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Migración y desarrollo en América Latina: ¿círculo vicioso o círculo virtuoso?

Enviado por SOCIEDAD el 01/08/2010 a las 17:08

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Migración y desarrollo en América Latina: ¿círculo vicioso o círculo virtuoso?[1]

 

Por Erika Ruiz Saldoval



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Doctora en Relaciones Internacionales e Integración Europea por la Universidad Autónoma de Barcelona. Profesora de tiempo completo del Departamento de Estudios Internacionales del Instituto Autónomo de México (ITAM)[2] 

 Email: erikars@itam.mx

 

La migración[3] y sus fenómenos asociados se han convertido en rasgos estructurales de la economía y la sociedad latinoamericanas y también, aunque con mayor gradualismo, del escenario político de la región, incluyendo sus relaciones exteriores, las cuales empiezan a considerar como destinatarios y aliados potenciales a las diásporas en los principales países del destino. Sin embargo, es difícil precisar en qué medida incide el fenómeno migratorio en el desarrollo de América Latina. Por un lado, puede decirse que la migración es producto del subdesarrollo y la desigualdad de la región y a la vez es uno de los factores que contribuyen a perpetuarlos, si se toman en cuenta costes como la pérdida de capital humano. Por otro, la migración es consecuencia del desarrollo —inconcluso y desigual— de sociedades en transformación estructural y actualmente es uno de los factores que contribuyen a subsanar las brechas en la modernización de los países de origen —las remesas y los proyectos de codesarrollo tienen un papel clave— y a crear sociedades más igualitarias por medio de, por ejemplo, la bancarización o el cambio en el papel de la mujer en las sociedades latinoamericanas, vinculado a la migración masculina o femenina.

Palabras clave: Migración, desarrollo, América Latina, desigualdad, remesas, codesarrollo, fuga de cerebros, economía política, Estados Unidos, Unión Europea.

Migration and its associated phenomena have become structural features of Latin America’s economy and society and also, although with more gradualism, of its political environment, including its external relations, which have begun to consider the diasporas in the main destination countries as targets and potential allies. However, it is difficult to give a precise response to the question of in what way and how much does migration impact development in Latin America. On the one hand, it can be said that migration is the product of the region’s underdevelopment and inequality and, at the same time, it is one of the factors that contribute to perpetuate these conditions, if we take into account costs such as the infamous ‘brain drain’. On the other, migration is a consequence of the –inconclusive and unequal—development of societies going through structural transformations and currently is one of the factors that contribute to close the gaps in the modernization process of home countries –remittances and co-development projects have a key role—and to create more egalitarian societies through developments such as bancarization or the change in the social role of women in Latin America, product of masculine or feminine migration.

Keywords: Migration, development, Latin America, inequality, remittances, co-development, brain drain, political economy, United States, European Union.

La migración y sus fenómenos asociados se han convertido en rasgos estructurales de la economía y la sociedad latinoamericanas y también, aunque con mayor gradualismo, del escenario político de la región, incluyendo sus relaciones exteriores, las cuales empiezan a considerar como destinatarios y aliados potenciales a las diásporas en los principales países de destino. En un principio, la región era receptora de flujos migratorios procedentes de Europa. Sin embargo, desde hace décadas, América Latina es una región de fuerte emigración hacia Estados Unidos y, más recientemente, hacia países de la Unión Europea (UE)[4], particularmente España, aunque también Portugal, Italia y Grecia, amén de otros como Reino Unido, Alemania o Francia. De hecho, podría decirse que América Latina es la región que actualmente vive de manera más intensa el fenómeno migratorio mundial.

     Sin embargo, es difícil precisar en qué medida incide el fenómeno migratorio en el desarrollo de América Latina. Tampoco es fácil saber si tiene más costes o más beneficios. Por un lado, puede decirse que la migración es producto del subdesarrollo y la desigualdad de la región y a la vez es uno de los factores que contribuyen a perpetuarlos, si se toman en cuenta costes como la pérdida de capital humano (la llamada “fuga de cerebros”) y, en algunos casos, incluso la puesta en riesgo de la viabilidad del Estado en cuestión por la pérdida de población.

     Por otro, la migración es consecuencia del desarrollo —inconcluso y desigual— de sociedades en transformación estructural y actualmente es uno de los factores principales que contribuyen a subsanar las brechas en la modernización de los países de origen. Entre los beneficios —reales o supuestos— de la migración latinoamericana para los países de origen habitualmente se cuentan sobre todo las remesas, las cuales apuntalan a un buen número de economías en la región, pero también el cambio en los patrones de consumo, el aumento de la inversión y el comercio[5], y la disminución de la pobreza, cambios que, en buena medida, pueden atribuirse a la bancarización alentada por flujos de remesas cada vez mayores. Pero la migración también está asociada a la difusión de nuevas ideas políticas y socioculturales acordes con niveles superiores de desarrollo, tales como la democracia, la rendición de cuentas en la actividad pública, la participación activa de la sociedad civil o el papel de la mujer en la sociedad. En aquellas instancias en que existen, las iniciativas de codesarrollo promovidas por países de origen y de acogida también pueden sumarse a los beneficios derivados de la migración. En consecuencia, la relación entre migración, por un lado, y desarrollo, igualdad y equidad, por otro, es compleja y, a veces, hasta contradictoria. Si se me permite la analogía, la migración es como el dios romano Jano, el dios de las puertas, de los principios y finales, que por tanto se representa con una cabeza con dos caras, cada una viendo hacia direcciones opuestas[6].

     La dualidad del fenómeno hace que sea muy difícil elaborar políticas públicas que logren transformar el círculo vicioso de la migración en un círculo virtuoso de desarrollo en América Latina. Los pocos programas gubernamentales que se han implementado recientemente y que utilizan, por ejemplo, las remesas colectivas como detonadoras de obras públicas y apenas un puñado de proyectos productivos tienen muy poco tiempo en vigor como para saber con plena certeza cuáles son sus resultados en el mediano y largo plazos. Esta situación no sólo afecta a los gobiernos latinoamericanos, que se enfrentan a lo que cada vez más puede calificarse de “hemorragia poblacional”, sino también a los países de acogida en el mundo industrializado —sin descontar, por supuesto, a los países de acogida dentro de la propia región— quienes, aun si no siempre lo reconocen, también tienen parte de responsabilidad en este ir y venir de personas, y cuya estabilidad y desarrollo también dependen de la mano de obra migrante. En suma, no parece habérsele encontrado la cuadratura al círculo migratorio o, más bien, cómo hacer de la migración un activo para el desarrollo de América Latina en vez de un obstáculo más.

     Las siguientes secciones buscan dar respuesta a la pregunta general de cómo y en qué medida incide el fenómeno migratorio en el desarrollo de América Latina. Para ese fin, se parte de una revisión crítica sobre las distintas teorías que buscan explicar el fenómeno migratorio actual, para luego entrar en aspectos específicos de la migración latinoamericana. Posteriormente se hace un análisis de los costes y beneficios de la migración para América Latina, a partir de tres grandes temas: remesas, pérdida de capital humano o “fuga de cerebros” y, por último, transformaciones de índole política y social atribuibles a la migración. En todos los casos se incluye una revisión de la literatura pertinente existente sobre los vínculos entre migración y desarrollo y se especifican costes y beneficios para América Latina cuando es posible hacerlo. Finalmente, se presentan algunas recomendaciones de política pública basadas en las conclusiones que de este análisis se desprenden, entre las que destaca la necesidad de partir de una visión integral del fenómeno migratorio latinoamericano, algo que, a juzgar por las políticas migratorias existentes, por el momento no se tiene, y buscar la colaboración entre los principales países expulsores y los principales países receptores de migrantes latinoamericanos desde la perspectiva de la responsabilidad compartida. 

