El prólogo como género literario y consideraciones en torno a los prólogos de Miguel de Cervantes

1297735318097-oro.jpg

El prólogo como género literario y consideraciones en torno a los prólogos de Miguel de Cervantes


Por Ricardo Cuéllar Valencia


cuellar.jpgDoctor en Literatura por Universidad de Valladolid, España. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

 

E-mail: rcuellar@unach.mx


Artículos del mismo autor:


1. El prólogo como género literario

El prólogo nace en Grecia, se consolida en Roma y en las literaturas europeas medievales llega a convertirse en una tradición. En la Edad Media va cobrando importancia, sobre todo en el siglo XV. En el Renacimiento se encuentra el prólogo bien acreditado y por lo tanto se escriben prólogos perentorios. Como bien lo ha estudiado Alberto Porqueras Mayo, va ser en España durante el Manierismo “donde despliega toda  la potencialidad de sus posibilidades, al funcionar, como bella maniera . . .” (47). La tradición retórica había establecido para el exordio la recomendación de  traer sentencias y ejemplos. Horacio, en la epístola XX, ahíja el libro.  Para Cicerón uno de los principios estéticos fue el ornato, así como para el teatro romano, en especial en las obras de Terencio. Será el Manierismo el momento adecuado, favorable, gracias a que “el manierista  quiere sorprender, deslumbrar por la extrañeza, hacer malabarismos con la paradoja” (Porqueras 43). El prólogo será un auténtico ornato artístico. De este planteamiento se desprende, necesariamente, la “sorprendente y ornamental adjetivación que acompaña al sustantivo lector, y además, que se formen extrañas combinaciones con esta palabra como conjuntos sustitutivos del título de prólogo” (43). El prólogo creará una verdadera atmósfera de ficcionalidad en tanto se interpone entre el lector y la obra y de esta manera se establece un diálogo entre el autor y el lector que abordará el libro.

     Alberto Porqueras Mayo clasifica los diversos tipos de prólogo por las características del estilo y, en cuanto al contenido, diferencia cuatro tipos: presentativos, preceptivos, doctrinales y afectivos. Este investigador ha definido el prólogo de la siguiente manera:

Prólogo es el vehículo expresivo con características propias, capaz de llenar las necesidades de la función introductiva. Establece un contacto que a veces puede ser implícito con el futuro lector u oyente de la obra, del estilo de la cual a menudo se contamina en el supuesto de que el prologuista y el autor del libro sean una misma persona. En muchas ocasiones puede llegar a ser, como ocurre frecuentemente en nuestro Siglo de Oro,  un verdadero género literario. (39)

    El mismo ensayista que citamos ha llegado, después de prolongados estudios y varias publicaciones, a las siguientes conclusiones:

El prólogo aparece como un instrumento dramático que nos introduce en el conocimiento de los personajes. El prólogo teatral es sin embargo, algo añadido y extenso que puede faltar. El exordio oratorio es una parte importante del discurso. Su presencia es imprescindible. Nace con el discurso y no como el prólogo teatral que nace, o puede nacer,  independientemente de la pieza. Su conexión con el resto del discurso es evidente y participa de abundantes características del estilo de éste. Prólogo y exordio, sin embargo, se fusionará en la práctica, englobados por la función introductiva que se amplía a todas las zonas de la expresividad humana.  En la Retórica, de Aristóteles, ya se observan fusiones y sinonimias. (39)

    A la llamada función introductiva se le ha designado con otros términos sinónimos  al de prólogo tales como proemio, prefacio, exordio, preámbulo, introducción, preliminar, prolegómeno, preludio, presentación, obertura, introito. Helena Beristáin nos recuerda en su Diccionario de retórica y poética que el exordio en la antigüedad “es un canto que precede a la epopeya (proemio) y, asimismo, es la primera parte del discurso oratorio que también se llama principio” (203). Hacen parte de la función introductiva las arengas propias de la diplomacia medieval, así como las dedicatorias y aprobaciones, que en términos de  Génette se les denomina elementos paratextuales (citado por Beristáin).

