Imágenes, historias e interacción en espacios sociales multiculturales

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Imágenes, historias e interacción en espacios sociales multiculturales[1]

 

Por Rosa M. Soriano Miras

Departamento de Sociología, Universidad de Granada,España.

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E-mail: rsoriano@ugr.es

 

1. Introducción

Reflexionar sobre el multiculturalismo es quedar inmediatamente enredados en complicadas cuestiones en torno a la relación entre igualdad y diferencia, o lo que es lo mismo, entre identidad y alteridad. Fraser (1995) expone  cómo en EE.UU, se han adaptado dos tentaciones para responder a esta cuestión.

  1. La tendencia a adoptar una versión indiscriminada del multiculturalismo, que proclama que todas las identidades y diferencias son merecedoras de reconocimiento.
  2. La otra tendencia, simétricamente opuesta, consistente en adoptar una forma indiscriminada de antiesencialismo que trate todas las identidades y diferencias como ficciones represivas.

     Pero más allá de la respuesta política en torno a este tipo de consideraciones, encontramos una realidad sin precedentes en el nuevo siglo. Nos referimos a la coexistencia cultural, y donde se visualiza de manera más clara dicha convivencia, es en torno al barrio.

     Los individuos pertenecientes a culturas distintas, pasan a ocupar un lugar en la economía, en la estratificación social, en las relaciones sociales, en la cultura, e incluso, en la política local. Y es que cuando se habla de “gentrificación inmigrante” se suele resaltar la transformación que los inmigrantes pueden llegar a hacer de la ciudad, de sus barrios, del centro y de la periferia, de sus instituciones y residencias, “afirmando identidades culturales particulares y cambiando las relaciones socio-espaciales de la sociedad”.

     Tal y como expone Benach (2005) “Los espacios urbanos son lugares de confluencia de flujos de información, de mercancías, de personas, de maneras de vivir distintas, de modos diferentes de ver el mundo. Para bien o para mal, la diversidad sea generadora de conflictos o, al contrario, como un catalizador de fuerzas creativas, se ha contemplado como enseña de lo urbano. Pero, en tiempos recientes, la intensidad con la que vivimos esas diferencias parece haber aumentado. También para bien y para mal, las reflexiones, en torno a quiénes y cómo somos los que vivimos en la ciudad parecen haber tomado una renovada fuerza. Parece que lo que nos une a unos es lo que nos separa de los demás, o, mejor, lo que nos separa de los demás, es lo que nos da identidad como colectivo”.                                                                                  

    Por todo ello consideramos que es de gran importancia favorecer la reflexión acerca de la situación que se deriva de una inserción residencial de los extranjeros compartida con los vecinos autóctonos. La convivencia, por tanto, puede adoptar formas muy diferentes, más pacíficas o más tensas, generando dinámicas muy distintas desde el punto de vista del proceso de inserción, más inclusivas o más excluyentes respecto a los nuevos vecinos.

    En este sentido, la inmigración extracomunitaria como fenómeno relativamente novedoso, va unido a un aumento de su “visibilidad social”, tanto por su número, como por su concentración relativa en comarcas y barrios. Hoy, todas nuestras grandes ciudades tienen su barrio o barrios “multiculturales” (Lavapies, en Madrid; El Raval, en Barcelona; Russafa, en Valencia; San Agustín, en El Ejido (Almería) etc.). Son más visibles, también, en la medida que aumenta una inserción residencial de convivencia cotidiana con autóctonos, y una mayor utilización de los espacios y servicios públicos.

     De Lucas (2003) mantiene que en la actualidad existe mayor relación cotidiana con personas inmigrantes en la puerta de las escuelas, la sala de espera del centro de salud, o del centro de servicios sociales que antes, a pesar de que dicha relación no pase (en la mayoría de los casos) de la indiferencia cortés, que caracteriza a la coincidencia en la multitud anónima moderna. Pero sobre todo, el principal factor que explica el aumento de la “visibilidad social” de la inmigración, es que ha pasado a ser, un tema de debate político y social, en muchos casos caracterizado como “problema”, y que centra la atención de los medios de comunicación.

     Por todo ello, mi propuesta se centra en visualizar la situación de dos zonas muy distintas, aunque con un nexo común: Una clara presencia migratoria. No debemos olvidar que uno de los principales motores de los espacios multiculturales, tal y como se acaba de ver, es la inmigración.

     El primer territorio en el que nos detendremos es la zona fronteriza de San Diego-Tijuana, donde el porcentaje de personas nacidas en el extranjero asciende al 23%. Se explicará, como la fotografía cultural, se percibe de manera clara a través de un “viaje en transporte público”, lo que permitirá desvelar la importancia de ciertas imágenes urbanas.

     En segundo lugar, nos centraremos en exponer la realidad multicultural presente en el municipio de El Ejido (Almería), donde el 33% de la población es de origen extranjero, coexistiendo en el mismo espacio, más de 100 nacionalidades. Finalmente, se expondrán algunas reflexiones que se plantean en torno al trabajo a desarrollar en los barrios, con el fin de ayudar en la gestión de la creciente realidad multicultural.

2. La importancia del espacio en la interacción social

Un espacio social (como una ciudad o un barrio), se conforma por el efecto sinérgico[2] de las experiencias vitales de quienes habitan en ella. Cuando hablamos de experiencia vital, damos por entendido que el hecho de habitar un ámbito social urbano, puede ser experimentado de manera diferenciada por distintos grupos sociales.