 El vínculo migración-desarrollo: una visión crítica[7]

La migración internacional no es en ningún caso un fenómeno de nuevo cuño. Sin embargo, hoy los flujos de personas que cruzan fronteras son más abundantes que nunca antes e involucran a cada vez más países. Esto se ha traducido en un interés sin precedente tanto de académicos cuanto de funcionarios gubernamentales e internacionales en el fenómeno migratorio y en sus implicaciones a todos los niveles y en todos los ámbitos, particularmente en aquéllos relacionados con el desarrollo[8]. Esto también ha dado lugar a visiones que buscan hacer de la migración un fenómeno que contribuya al desarrollo.

     Es evidente que hay una relación entre migración y desarrollo. Lo que no es tan claro es qué tipo de relación es ésa: ¿Cómo afecta la migración al desarrollo o el desarrollo a la migración? (Farrant et al., 2006; Lowell y Martin, 2005; SEGIB, 2006; Sriskandarajah, 2005a, 2005b) Hasta ahora no se han encontrado respuestas únicas; sin embargo, puede decirse que migración y desarrollo no son variables independientes. La migración es una parte integral del desarrollo y la una no puede separarse realmente del otro (Skeldon, 1997). Aun así, no es fácil establecer correlaciones claras entre niveles de desarrollo y volúmenes o tipos particulares de flujos migratorios.

     Históricamente, la migración generalmente aumenta cuando crece el Producto Interno Bruto (PIB), o cuando se alcanzan etapas superiores de desarrollo. Sin embargo, desde la arena de la política pública esto no suele verse así. En buena parte de las intervenciones de esta naturaleza, la migración tanto interna cuanto internacional es vista como una aberración. En consecuencia, la lectura tiende a ser que si los niveles de desarrollo en el sector rural o en el mundo en desarrollo mejoraran, entonces la gente no tendría que emigrar a las ciudades o a países más desarrollados (Skeldon, 2004).

     La mayoría de los políticos y de los ciudadanos en los países capitalistas desarrollados creen que saben por qué los migrantes quieren mudarse a su territorio. Los niveles de vida son bajos en las sociedades que pasan por periodos de transformación estructural y altos en el mundo capitalista desarrollado, y al mudarse de una región a otra los migrantes pueden esperar obtener una ganancia neta en su bienestar material. En términos prácticos, se asume que los migrantes hacen un cálculo coste-beneficio en el que sopesan los costes estimados de mudarse contra las ganancias —monetarias y de otro tipo— proyectadas de vivir y trabajar en un país desarrollado. Debido a que para la mayoría de la gente que no vive en países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) las ganancias esperadas superan a los costes, la elección racional sería migrar (Castles, 2004). Sin embargo, la realidad es más complicada que lo que este escenario simplista sugiere, lo que significa que la mayoría de los formuladores de política en el mundo actualmente está basando sus acciones en supuestos e ideas falsas (Massey, 2003; 2005).

     Primero, contrario a la creencia popular, la migración internacional no nace de la falta de crecimiento económico y desarrollo, sino del desarrollo mismo. Así como la industrialización se extendió por Europa después de 1800 y su llegada detonó olas de migración en país tras país, hoy los países más pobres y menos desarrollados no son quienes expulsan a la mayoría de los migrantes internacionales. Los países que más población expulsan actualmente son todos países en vías de desarrollo, como México[9], Afganistán, Bangladesh, las Filipinas, Pakistán, China, Vietnam y Colombia. Sin embargo, cabe destacar que, aunque los principales países expulsores pertenecen al mundo en desarrollo, las tasas y niveles de migración de esos países no están asociados con el crecimiento de la población o con la presión demográfica, y también que los migrantes no provienen de los lugares más pobres y menos desarrollados. Con excepción de algunas fuentes de refugiados, los migrantes internacionales tienden a ser originarios de países cuyas economías están creciendo rápidamente y en donde las tasas de fertilidad están decreciendo como resultado de su incorporación a las redes globales de comercio (Massey et al., 1998). Ningún país que haya llevado a cabo la transición hacia una economía de mercado desarrollada lo ha hecho sin pasar por el desplazamiento masivo de personas de los modos de vida tradicionales (generalmente actividades relacionadas con el campo). La consecuencia es que, en numerosos casos, una gran parte de esta población termina migrando al exterior.

      Segundo, la migración es una consecuencia natural de procesos de integración sociales, políticos y económicos más amplios que tienen lugar a través de las fronteras internacionales. Cuando aparecen las perturbaciones asociadas con la creación o apertura de mercados, aquellos que se adaptan a los cambios por medio de la migración no se dispersan al azar, ni tampoco se dirigen necesariamente a la sociedad rica más próxima. Más bien, van a lugares a los que ya están vinculados económica, social y políticamente. Los vínculos económicos reflejan relaciones de comercio e inversión más amplias. Los nexos políticos nacen de tratados formales o de historias coloniales[10]. Los vínculos sociales surgen de cualquier arreglo institucional que ponga a la gente en contacto entre sí regular y constantemente, como pueden ser los programas de intercambio de estudiantes, las misiones diplomáticas, el turismo, el comercio y las actividades de las corporaciones multinacionales.[11]

     Tercero, cuando llegan a los países capitalistas desarrollados, los migrantes generalmente responden a una demanda fuerte y persistente que es intrínseca a la estructura de las economías post industriales. Debido a los cambios en las tecnologías de la producción, el surgimiento del Estado de bienestar y la inserción del mercado en estructuras sociales más amplias, los mercados laborales en los países desarrollados se han vuelto cada vez más segmentados, dividiéndose entre un sector primario en el que hay “buenos” trabajos que son atractivos para los ciudadanos locales y un sector secundario de “malos” trabajos que tienen sueldos pobres que desprecian los habitantes del país en cuestión. Para llenar estos puestos, los empleadores recurren a la mano de obra migrante, lo que frecuentemente se traduce en que son ellos quienes inician los flujos por medio del reclutamiento directo. Si no hubiera demanda por sus servicios, los migrantes, particularmente los indocumentados, no irían a esos países, pues no tendrían medios para mantenerse.

     Un cuarto factor básico sobre la migración internacional que sorprende a mucha gente es que los migrantes que entran a un país desarrollado por primera vez generalmente no pretenden establecerse ahí permanentemente. Las intenciones de establecerse reflejan motivaciones subyacentes para migrar. La motivación que la mayoría de la gente imagina cuando piensa en los migrantes es su deseo de maximizar sus ganancias, lo que ciertamente incluye la reubicación permanente. Sin embargo, en la realidad, la mayoría de las decisiones migratorias está motivada por un deseo de superar las fallas en los mercados de capital, crédito y seguros de sus lugares de origen. Por tanto, la gente emigra para resolver los problemas económicos en casa. Buscan trabajar en el exterior de manera temporal para generar ganancias que puedan repatriar para diversificar los riesgos, acumular efectivo y financiar la producción y el consumo locales[12].

     Reconocer la diversidad de las motivaciones de los migrantes lleva a otra observación esencial: que la migración internacional frecuentemente está menos influenciada por las condiciones en los mercados laborales que por aquéllas presentes en otro tipo de mercados. Hasta ahora, las políticas migratorias han asumido implícitamente que los migrantes van a los países desarrollados para maximizar sus ganancias y por eso las políticas han buscado influir en las condiciones de los mercados laborales. No obstante, si los migrantes se están mudando para auto asegurarse ante la falta de redes de protección social o de seguro de desempleo, adquirir capital ante la falta de créditos, o satisfacer personalmente sus necesidades de consumo, entonces reducir los sueldos esperados puede no eliminar o siquiera reducir el ímpetu migratorio.

     La preponderancia de la evidencia recogida en todo el mundo sugiere que la diferencia en los salarios, el factor explicativo por excelencia de la economía neoclásica, justifica parte de la variación histórica y temporal de la migración internacional, pero las fallas de los mercados de capital, crédito, futuros y seguros —factores clave de las hipótesis de la nueva economía de la migración laboral— crean motivaciones incluso más poderosas para decidir emigrar. En la teoría, la diferencia en los salarios no es ni necesaria ni suficiente para que ocurra la migración internacional. Aun con sueldos iguales en todos los mercados laborales, la gente puede tener un incentivo para migrar si otros mercados distintos al laboral son ineficientes o están subdesarrollados.