    Al prólogo se le puede considerar  dos maneras de ser literarias. En general sabemos que juega el papel de una presentación a un texto que se va a leer o escuchar y al mismo tiempo, observa Porqueras Mayo, “va modelándose como una unidad propia, en un mundo artístico completo, capaz de ser, después, aislado del libro” (40). El género prólogo posee sus particulares paradojas. Es necesario advertir que la designada introducción a un determinado libro se escribe con posterioridad a la redacción del mismo. Porqueras Mayo considera que el prólogo va naciendo paralelamente a la gestación de la obra literaria y para argumentar este planteamiento entiende que la génesis de la mayoría de los prólogos es paralela a la escritura del libro. Posiblemente en el curso de la redacción de la ficción el escritor esté pensando —a veces subconscientemente— en el prólogo “donde justificará o explicará las innovaciones o particulares heterodoxias que surgen, irrestañables, de su pluma. El prólogo es el vehículo reservado para la explicación racional de la obra una vez escrita, vehículo con un contacto directo y vivo con el público” (41). Y, en sentido amplio, debemos considerar, apoyados en Beristáin, que el prologuista puede ofrecer diferentes momentos de la  estrategia discursiva para lograr la “inclinación de los receptores”: despertar su atención para vencer el tedio derivado de un presunto tema intrascendente, o enfrentar el fastidio propio del desinterés, o la falta de disposición psíquica del público o su real cansancio. Para lograrlo el prologuista acude con “términos efectivos” a señalar la importancia del asunto, su novedad, el asombro o la emoción que la obra produce y, por supuesto, el superior valor respecto del discurso contrario. Varios son los recursos para lograrlo, acudiendo a la hipérbole, la comparación, la prosopopeya, el apóstrofe, los exempla o la enumeración de los asuntos que se van a tratar en el texto a leer o  a través de la apelación a la benevolencia del juez o del público, lo que implica la ponderación del elogio propio —sin arrogancia, con modestia—- y del público y los jueces, y del vituperio de la parte contraria (203).

    Porqueras Mayo destaca la permeabilidad como una característica peculiar del género prólogo en tanto que ésta es motivada “por su proximidad física y mental” y contribuye “a dar personalidad” estilística a diversos grupos de prólogos, sin olvidar que los prólogos doctrinales de los libros de mística y los prólogos del teatro o libros de poesía con frecuencia  poseen tales características.

    Particularmente en la Edad de Oro “el prólogo es el sucedáneo del género del ensayo” (41), apenas incipiente en ese momento, en el que los escritores eran  proclives  al recurso de epístolas, misceláneas, tratados para “indagaciones personales y experimentales”. Estos prólogos en la medida que desarrollan un tema afín, aunque con cierta autonomía, insistan o resuman con coherencia lo expuesto en el libro “se constituyen en un verdadero ensayo independiente” (41).

    Valga insistir que el prólogo durante el Manierismo, gracias al dinamismo que éste despliega, deja conocer “toda su potencialidad insospechada”, con un acento muy especial en lo que respecta a los escritores españoles. Sostiene nuestro ensayista de manera contundente que “ningún periodo ni ninguna literatura cuentan con tan importantes prólogos como España durante el Manierismo” (43). Para sustentar su planteamiento indica algunos de los procedimientos manieristas en los prólogos redactados por escritores españoles durante la primera mitad del siglo XVII. En primer término privilegia el recurso de los personajes-prólogo, con la necesaria aclaración de que “el prólogo manierista no siempre inventa un procedimiento, sino que lo maneja con una intención y profusión antes desconocidas” (43) dado que por entonces Terencio en el teatro romano acude a este recurso. Lo que singulariza su uso es que ya, además del teatro, se emplea en un género tan manierista como la novela picaresca y, asimismo, la técnica autobiográfica “es provocada literaria y artificialmente, según dictados del estilo manierista” (43).