     La experiencia de vivir en una ciudad, de estar y pertenecer a un barrio es diferente según las expectativas, frustraciones, logros, que perciben los grupos sociales que cohabitan en dicho espacio. Por tanto, existe una multiplicidad de ciudades imaginadas o reales, a partir de una experiencia urbana común (Gaggioti, 2001)

Partimos de esta premisa para situar la experiencia que paso a narrar a continuación.

     Más allá de la ciudad como realidad objetiva de una organización espacial de la sociedad que no puede ser negada, se desarrolla el campo de relaciones sociales propio de toda interacción humana. Elementos tales como: fragmentación, instantaneidad, intercambio, o la ausencia de todos ellos, son combinados por los individuos de manera “aleatoria” con el fin de moldear cada vivencia.

     En esta línea, la experiencia de observar el espacio de interacción del transporte público, ayuda a desvelar aquellas estructuras subyacentes que son compartidas (con o sin conflicto) por la gran mayoría de la población en un contexto determinado. Con el fin de acercarme a la estructura social del condado de San Diego en el sur del Estado de California, durante “largo tiempo” utilicé el transporte público para realizar el trayecto de University Town Center (UTC) en el norte del Condado hasta Clairemont, un barrio situado a unas millas de UTC.

     Pero además tres veces por semana me desplazaba a San Isidro (el núcleo residencial de California situado más al sur del Estado, frontera con su vecina Tijuana, ya en México). También viajaba con cierta asiduidad a Chula Vista, un enclave étnico mexicano en el sur del Condado de San Diego, y a National City, por las imágenes que ofrecía este espacio desde el punto de vista identitario. Y es que tal y como proclamara la escuela de Chicago hace ya “algunas” décadas, no hay nada como sumergirse en la ciudad para conocer la misma.

     El trayecto se iniciaba siempre en UTC hacia el Downtown, no sin antes pasar por Clairemont. Una vez en el Downtown, cogía el tranvía desde este lugar a Chula Vista o a San Ysidro, según guiara mi trabajo de campo, que no era otro que construir la historia migratoria de aquellas mujeres de origen mexicano, que quisieran compartir conmigo semejante vivencia, pero no es la descripción de este objeto el que centra nuestra atención, por lo que continuo explicando mi periplo desde el transporte público.

    El autobús en UTC suelen tomarlo personas mayores y enfermas (que no pueden conducir), e inmigrantes (que no poseen los medios necesarios para poder conducir). El paisaje suele ser desolador desde el punto de vista de los intercambios simbólicos. Apenas se producen interacciones entre los pasajeros. Nadie se sienta al lado de nadie, y un silencio ensordecedor suele apoderarse de todo el espacio, apenas roto por el ruido (esta vez real) del motor del autobús.

     Pero al llegar a la zona de Clairemont aparece un nuevo escenario. En breves instantes quedan muy pocas personas mayores, y apenas ningún enfermo. El relevo étnico ha comenzado, y la segregación espacio-racial comienza a evidenciarse, haciéndose muy presente el origen de culturas milenarias procedentes de Asia, o de Oriente Medio ¿Hasta qué punto dicha segregación es programada, inducida, comunal o causal?, no puedo evitar mantener mis propias hipótesis, las cuales algún día espero poder validar. Mientras tanto solo me queda el poder de la descripción.

     En ese viaje hacia el Downtown, y pocas paradas antes de llegar a mi primer destino, sucede algo que congela la progresiva tendencia de mexicanización del transporte público que se viene produciendo (y esta vez de manera imparable) desde que dejamos Clairemont. Me refiero a que el autobús se hace presa de cierta juvenilización. En ese momento, la mayoría del autobús pertenece a estratos de edad joven de procedencia variable. No se puede negar la evidencia de estar acercándonos a la ciudad, a la urbe, en donde la presencia juvenil cobra fuerza. El relevo en este caso se produce en función de una variable demográfica, y no étnica o nacional.

    En este camino de relevos, al llegar al Downtown la realidad social que se ha venido configurando todo el viaje cobra un cariz diferente. Estamos en el corazón de la ciudad con todo lo que ello significa: bullicio, ruido, prisas, tráfico, grandes edificios, comercios, y mucha vida en interacción inmediata. El relax propio de La Jolla (una de las zonas residenciales más exclusivas del conjunto de EE.UU situada en el norte del condado de San Diego) ha desaparecido por completo, y las realidades propias de los asentamientos colindantes parecen quedar atrás.

     Pero continuemos con la narración de tan singular viaje. Una vez en el Downtown, continuaba hacia la parada del tranvía, con el fin de no demorar más aún el viaje en el que invertía una media de 5 horas (ida y vuelta). Este espacio temporal ofrece gran información acerca de la calidad del transporte publico en San Diego, puesto que al realizar con posterioridad este mismo viaje en un vehiculo particular, no invertí en ningún caso más de una hora (sin contar, obviamente con los atascos propios de las autovías que en este caso se producían con mucha asiduidad).

     La parada del tranvía es también digna de ser analizada, al producirse una curiosa combinación entre afroamericanos y mexicanos. Concretamente a esas horas de la tarde (de tres a cuatro) la población que ha terminado de trabajar, se dirige hacia sus hogares con el fin de descansar, y volver a iniciar la jornada laboral al día siguiente. En esta franja horaria el tranvía suele superar su capacidad.