     En la práctica, no obstante, el movimiento internacional de personas a gran escala raramente se observa en ausencia de una brecha salarial; pero la existencia de una diferencia en los salarios de todas formas no garantiza el movimiento internacional, ni su ausencia lo evita. En ese sentido, podría tenerse mayor impacto en las decisiones migratorias si se influye en otros mercados —de créditos al consumo y la producción, por ejemplo—, por medio de programas diseñados para mejorar su desempeño y cobertura en los países expulsores, algo que, incluso, puede ser más “sencillo” que producir los millones de empleos que anualmente se necesitarían en países latinoamericanos como México para reducir los flujos migratorios que en este caso ya alcanzan el medio millón de personas anualmente.

     Sin importar cuáles sean las intenciones originales de los migrantes, una sexta observación fundamental es que conforme los migrantes internacionales acumulan experiencia en el exterior, sus motivaciones cambian, generalmente en formas que promueven viajes adicionales de mayor duración, lo que hace más probable su establecimiento permanente en el país de acogida con el tiempo. Aunque la mayoría de los migrantes empieza teniendo en mente las ganancias que puede obtener, la experiencia migratoria cambia sus perspectivas originales. Vivir y trabajar en una economía post industrial avanzada los expone a una cultura de consumo que les inculca nuevos gustos y motivaciones que no podrán satisfacer por medio de las actividades económicas que realizaban en su lugar de origen. Conforme los migrantes pasan más tiempo en el exterior, adquieren vínculos sociales y económicos en el país de acogida y empiezan a solicitar la entrada de otros miembros de su familia. Con el tiempo, y con medidas como la reunificación familiar, los migrantes temporales se pueden convertir en residentes permanentes.

     En este mismo sentido también hay que considerar que, conforme se dificultan las condiciones de entrada por medio de mayor vigilancia fronteriza, por ejemplo, los migrantes tenderán a establecerse permanentemente en el país de acogida ante el miedo de no poder volver a entrar si regresan temporalmente a sus lugares de origen. Esto es lo que se conoce como “circularidad de flujo” y generalmente se relaciona con actividades de temporada como la agricultura. Las restricciones transforman al flujo en elíptico en vez de circular hasta el punto en el que se vuelve unidireccional y todo migrante que entra lo hace para quedarse.

      El séptimo hecho básico sobre la migración internacional es que tiende a construir su propia infraestructura de apoyo con el tiempo.

     Como resultado, los flujos migratorios adquieren una fuerte inercia interna que los hace resistentes a la manipulación de las políticas públicas. Como han descubierto los políticos en país tras país, y muy a su pesar, la migración es mucho más fácil de iniciar que de detener. El mecanismo más importante que sostiene a la migración internacional es la expansión de las redes de migrantes, lo que ocurre automáticamente cuando un miembro de cualquier estructura social migra a un país de mayores salarios. La migración transforma los vínculos ordinarios tales como la familia o la amistad en una fuente potencial de capital social que los migrantes potenciales pueden usar para obtener acceso a un trabajo bien pagado en el exterior.

     Finalmente, a pesar de las fuertes tendencias hacia la auto perpetuación y el establecimiento definitivo, los flujos migratorios no duran para siempre —tienen una vida natural que puede ser más larga o más corta, pero necesariamente tienen una duración limitada. Durante las fases iniciales de la migración de cualquier país expulsor, los efectos de la expansión y las fallas del mercado, las redes sociales y la causalidad acumulativa dominan en la explicación de los flujos, pero conforme el nivel de migración alcanza niveles más altos y los costes y riesgos del movimiento internacional disminuyen, la migración está cada vez más determinada por las diferencias en los salarios internacionales (economía neoclásica) y la demanda de mano de obra (teoría del mercado laboral segmentado). Una vez que tiene lugar el crecimiento económico en las regiones expulsoras, la brecha salarial internacional gradualmente disminuye, aparecen mercados adecuados de capital, crédito, seguros y futuros y, progresivamente, se reducen los incentivos para emigrar. Si estas tendencias continúan, el país finalmente se integra en la economía internacional como una sociedad capitalista desarrollada y a partir de entonces sufre una transición migratoria: la emigración progresivamente cesa y el país se convierte en un importador neto de mano de obra. Esta transición migratoria sigue una trayectoria característica, lo que gráficamente se convierte en una curva en forma de “U” invertida, es decir la llamada “joroba migratoria”. Históricamente, esta transición tomaba ocho o nueve décadas, pero la evidencia reciente muestra que el proceso lleva ahora apenas tres o cuatro décadas.

     Como se ha visto, los hallazgos científicos no apoyan la idea de que la migración es producto del subdesarrollo, sino que, por el contrario, sugieren que conforme un país se desarrolla, al menos inicialmente, hay que esperar niveles cada vez mayores de expulsión de población. Ésta es una parte integral del desarrollo bajo el modelo dominante actual de libre mercado y sistemas políticos basados en la democracia liberal. En consecuencia, hay que cuestionar los marcos conceptuales básicos con los que tradicionalmente se ha pensado en la migración y en sus vínculos axiomáticos tanto con el desarrollo cuanto con la desigualdad (Phillips, 2006). Así pues, puede decirse gradualmente se está conformando una nueva economía política de la migración a escala mundial. 

La realidad migratoria en América Latina

A grandes rasgos, durante la última década y media, la mayoría de los países latinoamericanos llevó a cabo cambios importantes al modelo económico que habían seguido desde la década de 1940, basado en la industrialización por sustitución de importaciones. Estos cambios estuvieron motivados por las repetidas crisis —particularmente la de la deuda— experimentadas en los países de la región durante los años ochenta. Más allá de las razones propias, también es cierto que, en comparación con otras regiones, en particular Asia del este, América Latina no había enfrentado los choques externos adecuadamente, fueran éstos los petroleros o los producidos por las alzas en las tasas de interés de los años setenta y ochenta, y había experimentado menor crecimiento y desarrollo en el largo plazo.

     La ola de liberalización en materia comercial y de inversión, así como la privatización de empresas estatales, llevaron a insertar a la región de lleno en la globalización y a vincularla con otros países y regiones. La mayoría de los países latinoamericanos ha conseguido mejoras significativas, tal y como lo revelan los grandes agregados macroeconómicos. No obstante, en general, los resultados de las reformas en la mayoría de los países dejan mucho que desear, particularmente si se les compara con las ambiciosas expectativas que se generaron antes de su implementación. Así, el crecimiento del PIB per cápita, aunque mejor si se le compara con las cifras de los años ochenta, ha sido modesto, sobre todo en términos comparativos con Asia del este[13]

Condiciones macroeconómicas de la región

Las perspectivas de crecimiento económico en América Latina son alentadoras. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se espera que el crecimiento en 2006 sea de 5% y que el PIB per cápita aumente en 3.5 puntos porcentuales. Las predicciones para 2007 también son halagüeñas, pues se espera que el crecimiento regional alcance el 4.5%[14].

     Sin embargo, esta recuperación tiene más que ver con un ambiente internacional favorable que con razones internas[15]. Pero, más importante aún, cabe subrayar que para el caso latinoamericano las cifras agregadas no siempre revelan la realidad de la región, particularmente en aquello que tiene que ver con el bienestar de la población. En ese sentido, hay que tomar en consideración otros rasgos estructurales de las economías latinoamericanas que permiten decir que el desarrollo de la región es desigual y que aún quedan muchas cosas por resolver. Los dos retos más importantes son, quizá, la pobreza y la desigualdad (Serra, 2006)[16].

