, con el pretexto de que se
trataba de un correo extraordinario de La Habana, un relato abundante y
sazonado de los vicios inquisitoriales. De tal modo se convirtió en un adalid
de los liberales juaristas que, con los archivos de la Inquisición en el cómodo
estudio de Riva Palacio de su casa de Donceles, podían airear un aspecto
macabro de la dominación española.
Aunque en secreto, tales cargos contra el Santo Oficio mexicano no fueron
tomados a la ligera por la Corona española, que interrogó a sus representantes
virreinales sobre ellos durante mucho tiempo, y ordenó investigaciones que
corroboraron plenamente, al menos en los aspectos materiales de corrupción y
arbitrariedad, las denuncias de Guillén de Lampart. Sobre todo le dolió mucho
al rey enterarse de que los inquisidores mexicanos apresaban a presuntos judíos
de origen portugués muy ricos, ¡y en seguida los volvían pobres en su
contabilidad!, para no entregar nada de esa riqueza confiscada al tesoro real.
A algunos inquisidores se les demostró que vendían en tales o cuales comercios
céntricos las joyas sustraídas a los “herejes” procesados.
LOS HÉROES IMAGINARIOS
Se pudo encontrar cientos de “precursores de la independencia” con mayores méritos que Guillén de Lampart, desde el propio Hernán Cortés y su hijo, así como sus partidarios, hasta muchos indios caciques, chamanes o macehuales insumisos, negros cimarrones y frailes mesiánicos. La pretendida “siesta virreinal” proliferó en rebeliones, motines y conjuras. Fue el énfasis de Riva Palacio en el perfil rebelde, exótico, novelesco, de Guillén de Lampart, y más en México a través de los siglos, que en la novela, lo que le valió la curiosa estatua en la Columna de la Independencia, por lo demás tan poblada de próceres cuestionables.
Lo que más me conmueve de don Guillén de
Lampart, sin embargo, no es el atareado y mágico donjuanismo que le confiere
Riva Palacio; ni los tratos demoniacos, prácticas brujeriles y frecuentaciones
del peyote que narran sus delatores. Tampoco sus terribles tormentos, tan
regiamente narrados por Riva Palacio en la última parte de la novela, la de la
cárcel -que es sufrimiento puro-, que de cualquier modo comparte con todos los
presos no sólo de la Inquisición, sino también de El conde de Montecristo, de
Alejandro Dumas... quien a ratos me parece que inspira más a Riva Palacio que
todos los numerosos y voluminosos documentos inquisitoriales. En Memorias de un
impostor, la fuga de Guillén de Lampart es toda una aventura de Montecristo.
Lo verdaderamente conmovedor es la fe absurda de don Guillén de Lampart en la
escritura. Muy poca gente sabía leer a mediados del siglo XVII en México. No
había desde luego prensa periódica, ni mucho menos política. Sólo podía
ambicionar escribir cuatro o cinco papeles con letra menuda y pegarlos con
engrudo de pan en muros de casas e iglesias, a ver si alguien azarosamente los
leía en la oscura y vacía madrugada; y si ése los entendía, y si los relataba
fielmente a otra persona... Además de llevarle un abundante texto al virrey a
su propio palacio. En esto logró un gran éxito ulterior: sus fragilísimos
textos sobrevivieron, cuando ya se han olvidado muchas aparatosas obras
eclesiásticas o burocráticas.
Lo conocemos sobre todo por esas denuncias
desaforadas, que los inquisidores preservaron rencorosamente en sus archivos,
adonde las pudieron encontrar Riva Palacio y, treinta años después, González
Obregón. Acaso nadie haya tenido tanta fe en una denuncia civil, escrita,
exhibida ante la entonces inexistente “opinión pública” como Guillén de
Lampart, anónimo en su siglo y ahora azarosamente encumbrado en el vestíbulo de
la columna de la Independencia, gracias al prestigio y a la pluma de Riva
Palacio.
En su prólogo a la edición de Porrúa de Memorias de un impostor, Antonio Castro
Leal acusó a González Obregón de ser injusto con Riva Palacio, pues no lo
menciona por su nombre en su biografía de Guillén de Lampart, aunque se refiera
a México a través de los siglos. Casi sugiere plagio. El reproche es ridículo:
ambos estudiaron el mismo expediente inquisitorial. Y quien haya leído otras
obras de González Obregón recordará que cita con frecuente reverencia a Riva
Palacio. Simplemente Luis González Obregón eludió en esta biografía
rigurosamenete histórica, por cortesía, desmentir los añadidos imaginarios,
folletinescos, de la novela; tampoco quiso polemizar abiertamente con su
querido maestro y antecesor, ya muerto, en quien pretendían apoyarse los
partidarios de erigir la estatua de Guillén de Lampart como “el mayor precursor
de la Independencia”.
A los delirios o temeridades del aventurero, se sumaron el mito literario-ideológico de Riva Palacio y la peregrina imaginación de un escultor italiano, pues desde luego no existía iconografía alguna del pesonaje: sólo se sabe que era de mediana estatura, facciones regulares y algo pelirrojo. Edad mediana, y claro: moda de mediados del siglo XVII. Ha sido pues el destino de Guillén de Lampart ir añadiendo, aun siglos después de muerto, más ficciones azarosas a su perfil de “impostor” trágico.
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La historia de Guillen Lampart es bonita. Quitar la estatua de la columna de la independencia no le hará ganar nada. Al contrario.
Esta bien que se apasione, pero no se ponga loco.
¿A quien le importa si es verdad o no?
Mexico lo que necesita, son buenos lideres y ejemplos reivindicadores hoy. Deje a los muertos en paz. ¿Porque no escribe sobre la estupida vida de Calderón? Se lo agradeceriamos mas.