     En una de mis experiencias, me encontré sentada (en el suelo) entre un afroamericano y un mexicano que llevaba puesto un pasamontañas. Este último tenía una enorme cicatriz en la cara. Veinte minutos después de haber iniciado la marcha, se unió otro mexicano que, sin pudor alguno, le pregunto a su paisano qué le había sucedido. En ese momento se percibe que son las respuestas sencillas las más probables. La cicatriz se debía a una operación quirúrgica a la que se había sometido recientemente con el fin de que le extirparan una muela.

     Sorprendentemente su compañero le dijo que había tenido también problemas con sus muelas, y abriendo la boca nos enseñó a los presentes todos sus molares, premolares e incisivos. Este acto tuvo que incomodar en exceso a mi compañero afroamericano, pues no tardo en levantarse dispuesto a hallar un lugar más tranquilo. Dicha “huida” no sorprendió a los mexicanos, los cuales se dedicaron a realizar algún que otro comentario xenófobo sobre el mismo. Obviamente, no dispongo de material gráfico para visualizar esta anécdota.

     Pero lo relevante del caso, es que paradójicamente, he asistido a la historia contraria, y es el claro rechazo que muestran algunos afroamericanos ante cierta población mexicana. Afirmaciones tales como Black people don’t like mexicans, o I don’t like the mexican culture recorren cualquier rincón afroamericano en el tranvía, cuando en este la presencia mexicana supera “lo razonable” según su lógica.

     Obviamente nada de esto es una tendencia que pueda demostrar (aún), pero me remito a la narración de una serie de hechos que tuvieron lugar, con cierta regularidad, en mi presencia de manera continua durante un largo periodo de tiempo. Y no debemos olvidar, que es la presencia de la regularidad, lo que en mayor medida estudiamos los sociólogos.  

     En este sentido, y siguiendo con mi propio análisis social, considero que cobra relevancia el análisis propuesto por Fran Parkin (1978), al mencionar el cierre social que se produce cuando los grupos tratan de mantener un control exclusivo sobre los recursos, limitando el acceso a los mismos. Por tanto, el cierre social implica dos tipos de procesos. Por una parte la exclusión, o lo que es lo mismo, aquellas estrategias que son adoptadas por los grupos para separarse de los extraños, impidiéndoles el acceso a recursos valiosos. Por otra parte, la usurpación, que se centra en los intentos de los menos privilegiados por adquirir recursos monopolizados previamente por otros.

     El marco en el que se sitúan todas las interacciones que he podido observar a lo largo de todo este tiempo cumple ambas funciones. Por una parte, se muestran como excluyentes en el espacio, y por otra parte, son usurpadoras del mismo. Son muchos los mexicanos y afroamericanos que se hallan en clara competencia, cuestión que no sucede con los asiáticos, conformándose éstos como otra de las caras de la diversidad cultural en este lugar. La convivencia en el barrio, que se configura como el espacio público mínimo de convivencia entre “extraños”, adquiere un especial protagonismo, tal y como sucede en otro enclave como es Nacional City.

    Otro grupo social que resultaría de interés para este análisis sería el denominado white –los blancos-, pero al limitar mi análisis a las imágenes desde el transporte público, apenas puedo hablar de dicho estrato de población, debido a su invisibilidad en este medio de transporte. No obstante, en el análisis social, muchas veces resultan más reveladoras las ausencias que las presencias.

     Pero lo que resulta obvio a todas luces es cómo el usufructo del sur de San Diego pertenece a México. La tendencia de mexicanización en el viaje hacia el sur se produce de modo constante a las cinco o seis paradas del tranvía a San Ysidro, convirtiéndose en un clamor cuatro o cinco paradas antes de la frontera. En este momento sólo se escucha un continuo murmullo de voces, en donde lo más relevante es que el tranvía en su totalidad habla español. Lo que resultaba un silencio ensordecedor apenas a unas millas de distancia (La Jolla) se ha convertido en una suma de voces, que a modo de coral evidencia la realidad de los hechos: -El sur de San Diego es latino-.

     Sería un disparate plantearse hablar inglés. Se dirigen a ti en español, sin apenas importar que estés pisando territorio americano. A esta idea es a la que me refiero cuando habla de usufructo. Es más, hasta el Community Center en San Ysidro se llama Casa Familiar. Incluso cuando buscas los testimonios en este enclave, emerge como idea que no existe choque cultural en dicho lugar.

     Si buscas el conflicto (cultural), va a ser difícil hallarlo, porque Tijuana apenas está a unos minutos andando de este lugar, con lo que las formas de vida son muy similares, con independencia de la insistencia por parte de los gobiernos de aumentar las fronteras, que tan solo responde a las políticas de diferenciación (irracionales si primas la visión del sujeto, brutalmente racionales si primas la visión del mercado) que lideran los países que protagonizan este juego.

    Cuando te acercas a este ámbito de estudio alcanzas a comprender que entre todos los actores que se hallan vinculados en este proceso, hay ganadores y perdedores, y sin lugar a dudas, el gran perdedor es la población que, simulando un río de agua viva, toma la corriente en México para dejarse guiar hasta donde le lleve la misma en EE.UU. A pesar de todo ello, algunos de mis compañeros del tranvía, cuando les preguntaba por todas estas consideraciones, me indicaban que vivir aquí es como vivir culturalmente en México, pero mejor, porque en comparación con sus compatriotas, ellos se hallan ubicados en el país de las oportunidades, de la educación, del trabajo.