    Sin embargo, para el tema de estas reflexiones, es importante subrayar otros factores que se derivan o asocian con estos dos grandes problemas. En primer lugar, hay que decir que los trabajos en América Latina tienden a ser precarios y los mercados laborales son bastante inflexibles[17]. Las actividades agrícolas no productivas y el sector informal urbano absorben más de la mitad de la fuerza laboral de la región (Ruiz Sandoval, 2006a). Esta precariedad en el empleo latinoamericano es un factor importante de expulsión[18]. De igual forma, aunque América Latina es cada vez más urbana, aquellos que emigran del campo a la ciudad y no encuentran allí las condiciones para garantizar su supervivencia pueden decidir convertirse en migrantes internacionales.

    En segundo lugar, el tema de la desigualdad en la distribución del ingreso en América Latina es también un factor a considerar cuando se habla de migración y desarrollo, particularmente porque el crecimiento económico tarda en reflejarse, o simplemente no lo hace nunca, en el bolsillo de la población[19]. A la desigualdad hay que agregar otros problemas como la corrupción o la falta de intervención estatal para mitigar los efectos negativos del mercado. Si a esto se suman otras tendencias como el retorno del populismo, la polarización política, la fragilidad de las democracias y las instituciones, e incluso factores sicológicos que revelan la frustración generalizada de los latinoamericanos con sus modelos políticos, económicos y sociales, es fácil entender por qué América Latina experimenta una hemorragia poblacional y también por qué puede predecirse que la expulsión de población no disminuirá pronto[20].

 ¿Quiénes emigran y cuántos son?

El número de migrantes latinoamericanos y caribeños ronda los 25 millones de personas según cifras de 2005, es decir un 13% de los migrantes internacionales en el mundo. De éstos, poco más de 9 millones son de origen mexicano (43% del total regional) y más de un millón de personas provienen de Centroamérica, el Caribe y Colombia. En consecuencia, puede decirse que la incidencia relativa de la migración sobre las poblaciones de origen oscila entre más del 20% (para el caso del Caribe) y el 8-15% (para países como Cuba, El Salvador, México, Nicaragua, República Dominicana y Uruguay)[21].

     En cuanto a su perfil demográfico, el migrante latinoamericano promedio tiende a ser cada vez más una mujer, pobre, que tiene entre 20 y 30 años de edad. Más mujeres emigran de las comunidades urbanas que de las rurales. Esto tiene que ver, en parte, con el nivel de escolaridad, pues sin duda hay una relación entre nivel de educación formal y migración.

     Aunque pobre, el migrante no tiende a ser el más pobre de su comunidad, ya que migrar implica tener recursos para pagar al “coyote” o al “pollero” o, en el caso de los que van a Europa, para pagar el billete de avión. Los recursos también son necesarios para dejar a la familia en condiciones que le permitan subsistir mientras el migrante consigue empleo, y el migrante mismo necesita estos recursos para establecerse.

     A pesar de lo anterior, el perfil del migrante latinoamericano empieza a cambiar. Si bien puede decirse que hasta ahora no han migrado los más pobres de la región, ahora hay que empezar a considerar que este segmento de la población también emigra, simplemente porque los otros ya emigraron. Así, los más pobres empiezan a ser parte de los flujos migratorios y emigran sin redes sociales, sin recursos y arriesgándolo todo. Éstos son los que no saben cómo cruzar hacia Estados Unidos o que no tienen idea de lo que les espera en Europa. En ese sentido, puede decirse que se empieza a transitar hacia una suerte de “darwinismo migratorio”.

¿A dónde van?

 El destino tradicional y natural de la migración internacional latinoamericana es Estados Unidos[22]. Éste sigue siendo el caso a pesar del aumento y endurecimiento de las medidas de control fronterizo implementadas desde la década pasada y reforzadas tras los atentados del 11-S. Las reformas económicas basadas en el Consenso de Washington llevadas a cabo en América Latina durante los años ochenta y noventa no sólo no han detenido el flujo de migrantes hacia Estados Unidos —el caso de México tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) puede considerarse paradigmático en este sentido—, sino que quizá sean la causa misma de ese incremento en los flujos.

     Dado el volumen y persistencia de los flujos provenientes de América Latina y el Caribe, sobre todo a partir de los años ochenta, el número de personas de origen latinoamericano —ciudadanos o no— que forman parte ya del panorama estadounidense es muy significativo (O’Neil et al., 2005). Los llamados “latinos” o “hispanos” son ya la primera minoría en Estados Unidos y paulatinamente adquieren más poder político y económico, lo que sin duda tiene —y tendrá— un enorme impacto en lo que el gobierno estadounidense puede hacer en el ámbito de su política migratoria, la cual necesita urgentemente una reforma que le permita enfrentar las realidades del fenómeno de manera más adecuada. De igual forma, esto tiene un impacto en el espectro más amplio de las relaciones exteriores de Estados Unidos con sus vecinos del sur y constituye un conjunto de redes sociales que seguirán incentivando la migración, al menos en el mediano plazo.

     En el caso de la migración latinoamericana que se dirige a Europa, estos flujos están motivados por dos razones fundamentales: Al igual que en el caso de la migración con destino a Estados Unidos, la primera tiene que ver con el deterioro progresivo de las condiciones políticas, económicas y sociales —donde debe incluirse el aumento en los niveles de criminalidad y violencia— en los países de origen de la mayoría de estos migrantes, aunado a la falta de medidas paliativas o compensatorias que permitirían que enfrentaran la tempestad en su propio país. En segundo lugar, hay que mencionar el endurecimiento de la política migratoria estadounidense después del 11-S (Ruiz Sandoval, 2006b). Aunque menos densas, las redes sociales que facilitan la migración de latinoamericanos son cada vez más importantes en países europeos como España, donde el número de ecuatorianos, colombianos, bolivianos, peruanos y dominicanos establecidos, por ejemplo, permite prever la llegada de más migrantes de esas mismas nacionalidades en el corto y mediano plazos, por lo menos[23].

La migración: dos caras de la misma moneda

En este apartado se busca hacer un balance entre los rasgos positivos y negativos de la migración y su relación con el desarrollo, partiendo de tres rasgos esenciales de la migración de latinoamericanos hacia Estados Unidos y Europa. Éstos son las remesas y los proyectos de codesarrollo, la fuga de cerebros y, por último, las transformaciones sociales y políticas que están dando origen a nuevas configuraciones en los países de América Latina.

Las remesas: ¿panacea o paliativo?

Si bien ciertas estrategias de desarrollo —o falta de ellas— pueden ser detonantes de la migración, la migración en sí misma puede facilitar cambios profundos en la economía y la sociedad que pueden considerarse en la categoría de “desarrollo” (Skeldon, 2004). La migración permite la transferencia de bienes e ideas de los países de acogida a los de origen, y quizá el vínculo más claro entre migración y desarrollo sea el envío de remesas.

     Dado el crecimiento de la migración internacional, los flujos de remesas[24] a nivel mundial alcanzaron niveles récord en 2005, ubicándose por encima de los 180 mil millones de dólares, de los cuales 54 mil millones de dólares llegaron a América Latina y el Caribe (aproximadamente el 30% del total mundial) procedentes de Estados Unidos y Europa –principalmente España—, principales destinos de los migrantes latinoamericanos (Terry, 2005: 1; Terry, 2006). Cada vez más, las agendas políticas y de investigación se están concentrando en las remesas y su potencial; es como si, de repente, el mundo hubiera “descubierto” estas transferencias (Brown, 2006; Canales, 2006; Haas, 2005; Ruiz Sandoval y Bacaria Colom, 2006; Terry, 2006). Aunque las remesas son parte integral del fenómeno migratorio y la perspectiva de contar con esos fondos, una razón de peso para emigrar, la facilitación de las transferencias de dinero gracias a desarrollos como la globalización de las comunicaciones, por ejemplo, las ha hecho más visibles y sus efectos más inmediatos. Por tanto, las remesas, que de hecho son “el reflejo financiero de un problema más profundo” (Bacaria, 1998: 11, cit. en Ruiz Sandoval y Bacaria Colom, 2006), están empezando a aparecer como la gran solución para los problemas del desarrollo de los países expulsores.