    En cierta ocasión, una mujer de las llamadas “sin papeles” me confesaba en este viaje hacia el sur que, si alguna vez pensó regresar a México, supo que nunca volvería cuando quedó embarazada de su bebé, porque ¿cómo le iba a negar a su hijo todo lo que a ella le había sido negado por nacimiento? Y es que no debemos olvidar que por muy ilegal que sea la situación de los padres, un bebé nacido en este país adquiere automáticamente la ciudadanía americana por nacer en dicho suelo. La primera potencia mundial está al alcance de su mano, por lo que parece lógico pensar que su meta se sitúe en cruzar la frontera. Una vez más, a través del estudio de las interacciones sociales, podemos adivinar qué está sucediendo a nivel macro. Sirva como ejemplo la siguiente fotografía tomada en la frontera entre EE. UU. y México, pues vale más una imagen que mil palabras.

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3. Los incidentes de corte racista de febrero en El Ejido (España)

Acabamos de describir la fotografía de un espacio de interacción social tan complejo como es el de la frontera entre EE.UU y México. Muchas fronteras del mundo parecen haberse convertido en los espacios emblemáticos para el estudio de las contradicciones, que encierran los procesos socio-económicos vinculados a la globalización.

     Las fronteras no son pues en este caso objetos sino marcos, marcos desde los cuales observar los procesos socio-económicos actuales. Son espacios privilegiados en los que la interacción social toma lugar (Foucher 1991:10), donde el espacio representa un medio (más que un actor histórico), un marco, que contiene recursos útiles para muchos curiosos, al igual que sucede con el espacio urbano que llamamos barrio.

     Pero ¿Qué sucede cuando intentamos forzar algo más el análisis, y queremos profundizar en la interacción social, en sí misma, dentro del barrio? Para vislumbrar dicho interrogante, nos vamos a servir de los incidentes de corte racista que se vivieron en El Ejido a principios de esta década.

     Nos dice Gaggioti (2001) que una ciudad, un barrio se reconoce como tal, en tanto que se diferencian en él grupos que interactúan entre sí a partir de la necesidad práctica de convivir. De hecho, no puede pensarse en la existencia de un ámbito social urbano, sin reconocer la interacción de los grupos sociales. Desde un plano estrictamente teórico, esto lleva a que se produzca una convivencia en el espacio, donde los grupos buscan su identidad, interpretan la sociedad, y representan una actuación con el fin de satisfacer sus expectativas.

     Pero para analizar qué sucedió, debemos contextualizar, aunque sea mínimamente el contexto ejidense. En los años cuarenta, la economía del municipio era fundamentalmente agrícola, destinada principalmente al autoconsumo. La población total de El Ejido no superaba el centenar de personas. En esta época surgen las primeras alhóndigas donde se comercializan los productos de secano y de las huertas (guisantes, habas, tomates…).

     En la década de los cincuenta y principios de los sesenta, el cultivo dominante es la uva de mesa, principal actividad económica de la zona. Sin embargo, será a final de la década de los sesenta cuando se produzca el hundimiento de este producto. A partir de ese momento, comienza la implantación progresiva y generalizada de la agricultura intensiva, motivada en buena parte por una serie de iniciativas públicas y privadas que transforman el paisaje en el denominado “mar de plástico”. En el año 1981, la población superaba las 30.000 personas. En la actualidad, hay más de 80.000.

    Esta nueva realidad va a configurar el paisaje urbanístico, social, cultural y económico del municipio hasta la actualidad, haciendo realidad el famoso milagro económico, de convertir un erial en uno de los principales municipios con mayor renta per capita de España. No olvidemos que la renta neta media declarada que presenta El Ejido es una de las más altas del país. Esta riqueza económica ha provocado intensos movimientos migratorios, atraídos por el vertiginoso desarrollo de este sector agrícola que genera grandes necesidades de mano de obra.

     El municipio de El Ejido se ha convertido, por tanto, en uno de los principales núcleos de la provincia de Almería debido a su poder agrícola. Por lo tanto, sí entendemos que uno de los principales objetivos que persiguen las personas inmigrantes a su llegada en la sociedad de acogida, es la búsqueda de un trabajo, el municipio de El Ejido se configura como una opción muy adecuada para estos. A todo ello hay que unir, que uno de los principales elementos que caracterizan en las últimas décadas a El Ejido, es su evolución demográfica, tanto por el volumen de población extranjera y sus características, como por el reducido espacio de tiempo en el que han transcurrido estos cambios.

     En este importante movimiento migratorio se diferencian dos fases según el origen de los inmigrantes. Entre los años sesenta y setenta se produce un movimiento migratorio interior, en el que participa casi todo el territorio nacional, aunque se centra principalmente en la Alpujarra granadina y almeriense. Este proceso es el que dibuja, por tanto, la historia del municipio en la segunda mitad del siglo XX.

     En un segundo término, en los años noventa y coincidiendo con la consolidación de El Ejido como municipio independiente, las migraciones sufren un punto de inflexión en cuanto a la procedencia de los inmigrantes, al igual que sucede en el territorio nacional. La salida de mano de obra española hacia el extranjero se estabiliza, e incluso se paraliza, mientras que se incrementa considerablemente la inmigración exterior, más concretamente del norte de Marruecos, provenientes en su mayoría de la zona del Rif (Soriano, 2004).

     Pero, ¿Cuáles son las nacionalidades mayoritarias hoy en día en este núcleo de población? Desde principios de la década de los 90, no sólo ha tenido lugar un crecimiento notable de población extranjera en el municipio, sino que también se ha multiplicado de manera considerable el número de nacionalidades que pueden contabilizarse en el padrón municipal. En 1996, entre los extranjeros empadronados, se diferenciaban 43 nacionalidades, mientras que en el 2010 ha aumentado el número de procedencias hasta contabilizar un centenar de países distintos. Un desglose pormenorizado del país de procedencia de los extranjeros empadronados en El Ejido permite ver el claro predominio de los nacionales de Marruecos.

     Dicha posición es detentada por la población de nacionalidad marroquí desde hace veinte años aproximadamente, que con 114 personas, ya destacaba por ser el grupo de extranjeros más numeroso. No obstante ha seguido experimentando un crecimiento continuado a lo largo de estos años, al haber multiplicado su presencia por 135, tras alcanzar la cifra de más 15.191 empadronados en el año 2009, lo que representa el 60% del total de población extranjera. Le sigue por orden de importancia la población rumana con una presencia menos significativa del 13.5%. El resto de nacionalidades están presentes con porcentajes que no superan el 5%, dentro de las cuales destaca Bulgaria, Rusia, Senegal, Argentina, Ecuador y Colombia. Al comparar estos datos con años anteriores, apenas se aprecian cambios, a excepción de una disminución de marroquíes (68% en el año 2003), y un aumento de nacionales de Rumania (5% también en el 2003).

     De las principales nacionalidades que están presentes en el padrón municipal, los extranjeros procedentes de Ecuador son los únicos que muestran un descenso de población durante el último año, al igual que en el resto de España. Por otra parte, señalamos la fuerte presencia de mujeres de nacionalidad rusa al romper con la tendencia dominante en el resto de nacionalidades.

      Tras esta breve contextualización, podemos centrar nuestra atención en lo que sucedió en el municipio en febrero de 2000. Para ello nos vamos a servir de las narraciones proporcionadas por algunas de las protagonistas de aquella historia.

     Aicha mantiene que el trato por parte de la comunidad hacia los inmigrantes marroquíes es distinto que para los nacionales, lo que le genera un continuo sentimiento de justificación, en torno el hecho de que ella no es inferior a nadie.     

     Señala su decepción al tener unas expectativas muy distintas antes de llegar a España, pues esperaba encontrar personas con una mentalidad más abierta. Afirma con rotundidad que la gente marroquí, está en el poniente almeriense, porque hay que trabajar, y ése es el motivo principal. Indica a su vez que los medios de comunicación, son los culpables de hacer creer a la población española la situación de penuria económica y social que se vive en su país, pero que sin dejar de ser verdad, existe otra realidad a la que no se refieren nunca.

     No le extraña entonces que los españoles se asombren ante afirmaciones tales como: En Marruecos hay carreteras, o que hay muchas mujeres que no llevan el hiyab, utilizando pantalones como vestimenta habitual. Esta migrante ha sufrido el proceso estigmatizador, porque en realidad antes de los sucesos de febrero de 2000, no ofrece ejemplos concretos que den muestra real de un claro rechazo por parte de la población autóctona. Tan solo narra como ejemplo, el trato desigual que le dieron en el hospital cuando se enteraron de que ella era marroquí, pero una vez más se narra una percepción, no un hecho objetivo.

      El principio de Thomas emerge con fuerza. Dicho principio se centra en la idea de que si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias. Lo que este principio indica no es que algo sea real simplemente por el hecho de que la gente así lo diga, sino que cuando la gente sostiene que algo es real, aunque no lo sea, ello puede tener unas consecuencias tan reales como si de hecho lo fuera. No importa tanto que el rechazo sea real, porque si así lo vive ella, será real en sus consecuencias.

      En El Ejido se empezaba a vislumbrar la emergencia de un miedo generalizado por parte de ambas poblaciones, que mucho tuvo que ver con el desencadenante del conflicto. El principio de Thomas vuelve a cobrar protagonismo. En los numerosos contactos que mantuve tanto con inmigrantes (varones y mujeres) como con la población autóctona, poco antes de Febrero del 2000, se percibía cómo unos y otros culpabilizan al grupo (al otro) de conductas que no habían sido vividas de primera mano por ninguno de los actores implicados.

     Por ejemplo, al hablar con los autóctonos, se mantenía la idea de que estaban violando a sus hijas y a sus mujeres, pero ninguno de ellos había pasado (afortunadamente) por situación tan terrible. Por el lado de los inmigrantes, al preguntarles por alguna actitud reprobable por parte de la población de acogida, se mantenía que cambiaban de acera cuando se hacía visible la nacionalidad marroquí o se producía cierta explotación en el trabajo.

     No obstante, al ser interrogados por si habían sido testigos directos de dicha situación, la contestación siempre era una negativa. Incluso la migrante de la que hablamos, ni siquiera es capaz de argumentar el trato distintivo en una cafetería entre nacionales y autóctonos. No obstante, iba germinando el caldo de cultivo de los sucesos de Febrero del 2000.