     En ningún otro lugar es esto más evidente que en América Latina y el Caribe, donde las remesas han crecido de manera espectacular en los últimos años, y en consecuencia, son muchos los actores que plantean iniciativas varias para utilizarlas en pro del desarrollo regional. En palabras de un joven sociólogo salvadoreño, “la migración y las remesas son el verdadero programa de ajuste económico para los pobres en nuestro país” (Portes, 2004: 12). Sin embargo, debe subrayarse que, como demuestran distintos estudios, las remesas no son la panacea para el desarrollo de los países de origen, incluso si se consideran como una fuente de capital predecible, que puede ser inmune a las crisis (Canales, 2006; Haas, 2005).

     Estos recursos tienden a utilizarse para cubrir necesidades básicas, es decir que se dedican casi exclusivamente al consumo, y rara vez se invierten en proyectos productivos. Por eso, por sí mismas no pueden considerarse la panacea para garantizar el desarrollo de los países latinoamericanos en el largo plazo, pues no pueden resolver los problemas de fondo que motivan la migración, aunque, paradójicamente, dado que son un negocio atractivo, están empezando a resolver problemas como el acceso al crédito de los estratos bajos de las sociedades latinoamericanas (en muchos países sirven como garantía) y también contribuyen a completar la bancarización de la población, paso fundamental para completar el paso a la economía moderna.

     Sin embargo, las remesas son apenas instrumentos paliativos, particularmente si no van acompañadas de políticas —tanto en el país de origen del migrante cuanto en el de acogida— que faciliten y abaraten su envío, y potencien su impacto en la comunidad receptora. Para algunos, incluso, pueden tener efectos distorsionadores y agravar tanto las condiciones de desigualdad cuanto la dependencia económica de los flujos provenientes del extranjero de los Estados que las reciben.

     Hasta hace muy poco, se consideraba que los beneficios derivados de estos flujos de recursos eran superiores a cualquier aspecto negativo potencial o real de los mismos para las economías latinoamericanas y del Caribe. Sin embargo, en su informe más reciente —Close to Home: The Development Impact of Remittances in Latin America— el Banco Mundial advierte que quizá se han sobreestimado los beneficios y no se han considerado los costos que tienen las remesas para las economías de la región (Fajnzylber y López, 2006).

     Si bien las remesas tienen un impacto positivo en la reducción de la pobreza y la desigualdad, éste es generalmente modesto. Trabajos de campo han demostrado que incluso pueden acentuar la desigualdad en comunidades donde algunos reciben remesas y otros no, desigualdad que se materializa desde en la calidad de la vivienda hasta en los patrones de consumo. En materia de inversión y crecimiento, los efectos de las remesas son positivos, pero de ninguna manera podrían considerarse la solución para los países de la región (Canales, 2006). En el nivel micro hay que considerar que la recepción regular de remesas es un desincentivo tanto para la búsqueda de empleo —o de empleo en condiciones— cuanto para la inversión. En encuestas realizadas en comunidades de alta migración en México, se ha descubierto que los familiares y amigos que reciben regularmente remesas del exterior optan por no trabajar, pues no tienen incentivos para hacerlo. Incluso, llega a hablarse ya de una “adicción” a las remesas, tanto a nivel personal, cuanto estatal.

     En suma, las remesas no son una panacea, y mucho menos el sustituto para verdaderas políticas de desarrollo. Aunque las remesas fomentan el consumo, no hay evidencia de que contribuyan al crecimiento sostenido. Por el contrario, la entrada masiva de dinero proveniente del extranjero tiene importantes efectos distorsionadores sobre las economías locales y puede disminuir las perspectivas de ganancias en el largo plazo. La inundación de flujos provenientes del exterior puede elevar el valor de las monedas locales, haciendo más difícil que los exportadores puedan competir en los mercados internacionales, pues el precio efectivo de sus bienes sube. Mientras tanto, aproximadamente el 85 por ciento del dinero se utiliza para pagar los gastos cotidianos de aquellos familiares y amigos que se quedan en las comunidades de origen, lo que deja poco para el ahorro y la inversión. Los migrantes mismos con el tiempo regresan para jubilarse en sus países de origen, pero no para ayudar a construir sus economías.

Cofinanciación y codesarrollo

Ante la insuficiencia de otras fuentes de financiamiento —públicas y privadas— las remesas se han convertido en el sustituto de éstas, particularmente en aquellos proyectos que utilizan las remesas familiares o colectivas, como el Programa 3x1 en México o el Unidos por Solidaridad, en El Salvador. Ninguno de estos programas ha estado en vigor el tiempo suficiente como para poder evaluarlos a cabalidad. Sin embargo, ya pueden extraerse algunas lecciones.

     En términos de impacto, el principal aporte del Programa 3x1, por ejemplo, no puede medirse por montos de inversión (no rebasa el 1% de las remesas familiares recibidas) ni el número de obras de infraestructura, sino que debe hacerse con base en su importancia para posibilitar y fomentar nuevas formas de cooperación y organización transnacional de los migrantes, quienes son los primeros interesados en realizar proyectos que redunden en la mejora en el nivel de vida de la población y afecten positivamente el desarrollo local (García Zamora, 2006)[25]. Así, el aporte de las remesas colectivas tiene que ver con cohesionar a las comunidades de origen con las de destino; crear nuevas instancias de interlocución con los tres niveles de gobierno; y financiar obras sociales en regiones que estaban excluidas de la inversión pública. En ese sentido, es cierto el dicho de que “dinero llama dinero”.

     El problema radica ahora en cómo dar el “salto de la muerte”, es decir cómo pasar de lo que hasta ahora es más un espejismo alimentado por el entusiasmo inicial de los migrantes que sienten que así hacen algo por su comunidad a canalizar estos fondos hacia actividades e inversiones productivas. En cuanto se introduce la lógica del lucro, las reglas del juego son otras; ya no es donación sino inversión en busca de retorno. En ese sentido, cabe preguntarse si éstos son los instrumentos adecuados para pasar de la donación solidaria a la inversión productiva transnacional o si hay que diseñar otros y a cargo de quién —instituciones internacionales, instancias gubernamentales, organismos privados.

     Hay otras iniciativas que van más allá de la cofinanciación y entran en el campo del codesarrollo. Aquí ya no se trata sólo de involucrar a los migrantes con las causas de su país de origen, sino de hacer copartícipes del desarrollo a países de expulsión y países de acogida, en una lógica de responsabilidad compartida, sin dejar de lado, por supuesto, al migrante.

     Sin duda, esto es más difícil de lograr, aunque se han llevado a cabo algunos esfuerzos con visos de éxito para el caso de otras migraciones como las africanas en Europa y también en el área de la bancarización y abaratamiento de los costes de transferencia de remesas. En todo caso, medidas de esta naturaleza deberían incluir iniciativas para restaurar la circularidad del flujo, es decir permitir y dar apoyo al migrante que desea regresar; brindar formación especializada al migrante, con el fin de que ésta lo convierta en un agente de desarrollo una vez que regrese a su país; y también contribuir económicamente para que el migrante que regresa tenga capital semilla para iniciar una nueva etapa en su vida productiva (Atienza Azcona, 2006). Estas iniciativas parten, sin duda, de una visión positiva de la contribución de la migración para el desarrollo y que considera que el migrante adquiere experiencia y conocimientos en el país de acogida que pueden servir a la causa de su país de origen.

     Obviamente está también el codesarrollo pensado de la manera más amplia e integral posible (Alonso, 2006), en donde hay que diseñar estrategias, políticas e instrumentos para maximizar los efectos positivos sobre el desarrollo de la experiencia migratoria, tomando en consideración a todos los actores involucrados y ámbitos de acción. Aquí se trataría de ir más allá de lo que es exclusivamente “migratorio” y que rebasan la relación entre país de origen y país de acogida.