     A finales de enero de 2000 un marroquí mataba a dos agricultores de la zona. Una semana más tarde, otro marroquí mataba a una chica en el mercado del pueblo. Horas más tarde sucedía lo que se ha denominado como incidentes racistas de El Ejido, y que una de las migrantes narra del siguiente modo:

“Yo estaba en casa de mi hermano. Yo estaba allí esa noche y no sabía nada, la verdad no sabía nada, nada de lo que ocurría, y me he llevado un susto de muerte. Cuando los encontré, estaban todos en la puerta... Mi hermano tiene un dúplex y tiene un negocio abajo y la casa arriba, y como escuchó mucho ruido, bajó a ver qué pasaba y de pronto ve un montón de gente abajo que quería entrar con palos y todo y... ¡Dios mío! Pasé una semana sin salir de casa, ni ir a trabajar, ni nada... fue horrible... pasamos una noche horrible …  me quedé en casa de mi hermano”.

     Añade cómo su cuñada (española) sintió rabia, vergüenza e impotencia ante la situación a la que estaba asistiendo. Pero incluso en una situación límite como la que vivió esta migrante, emergen palabras de “entendimiento” ante lo que estaba sucediendo. Las diferentes narraciones recogidas señalan el miedo que pasaron, pero es reseñable su insistencia en afirmar, cómo fue la propia población española, y la propia red social la que le ayuda a salir de esta situación. No dudan en ningún momento en mostrar su agradecimiento a estos “otros” españoles.

     En otro de los discursos asoma una doble paradoja: Por una parte señala entender lo que sucedió, pero por otra parte encuentra desmesurada la conducta acontecida. Su marido “español” opina lo mismo que ella. Son numerosos los ejemplos que visualizan cómo la propia población ejidense condena estos actos de corte racista.

     Y esto nos lleva a plantear un elemento más que permite entender la complejidad de la situación que estoy intentando explicar, me refiero al papel que desarrolla concretamente la mujer española en el proceso de inserción en el espacio, por lo que nos detenemos brevemente en describir el proceso de inserción en el barrio por el que ha pasado la mujer marroquí junto con la española.

     La mujer marroquí es ese pilar opaco que lleva a cabo gran parte de los cambios de su país de origen, independientemente de que su estatus jurídico evolucione más lentamente que la propia sociedad. No obstante, esta situación no le permite diferenciarse del fuerte proceso de socialización vivido, por lo que mantener una relación de apoyo con un varón que no pertenezca a la familia, va a ser un imponderable.

      La red nativa se queda muy reducida al ser mínima la presencia de la mujer marroquí en el origen de la migración. Se antepone entonces la diferenciación de género, a la diferencia étnica y religiosa. Se busca el apoyo en la mujer, por lo que emerge la nativa como coprotagonista de esta historia. Se hace necesario distinguir en este proceso dos tipos de relaciones sociales en el sistema de apoyo social, todo ello en un mismo espacio referencial como es el barrio:  

  1. Las relaciones asimétricas mantenidas con el jefe y su familia
  2. La existencia de una relación simétrica en donde se desarrolla la interacción con la persona que la ha introducido en la sociedad, correspondiendo a la mujer española en la mayoría de los casos.

      Ambas relaciones han desempeñado un papel clave en la adquisición de recursos sociales básicos como por ejemplo: la vivienda. La nativa ha actuado como intermediaria ante el recelo de los españoles de alquilar una vivienda. También se desarrolla una centralidad en el espacio conformado por el mercado laboral como lugar básico de promoción y relación social.

     Otros espacios en los que el sistema social de apoyo presta un servicio fundamental, es la crianza de los hijos y su educación, así como el aprendizaje del contexto. A partir de este se desarrolla el conocimiento formal e informal necesario para desenvolverse en instituciones público y privadas del entorno directo más inmediato, tales como la búsqueda de colegio, asistencia sanitaria, así como otros canales de participación vecinal. En este caso, la labor que se realiza por parte de la gestión en los diferentes barrios resulta encomiable. Por último, también contribuye al conocimiento y desenvolvimiento del manejo de la moneda en el país de destino, y como no, en el aprendizaje del idioma.

     Las diferencias de planteamiento entre el apoyo prestado por la red en su relación asimétrica y simétrica, viene condicionado por el tipo de apoyo prestado. En las relaciones asimétricas la ayuda prestada tiene un carácter instrumental y utilitario: Situación jurídica, información sobre colegios para los hijos, instituciones y prestaciones sociales básicas, mientras que en las relaciones simétricas, además de producirse esta información, el apoyo más valorado es el psicológico o personal, ante la vida cotidiana y ante situaciones de crisis.

     La influencia social será percibida como un proceso simétrico que se desarrolla en una situación de interacción social, caracterizada esencialmente por la presencia de un conflicto que ha de ser negociado y superado por las partes. Según Goffman (1993) todo individuo que no consiga cumplir cualquiera de las normas sobre cómo hay que ser, experimentará una identidad estropeada, se considerará indigno, incompleto e inferior. Estos valores de identidad general se proyectarán en las interacciones sociales que se producen continuamente en la vida cotidiana de los individuos (Santamaría, 2002:89).

     Todas estas consideraciones llevan a preguntarse por el proceso de “adaptación” social que vivencia la población residente oriunda y reciente en un mismo espacio social. Por lo que la significación del barrio vuelve a adquirir una gran importancia.

4. La opinión de la población autóctona

Termino la ejemplificación que estoy ofreciendo, sirviéndome de un estudio realizado por Carmen González Enríquez y Berta Álvarez-Miranda “Inmigrantes en el barrio”, publicado en la colección de documentos del Observatorio Permanente de la Inmigración, dependiente del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. El objetivo de dicho estudio era analizar las reacciones de los autóctonos hacia la convivencia con los inmigrantes extranjeros en el marco de los barrios que  estudiaron. Afirman que dicha convivencia se encuentra altamente condicionada por su impresión de estar viviendo un proceso muy rápido e intenso de cambio en su vecindario.

     “Los autóctonos se sienten sorprendidos y abrumados por el número de extranjeros que han venido a establecerse en el vecindario en un periodo de tiempo muy reciente y muy corto. Algunos de los participantes en los grupos de discusión se expresan como si se sintiesen aún incapaces de explicarse y asumir los cambios que presencian en su entorno. Definen los autóctonos ese tipo de sentimiento como una “sensación de invasión” de su territorio, de su casa, de su mundo más inmediato tal y como lo conocían hasta el momento. Invasión implica pérdida, y aunque en algunos casos matizan que se trata de una “invasión pacífica”, implica también la suposición de que una voluntad colectiva anima el movimiento de población”

      Se constata además cierto temor en torno a la presencia de grupos de hombres extranjeros que se reúnen en la calle. Una costumbre que en nuestros días resulta inusual en las grandes ciudades españolas, que los hombres jóvenes conversen en la calle o en los parques durante largos ratos, y sin motivo de reunión aparente, inquieta a los vecinos autóctonos. Las autoras afirman que se sienten incómodos al pasar al lado de estos grupos, observados, amenazados, y desplazados de lo que consideran su espacio. Es algo muy similar a lo que intentaba ejemplificar para el caso ejidense.

      Se sienten particularmente “escaneadas” las mujeres que reciben lo que consideran miradas excesivamente atentas por parte de varones inmigrantes, una sensación referida básicamente a inmigrantes magrebíes. Por su parte, la investigación desvela que los inmigrantes entrevistados comparten el descontento de los autóctonos por la contribución de algunos extranjeros al aumento de la pequeña delincuencia en el barrio, y el deseo de que las fuerzas de orden público se esfuercen por reprimirla.

     Continúan afirmando como los vecinos de origen español de los barrios estudiados se quejan también de roces de un carácter más leve en la convivencia cotidiana con los inmigrantes en los bloques de  vivienda. Entre ellos destaca, por la frecuencia y la intensidad con que se menciona, la molestia causada por el volumen de la música o el ruido de las fiestas procedentes de las viviendas de algunos latinoamericanos.

     El incumplimiento de las normas de limpieza de las zonas comunes genera también problemas, a menudo recrudecidos por lo que los participantes en los grupos de discusión creen una situación muy extendida, el “hacinamiento” de un número de personas inusualmente elevado en una vivienda. Afirman que el hacinamiento, y la costumbre de reunirse grupos grandes en casa, colocan la sensación de invasión en el entorno más inmediato, el de la vivienda, cuando los vecinos más antiguos sienten que son tantos sus nuevos vecinos que ya no pueden identificarlos como tales.

     Pero quizás lo más relevante sea que en dicho estudio emerge como obviedad que tanto autóctonos como inmigrantes, coinciden al lamentarse de la escasa sociabilidad que observan en los barrios donde viven. Ambos indican que el trato con los vecinos se reduce a menudo al saludo, y los autóctonos echan de menos un tiempo en que fácilmente trababan conversación en la calle, en el bar, en los comercios, en el portal, y los habitantes del barrio se conocían personalmente entre sí. Dicho escenario emerge como clave interpretativa de cómo empezar a trabajar en el barrio.

5. Para la reflexión

Todo ello, nos lleva a reflexionar entorno a la existencia del barrio como espacio público de interacción social. Por lo que tomamos prestado la definición de Torres (2005) de espacio público: “espacio físico socialmente conformado por ser accesible a todos, susceptible de diversos usos, y que implica una co-presencia entre desconocidos. Esperar en los vestíbulos, pasear por la plaza, pasar la tarde en el parque, implica una convivencia -al menos espacial- con personas desconocidas, la copresencia con extraños que constituye, según Simmel, una de las características de la sociabilidad de la ciudad moderna. Esta co-presencia genera una interacción superficial y ocasional; sin embargo, el carácter banal de esta interacción no supone que carezca de consecuencias”.

     No se trata de que nuestros espacios públicos no fueran heterogéneos previamente a la llegada de la inmigración; lo significativo es la aparición de una diversidad a la que no estamos acostumbrados. Esta nueva heterogeneidad implica, al menos durante una primera etapa, una reacomodación mutua, una definición sobre qué diferencias son consideradas significativas, y cómo deben ser tratadas.

     Otro aspecto a considerar es el carácter de recién llegados de los inmigrantes. En tanto que tales tratan de adaptarse a sus nuevos espacios públicos al mismo tiempo que, con su presencia activa, tienden a transformarlos. La presencia creciente de inmigrantes, como en general, la de cualquier otro grupo nuevo, tiende a romper los equilibrios anteriores de grupos y usos, modifica las significaciones sociales de algunos lugares y obliga a reajustes mutuos, unos materiales y otros simbólicos. Estos reajustes no están exentos de tensiones.

     Los inmigrantes llegan a unos espacios públicos ya conformados socialmente, con unos códigos de uso, significados y conductas. Sin embargo, no son simples usuarios pasivos en este marco preestablecido. Como actores sociales, desarrollan estrategias para conseguir un uso y apropiación de los espacios públicos adecuados a sus necesidades. Los factores que conforman estas estrategias son diversos.