     Sin embargo, las limitaciones para cualquiera de estas medidas son muchas, partiendo de la falta de asunción de la responsabilidad por parte de países de expulsión y de acogida, la cual nace de la lectura errónea del fenómeno migratorio. Asimismo, influyen también factores como la diversidad en las experiencias migratorias (tiempos de estancia, por ejemplo); la densidad de las redes sociales (necesaria para promover proyectos colectivos); la capacidades de los migrantes para fungir como agentes de desarrollo (en el Programa 3x1, por ejemplo, se ha visto que tienden a elegir proyectos sin ninguna repercusión en el desarrollo de su comunidad, como el embellecimiento de templos o la construcción de lienzos charros); y la disponibilidad en términos de recursos financieros y humanos de los agentes gubernamentales para participar en este tipo de iniciativa, entre otros.

Fuga de cerebros: lo que se gana y lo que se pierde

Entre las principales desventajas del fenómeno migratorio para los países que expulsan población está la llamada “fuga de cerebros”, es decir la pérdida de capital humano en el cual el Estado en cuestión invirtió sus de por sí escasos recursos sólo para que sea el país de acogida el que coseche lo sembrado. Como otras regiones en desarrollo, América Latina lleva décadas perdiendo población calificada[26], aunque sin duda ésta no constituye el grueso de los flujos migratorios. Sin embargo, cuando doctores, enfermeras y otros tipos de mano de obra calificada dejan los países del Caribe, por ejemplo, esto implica un fuerte golpe al proceso de desarrollo en su talón de Aquiles (Solimano, 2006). La falta de trabajadores calificados es un obstáculo más serio para la reducción de la pobreza que cualquier falta de fondos, pues tiene implicaciones para el largo plazo.

     Sin embargo, a pesar de los costes de la migración, las cifras muestran que las ganancias en materia de desarrollo que este fenómeno produce son superiores, por mucho, al problema de la fuga de cerebros. Para los migrantes mismos, el billete al mundo desarrollado es el camino más rápido para salir de la pobreza: un trabajador que se muda de San Salvador a Phoenix puede multiplicar su ingreso sin alterar el tipo de trabajo que realiza o sin que mejore sus habilidades (Mallaby, 2006)[27].

     Y este proceso beneficia también a los países en desarrollo. Los migrantes envían remesas a casa, que exceden los flujos de ayuda oficial al desarrollo, e incluso los de inversión extranjera directa, en el caso de América Latina, y son probablemente más efectivas, ya que los migrantes se aseguran de que el dinero que ganan con su arduo trabajo se use de manera productiva por parte de sus familiares o amigos. Después de algunos años, los migrantes pueden regresar a casa armados con ahorros y nuevas ideas. En ese sentido, lo que al principio fue fuga de cerebros se transforma, con el tiempo y el retorno del migrante, en una ganancia de cerebros. Sin embargo, para que esto funcione es indispensable contar con iniciativas que permitan mantener el vínculo entre el país de origen y sus migrantes y, más importante aún, que incentiven su retorno.

Impactos políticos y sociales de la migración en América Latina

Las variables no económicas de la migración también son importantes. Para muchos latinoamericanos, la migración se ha convertido en un rito de pasaje y en una suerte de futuro predeterminado para muchos jóvenes de la región, porque, en muchos casos, es la única vía de movilidad social. En países de alta intensidad migratoria, como México, Guatemala o El Salvador, incluso puede hablarse ya de una “cultura de la migración” o de que la migración empieza a ser parte de la cultura local.

     En términos políticos, la migración está teniendo consecuencias importantes en todos los niveles de gobierno, especialmente e aquellos países en donde se permite el voto en el extranjero, como República Dominicana o México, pues no sólo se otorga el derecho a decidir sobre la política interna a quienes ya no residen en el país, sino que también se les permite la participación activa como candidatos para puestos de elección popular. Esto se traduce en un soplo de aire nuevo y de nuevas maneras de hacer política importadas por estos migrantes que regresan a su país de origen.

     También en el rubro de los efectos políticos de la migración, cabe destacar el papel de las diásporas. Cuando el número de migrantes no era tan significativo, los países de origen de América Latina no se preocupaban por mantener los vínculos con sus nacionales en el extranjero. Es más: se les descontaba de inmediato de toda idea de país presente y futura, como parte del fenómeno de la “válvula de escape”. Sin embargo, por un lado la presión de los números y, por otro, la calidad de los migrantes (particularmente los profesionales) han hecho que los países de origen se interesen por mantener el contacto e incentivar la participación de sus diásporas en el desarrollo de su país.

     Políticamente, esto se ha traducido en iniciativas electoreras, como convertir a los migrantes en “héroes” —éste es el caso de México durante el gobierno de Vicente Fox—, sobre todo por los aportes que éstos hacen, o pueden hacer, al desarrollo de su país (Tuirán, 2006). También ha significado la reconfiguración del concepto de nación, para hablar de “nación ampliada” e incluso de “nación transfronteriza”.

     Sin embargo, cabe destacar el papel de la diáspora como interlocutora política entre el país de origen y el de acogida. Así, varios gobiernos latinoamericanos han hecho esfuerzos importantes por mostrar su preocupación por la situación de sus nacionales en el exterior, con el fin de acercarse a ellos y, con el tiempo, convertirlos en aliados potenciales en materia de política exterior. Pero este acercamiento también se ha traducido en cambios institucionales significativos que van desde el aumento en el número de consulados latinoamericanos en Estados Unidos y España, principales destinos de los migrantes de la región, hasta la creación de dependencias gubernamentales dedicadas exclusivamente a la vinculación con los nacionales del exterior.

     Con respecto a los impactos sociales, éstos son muchos y muy diversos. Baste señalar aquí dos, uno que tiene que ver con las consecuencias de la migración para quienes se quedan en las comunidades de origen y otro que tiene que ver con las consecuencias de la migración femenina.

     La investigación está muy rezagada con respecto a los efectos de la migración sobre quienes se quedan en las comunidades de origen, particularmente mujeres y niños, aunque, dada la “feminización” del fenómeno, hay que considerar también a los hombres que se quedan solos. Los efectos son de todo tipo: económicos, sociales, políticos y hasta sicológicos. Las mujeres y niños que se quedan en las comunidades de origen padecen altos niveles de estrés, ansiedad y depresión, lo cual empieza a convertirse en un problema importante de salud pública. Por otra parte, la migración femenina entraña también la posibilidad de abrir nuevos espacios para la mujer dentro de la familia y de la sociedad en general. Gradualmente, América Latina está transitando de un modelo de división sexual del trabajo a otro, en el que el rol de la mujer es cada vez más potente.

El diálogo de sordos entre los países de origen y los países de acogida

La cooperación internacional entre países de expulsión y países de acogida de flujos migratorios es fundamental para transformar lo que ahora es un círculo vicioso en un círculo virtuoso de desarrollo. Tanto Estados Unidos cuanto la Unión Europea están enfrascados en intensos debates sobre fortalecimiento de las fronteras externas, sanciones a empleadores que contraten mano de obra migrante indocumentada y demás, pero poco aparece en estos intercambios el tema del desarrollo.

     Según el Center for Global Development, en la voz de Lant Pritchett, “si los países ricos permitieran una inmigración extra equivalen te al 3 por ciento de su fuerza laboral, los ciudadanos de los países pobres ganarían aproximadamente 300 mil millones de dólares al año. Eso es tres veces más que las ganancias directas de abolir todas las barreras comerciales restantes, cuatro veces más que la ayuda oficial al desarrollo que otorgan los gobiernos y 100 veces más que el valor del alivio de la deuda.” (cit. en Mallaby, 2006).

     Por ahora, el envío de remesas se ha vuelto un rasgo permanente de la relación entre Estados Unidos y América Latina y son muchos los países de la región que dependen de los flujos que envían los migrantes. Asimismo, las remesas han abierto la puerta a un nuevo mercado y a nuevos enfoques en el ámbito de la cooperación, y han fortalecido, aún más si cabe, los vínculos que existen entre Estados Unidos y América Latina.