     Unos, están constituidos por la cultura y los valores compartidos, la sociabilidad de la sociedad de origen, que caracterizan a los grupos de inmigrantes. Otros, hacen referencia al tipo de redes, de recursos organizativos y relacionales, de cada colectivo. Finalmente el otro conjunto de factores lo constituyen las oportunidades y obstáculos que establece la sociedad de recepción.

     Por todas estas razones la propuesta de Gaggioti (2005:229) en torno la importancia de utilizar la red de discursos urbanos en el análisis espacial, adquiere especial relevancia. Sobre todo, en torno a la significación de la presencia multicultural en el barrio. Nosotros proponemos una adaptación de la misma para el objetivo que perseguimos en este texto, que no es otro que ofrecer un marco de reflexión en torno la idea del barrio como espacio básico de gestión multicultural:

1. Un discurso que incluye las percepciones de las formas de la cultura que realizan la semantización del término ciudad (para nosotros barrio) en función de estructuras permanentes de la representación de lo urbano: El pueblo, el vecindario, la ciudad, el barrio….

2. El discurso que incluye las percepciones de los grupos sobre acciones propias a la vida urbana, acciones que los grupos advierten indisolublemente unidas a lo urbano, y hacen que perciban al barrio alrededor de estas categorías mentales.

Sobre estas percepciones los grupos gestan una percepción de dicho barrio en la que reconocen:

  1. Un barrio idealizado en el pasado, que les sirve para explicar el origen y tratar de entender su presente por la búsqueda del génesis, el “de donde venimos”, “cómo nacimos”. Se construye a partir de la invención de elementos simbólicos, lugares y personajes, que se ligaran muy especialmente a un momento, también simbólico, que se denomina la “fundación del barrio”
  2. Un barrio idealizado en el futuro, que ayuda a los grupos a organizar su proyecto en torno al barrio, al cual se compara y liga a otros barrios de la red urbana. Emerge la identidad colectiva como fruto de la comparación. Es este discurso donde el contexto migratorio se hace más evidente.
  3. Un barrio idealizado en transición, que cohesiona los grupos en torno a un discurso polarizador, o bien a favor de la ruptura con el pasado, o bien a favor de la continuidad con el pasado, como condición indispensable para la consecución del barrio.

6. A modo de conclusión

Uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos en esta materia, es la comprensión de códigos culturales lejanos, porque cuando construimos un discurso, no sólo intercambiamos mensajes, sino que también le damos sentido a nuestros comportamientos, actitudes, y sobre todo dotamos de sentido a nuestro ser social, a nuestro ser relacional.

     En cierta ocasión, visitando a una familia marroquí, me ofrecieron té, como otras tantas veces. Pero esta vez me llamó mucho la atención, que en la bandeja hubiese bastantes más vasos que personas en el salón. Así que pregunté que si esperábamos a alguien más (todos se rieron). La respuesta era simple: Hospitalidad. En Marruecos, no se concibe poner tantos vasos como personas hay, porque de manera latente, se está negando la posibilidad de que algún visitante pueda llegar. Si esto ocurriera, y no hubiera vasos en la mesa, el visitante podría entender que no es bienvenido.

     Pero la cuestión cultural, va más allá incluso de la propia cultura, hablamos del sentido de pertenencia asociado a la identidad. Se podrían mencionar numerosas definiciones sobre la identidad, y en todas ellas encontraríamos un denominador común. La identidad concebida como cuestión vital y como cuestión social. Es un cuestión vital, porque ¿cómo nos vamos a interrogar sobre nuestra identidad sin comenzar, primero, por nuestra estructura familiar, nuestras maneras de preparar los alimentos, nuestras fiestas, e incluso sobre nuestros comportamientos sexuales? Y es una cuestión social, porque tener identidad significa existir socialmente, por lo que pensar sobre nuestra condición espacial es tanto como hacerlo sobre la propia vida, y los contextos y circunstancias materiales en que se desarrolla.

     Concluyendo, espacio y vida se implican de manera mutua. El espacio no es algo inerte, sino que está constituido por nuestras relaciones, saberes, ilusiones y frustraciones y nuestras maneras de hacer las cosas. El espacio es una condición de vida, por lo que necesitamos ser conscientes de cómo gestionar algo tan vital como la vivencia dentro del barrio.

     Todos y cada uno de nosotros somos distintos, y gracias a dicha diferencia, podemos cambiar y modificar nuestras formas de vivir, sentir y hacer, contribuyendo con ello a hacer un barrio para todos. Espero haber aportado mi granito de arena a tan compleja tarea.

 

Bibliografía

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TÓRRES PÉREZ, F. (2005) La sociabilidad en los espacios públicos y la inserción de los inmigrantes en Andrés Pedreño Cánovas, Manuel Hernández Pedreño (coord.): La condición inmigrante. Universidad de Murcia, Murcia.

 

 

NOTAS


[1] Una versión anterior de este texto fue presentada en las Jornadas que se realizaron en Bilbao sobre la ciudad intercultural en abril de 2008 organizadas por Alhóndiga Bilbao.

[2] Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales

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Comentarios

No creo que solo hayas aportado un granito de arena lo que haces es maravilloso felicidades Rosa 

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¿cuanto tardò en realizar esta investigaciòn?

magnifico Rosa!

un abrazo

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sabe tratar a los alumnos con buen rollo ..eso dice mucho de un profesor!

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Digo que si es buena profesora...

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una buena profesora de la UGR :)

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hla
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