     A pesar de lo anterior, el tema migratorio sigue sin ser sujeto de acuerdos formales entre Estados Unidos y sus socios latinoamericanos. Para Estados Unidos, y más durante el gobierno de Bush tras el 11-S, el tema migratorio sigue siendo uno de carácter interno —e, incluso, electoral— y, por tanto, no es parte realmente de la agenda de sus relaciones exteriores ni a nivel hemisférico ni a nivel bilateral o al menos se le da un trato sui generis. Esto no es así en lo que respecta al tema de las remesas, con respecto al cual se han acordado e implementado estrategias conjuntas tanto a nivel hemisférico cuanto bilateral, particularmente en lo relativo al abatimiento de los costes de transacción.

     En las relaciones UE-América Latina, la migración de latinoamericanos hacia los Estados miembros es quizá uno de los principales problemas trasnacionales que merecen la atención de ambas regiones y está vinculado, directa o indirectamente, a los problemas principales de la región latinoamericana: la pobreza y la desigualdad en la distribución del ingreso. No obstante, la migración es un tema de reciente y tímida aparición en la agenda birregional.

    Esto se debe a que los flujos de latinoamericanos que emigran a Europa son relativamente nuevos y, aunque éstos han aumentado exponencialmente, no son comparables aún con aquellos que llegan a Europa provenientes de otras regiones. No obstante, el tema migratorio debería ser una verdadera prioridad en l agenda birregional, con sus consiguientes programas de acción y, sobre todo, con asignaciones presupuestarias y firma de acuerdos concretos que permitan superar la retórica que caracteriza a estas relaciones, particularmente si se quiere dotar de contenido sustantivo a la “asociación estratégica birregional” que se ha querido establecer entre la UE y América Latina y el Caribe sobre la base de valores, visiones e intereses compartidos. La migración es un tema con un enorme potencial para la consolidación de la UE como actor global y, de involucrarse sustantivamente con él y alcanzar acuerdos importantes a nivel birregional, puede dar mayor margen de maniobra a los países latinoamericanos en sus relaciones con Estados Unidos en este ámbito.

Consideraciones finales

El debate sobre la política migratoria frecuentemente se presenta como la disyuntiva entre fronteras cerradas y fronteras abiertas, entre el movimiento libre y sin obstáculos de migrantes y la imposición de limitaciones estrictas en su número y características. Sin importar si se dan cuenta o no, los funcionarios públicos generalmente se basan en el aparato conceptual de la economía neoclásica cuando piensan sobre la migración. Ven un mundo lleno de millones de gente terriblemente pobre que, de no ser que se le impida por la fuerza o al menos se le desanime enfáticamente, seguramente tratará de mejorar sus perspectivas de futuro mudándose a los países desarrollados. Cuando se pone en estos términos tan crudos, la necesidad de contar con una política migratoria estricta parece evidente en sí, y dadas las herramientas conceptuales que ofrece la economía neoclásica, la única política realista es intentar elevar los costes y disminuir los beneficios de la migración.

     Ésta ha sido la lógica empleada por los formuladores de políticas tanto en Europa como en América del Norte en décadas recientes (Boswell, 2005; Massey, 2005). Sin embargo, como se ha explicado, las causas de la migración internacional no se limitan de ninguna manera a aquellas que se especifican en la teoría económica neoclásica. La migración internacional nace tanto de los mecanismos especificados por la nueva economía de la migración laboral, la teoría del capital social, la teoría del mercado laboral segmentado, y la teoría de sistemas mundiales cuanto por aquéllos descritos por la economía neoclásica. Si el entendimiento global de la migración internacional requiere la síntesis de distintos puntos de vista teóricos, la formulación de una política migratoria iluminada y eficaz, también.

     Esta noción sugiere una tercera vía entre los extremos de una frontera abierta y las restricciones draconianas al movimiento internacional. En vez de intentar desalentar la migración por medio de la represión unilateral —intentando detener los flujos que las políticas de comercio global fomentan— los formuladores de políticas pueden reconocer que la migración es una parte natural de la integración económica global (Goldin y Reinert, 2006) y trabajar en marcos de cooperación internacional de distintos niveles para manejarla más eficazmente[28]. De igual forma que los flujos de capital, materias primas y bienes se administran para el beneficio mutuo de los socios comerciales por medio de acuerdos e instituciones multilaterales tales como la Organización Mundial del Comercio (OMC), la migración laboral también puede manejarse cooperativamente para maximizar los beneficios y minimizar los costes tanto para las sociedades expulsoras cuanto para las receptoras. En suma, la migración internacional debe reconocerse como una parte inextricable de la globalización económica y cobijarse bajo la égida de acuerdos multilaterales más amplios que regulan el comercio y la inversión.

     En ese sentido, América Latina que ha sido el conejillo de Indias predilecto de los neoliberales es, de nuevo, el terreno idóneo para empezar a lanzar iniciativas que permitan alcanzar estos objetivos. Si se trata de remesas, cofinanciación y codesarrollo, el acuerdo entre países expulsores y de acogida es fundamental. Si se trata de la “fuga de cerebros”, lo mejor que puede hacerse es establecer convenios que aseguren que el profesional que emigra adquiera los conocimientos de punta que le ofrece el mundo desarrollado, pero que también retorne a su país de origen para beneficiarlo con ellos (Pellegrino, 2006). Y con respecto a los efectos políticos y sociales de la migración en América Latina, al final la respuesta siempre es la misma: más Estado y más política. Ésta es la única manera de corregir los errores del proceso de modernización y completar la transición hacia el desarrollo. Es también la única manera de hacer del círculo vicioso de la migración un círculo virtuoso de desarrollo.

 

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[1] La presente investigación fue publicada originalmente en la revista Pensamiento iberoamericano, , Nº. 0, 2007 (Ejemplar dedicado a: La nueva agenda de desarrollo de América Latina) , pags. 153-180. Lo reproducimos en Revista Sociedad Latinoamericana con el permiso de su autora, la Dra.  Érika Ruíz Saldoval.

[2] La autora agradece el apoyo financiero del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y de la Secretaría de Educación Pública (SEP), ambas instituciones mexicanas, para la elaboración de este trabajo. Asimismo, agradece profundamente el apoyo permanente brindado por José Antonio Sanahuja a lo largo del proceso de redacción de este análisis.

[3] En general, se utilizarán el término “migración” y sus derivados en lugar de los de “inmigración” y “emigración” para hablar del fenómeno en su conjunto, entendido como un proceso mucho más complejo que la simple entrada o salida de personas de un territorio.

[4] Los términos Unión Europea, Europa y sus derivados son equivalentes, salvo cuando se especifique otra cosa. Se refieren a los 25 Estados miembros de la Unión Europea —Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido, República Checa y Suecia— y a las principales instituciones comunitarias —Comisión Europea, Consejo de Ministros y Parlamento Europeo—.

[5] Por ejemplo, Michael Szonyi afirma que un aumento del 10 por ciento en la migración hacia Estados Unidos aumentará las exportaciones y las importaciones hacia y desde el país de origen en 8.3 por ciento y 4.7 por ciento, respectivamente. Cit. en Dade, 2004:2.

[6] A Jano se le rendía culto al principio de la cosecha, de la siembra, del matrimonio, el nacimiento y otro tipo de principios, especialmente los inicios de etapas importantes en la vida de una persona. Jano también representa la transición entre la vida primitiva y la civilización, entre el campo y la ciudad, la guerra y la paz, y el crecimiento de los jóvenes.

 

[7] En general, se utilizan seis cuerpos teóricos para tratar de explicar el fenómeno migratorio: la economía neoclásica (Todaro, 1976); la nueva economía de la migración laboral (Stark, 1991); la teoría del mercado laboral segmentado (Piore, 1979); la teoría de sistemas mundiales (Sassen, 1990); la teoría del capital social (Massey, Goldring y Durand, 1994); y la teoría de causalidad acumulativa (Massey, 1990). No hay una “gran teoría” de las migraciones que cubra todos los aspectos y quizá buscar una síntesis semejante sería un error, pues una teoría comprehensiva tendría que estructurarse a un nivel tan alto de abstracción que se volvería inútil para la explicación y predicción de procesos concretos (Portes y Dewind, 2004). Por eso, se tiende a desarrollar conceptos y teorías de nivel medio para explicar el fenómeno de la migración internacional.

 

[8] Que la Asamblea General de Naciones Unidas haya encargado al secretario general un informe sobre el tema de la migración internacional y sus vínculos con el desarrollo, y, más aún, que haya dedicado parte de su sexagésima sesión al análisis de este fenómeno es particularmente significativo. Véanse United Nations/General Assembly, 2006 y United Nations/ECOSOC, 2006. Lo mismo puede decirse de las discusiones celebradas en el marco de la Cumbre Iberoamericana y de otros tantos encuentros internacionales a los que se hace referencia en este texto.

[9] México es el país de origen de la mayoría de los migrantes que llegan a Estados Unidos. Según los estándares macroeconómicos globales, a grandes rasgos México no es un país pobre. Tiene una economía que equivale a más de un billón de dólares, un ingreso per cápita de unos 9 mil dólares, una economía industrializada, niveles de urbanización altos y una esperanza de vida superior a la de muchos otros países en desarrollo. En términos demográficos, la tasa de natalidad en México (2.3) apenas supera la tasa de recambio poblacional, por lo que puede decirse que el fenómeno migratorio no se atribuye a la sobrepoblación.

[10] El boom migratorio latinoamericano en España se explica al menos parcialmente por las coincidencias históricas, culturales y lingüísticas.

[11] Esto también es así en el caso de la inversión extranjera, por ejemplo. Véase Casanova, 2004.

[12] La mayor parte de los migrantes latinoamericanos supera las fallas en el mercado hipotecario,

por ejemplo, haciendo uso de los ahorros conseguidos en Europa o Estados Unidos para financiar la construcción o compra de vivienda en sus países de origen.

[13] A decir de Ferranti y Ody (2006), según cifras de la OCDE para 2001, una simple comparación muestra que el crecimiento promedio del PIB per cápita de la región pasó del 0.7 por ciento durante el periodo 1973-90 al 1.4 por ciento durante los años noventa. Urquidi (2005) llega a conclusiones aún más desalentadoras: Tras analizar las políticas de desarrollo latinoamericanas entre 1930 y 2005, en la región no se puede hablar sólo de “década pérdida”, como suele hacerse con respecto a los años ochenta, sino que hay que asumir que América Latina perdió por completo el siglo XX en materia de crecimiento y desarrollo económicos. Véanse, particularmente, pp. 506-516.

[14] Datos de Machinea (2006).

[15] Por ejemplo, no debe soslayarse la importancia de la “ficción petrolera” que están viviendo países como Colombia, Ecuador, México, Venezuela e, incluso, Trinidad y Tobago, y que está detrás del aumento en el consumo interno en estos países.

[16] El crecimiento económico ha contribuido a reducir los niveles de pobreza. Sin embargo, aún hay 205 millones de pobres en la región (40%). Por otra parte, en el tema de la desigualdad, América Latina es la región con mayor inequidad, sólo por debajo del África subsahariana (Serra, 2006: 2). En promedio, durante los años noventa el 10% más rico de la población recibió aproximadamente 48% del ingreso total en América Latina, mientras que el 10% más pobre sólo obtuvo el 1.6% (Ferranti y Ody, 2006: 6).

[17] Asimismo, el precio del trabajo no calificado en la región es alto en comparación con el de Asia, su principal competidora en la producción de manufacturas (Cachón, 2004).

[18] Al revisar las historias de vida de los migrantes latinoamericanos, puede comprobarse que la mayoría no estaba desempleada, sino que tenía un trabajo precario. En ese sentido, la migración no está motivada por la falta de empleo, sino por su calidad. Asimismo, cabe destacar que la pertenencia al sector informal de la economía implica también la falta de acceso a los mercados formales de crédito o a los servicios estatales de salud, por ejemplo, lo cual también contribuye a la decisión de migrar. En ese sentido, puede decirse que en América Latina hay un “Estado de bienestar trunco” (Ferranti, 2004: 14, cit. en Ferranti y Ody, 2006: 9), caracterizado por cobertura limitada de los programas públicos y la debilidad de las redes de protección social, y atribuible a los problemas de recaudación y a la falta de políticas redistributivas.

[19] Aunque hay programas como el Oportunidades de México y otros similares implementados en Colombia, Brasil, Honduras y Chile, que han mostrado ser exitosos en la reducción de la pobreza y proclaman contribuir a la formación de capital humano, lo cual al menos en teoría llevaría a disminuir tanto la pobreza cuanto la desigualdad en la región, éstos siguen consistiendo en la transferencia de cantidades reducidas de recursos a familias pobres, siempre y cuando éstas cumplan con condiciones como mantener a los niños escolarizados y, en algunos casos, también asistir a las clínicas de salud. Sin embargo, al menos según lo observado en el caso mexicano, muchas veces sus recurso sirven para financiar la migración. Muchas familias deciden dejar a los hijos en el país de origen simplemente para que sigan cobrando las ayudas educativas que proporcionan estos programas y que permiten que los padres busquen otras oportunidades en los países de acogida.

[20] El caso boliviano se está convirtiendo en uno paradigmático. Diariamente llegan al menos 500 bolivianos a Madrid para quedarse en España como indocumentados. Otros tantos intentan establecerse en Argentina o en Estados Unidos. Las cifras implican que esta tendencia se traduce ya en que un tercio de la población de Bolivia reside en el extranjero. En los últimos meses, el desencanto con Evo Morales ha incentivado la migración. Véase Ibarz, 2006.

[21] Cifras de CELADE/CEPAL 2006.

[22] De todos los inmigrantes en Estados Unidos, casi el 60% es de origen latinoamericano o caribeño. Los mexicanos equivalen a casi el 50%.

[23] Se calcula que en España hay ya aproximadamente dos millones de personas de origen latinoamericano, con o sin documentos, es decir 38.6% del total de extranjeros empadronados.

[24] Por “remesas” debe entenderse el dinero que envían los migrantes a sus familiares en sus países de origen. Aquí no se consideran las remesas en especie, y cuando se hace referencia a “transferencias” esto debe interpretarse como sinónimo de remesas y no como los bienes y/o fondos con los que llega el migrante al país de acogida.

[25] También habría que incluir intangibles como la mejora en los procesos de rendición de cuentas

por parte de todos los niveles de gobierno que participan en estas iniciativas, mejora que se deriva de que, por un lado los migrantes lo exigen, pues así lo han visto en el país de acogida, y, por otro, es el propio gobierno el que quiere asegurar que el flujo de estos recursos no cese y, por tanto, se esmera en la atención a los migrantes.

[26] Según datos de CELADE, en 2000 había más de un millón de profesionales, técnicos y afines latinoamericanos fuera de su país de origen, de los cuales menos de un cuarto permanece en la región (CELADE/CEPAL, 2006: 11).

[27] Quizá también habría que incluir aquí a las todavía contadas historias de éxito que alcanzan a salir a la luz pública, como la de Alejandro Silva, “el rey del chicharrón”, es decir el mayor productor de chicharrón de cerdo en el mundo; la de Fabián Núñez, presidente de la Asamblea estatal de California (el segundo funcionario electo de mayor rango en el estado); o la de Hinojosa-Quiñones, un migrante que llegó a los 19 años a California sin hablar inglés y, sin embargo, terminó sus estudios para médico-cirujano en la Universidad de Harvard y hoy dirige la unidad de cirugía cerebral del hospital número uno en investigación en Estados Unidos. En todos estos casos, de no haber emigrado de sus lugares de origen, seguramente no habrían alcanzado el éxit profesional que hoy les caracteriza. No obstante, éstas son excepciones a la norma, la cual generalmente hace que la migración calificada latinoamericana ocupe empleos que no van acorde con su formación, incluidos los de servicio doméstico.

[28] Particularmente, se trata de tener flujos ordenados, legales y seguros, por el bien, primero, de los migrantes, pero también de los países de expulsión y de acogida.

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