    Veamos algunos ejemplos ilustrativos del personaje-prólogo en la novela picaresca española. En el tercer prólogo a La pícara Justina (1605) del médico toledano Francisco López de Úbeda, denominado Introducción general para todos los tomos y libros escritos de mano de Justina intitulada la melindrosa escribana, abundan las personificaciones propias del gusto manierista tales como pluma, libro, papel, culebrilla… Dos ejemplos destacan en los que el personaje sale del libro para dirigirse al lector: El donado hablador de Jerónimo de Alcalá y el Al lector de Estebadillo González. Diferente de la picaresca es notable el pastor que escribe el prólogo a Pastores de Belén de Lope de Vega. Varios prólogos a un mismo libro proceden de la Edad Media y el Renacimiento y su propósito obedece a una “tónica presentativa”. Ya en el manierismo la decisión de escribir varios prólogos a una misma obra, como es el caso de La pícara Justina, tres, se ejecutan “con el afán dinámico de romper, hasta cierto punto, la unidad orgánica de la obra y destacar el juego ficcional del mundo literario en el que participará el lector” (44). Se crea así una “distancia mental” con el lector, además de ganarlo con “sorpresa  extravagante” dados los diferentes prólogos. La variedad de prólogos tiene como punto de partida el manierismo; es el caso de Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, para el cual escribe dos prólogos, uno “al vulgo” y otro al “discreto lector”. Los prólogos dispuestos por Mateo Alemán serán favorecidos por otros escritores manieristas. Lo que realmente logra este tipo de prólogos dedicados al vulgo es que rompen, sostiene Porqueras, con las leyes clásicas de la captatio benevolentiae, aunque vaya hacia un lector más específico como es el lector discreto. La propuesta prologal de Mateo Alemán va ser  retomada por otros escritores manieristas: Agustín de Rojas en Viaje entretenido y en El buen repúblico, y por Fernández de Ribera en Asinaria.  Retomando la tradición clásica de emplear en el exordio sentencias y ejemplos se logra,  en los prólogos manieristas,  más que exponer la doctrina y  captar la atención del oyente,  se logra, ahora,  “presentar algo excepcional, insólito, inesperado, que actúa, de repente, con fuerza arrolladora”. (44)

     Para este caso nuestro tratadista recurre al comentario de algunos prólogos de Miguel de Cervantes. El más importante de todos los redactados por el alcalaíno es el escrito para la primera parte del Quijote, en el cual aparece de repente un amigo, en el recinto donde trabaja Cervantes el prólogo. El escritor nos entera de la dificultad para concebir su prólogo y, al mismo tiempo, da cuenta de cómo escribe un prólogo que se distancia de las formas que lo preceden, es decir, se dibuja escribiendo, así como ciertos pintores de la época se pintan pintando, es el caso del célebre Velásquez. En el prólogo a las Novelas ejemplares introduce un retrato físico de sí mismo. Y en el prólogo al Persiles, último que compuso, nos cuenta que el estudiante que se une al grupo de jinetes, en el que se encuentra el escritor Cervantes, éste y el recién llegado dialogan sobre quién es Miguel de Cervantes y así logra el escritor, afirma Porqueras, provocar “un desplazamiento temático en el prólogo, que desde entonces permanece siempre motivado por esta nueva tensión inesperada . . .[y así] se consigue subrayar la ilusión de ficcionalidad del juego literario, tan típica del Manierismo” (45).

    En lo que respecta a ahijar el libro por parte del autor, de raíz horaciana, procedimiento rico e intenso en el manierismo, “como nunca se ha dado”, debemos señalar, además del citado prólogo de Cervantes, otros; el de Tirso de Molina a Cigarrales de Toledo, el de Pedro de Espinosa a Panegírico de Antequera, el de Gracián a Agudeza y arte de ingenio, etc.

2. El “yo” y las figuras prologales

El prólogo al Quijote I, que es un anti-prólogo, lo escribió Cervantes en primera persona en tanto que es un “yo” “que se adelanta como una de las instancias narrativas de la novela” ha escrito Mario Socrate (12). Este  anti-prólogo fue escrito por un “yo” que escribe un cuento de un prólogo “remitente”, que el autor no deseaba realizar y finalmente concibe y crea. Y en tal sentido el prólogo es “el relato de su constituirse, de su devenir prólogo bajo los ojos mismos del lector” (12).

     De entrada el escritor establece la relación con el (desocupado) lector y le anuncia su querer: que el libro lo pretende “el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse”. Es un anuncio nada gratuito. Este “yo” revela que el escritor es personaje del libro y “con vínculos de parentesco” con el “yo” que da cuenta del hallazgo del cartapacio en caracteres arábigos donde viene contada la historia del Quijote, y es también afín al “yo” del “segundo autor”, del traductor del documento que narra la historia.

    La ironía y el deslinde, con las dos primeras palabras del prólogo, “desocupado lector”, es la manera de Cervantes de colocar a un lado la formula del “ritual y deferente” recurso de “curioso lector”. Se dirige así el escritor a aquel que dispone de tiempo para leer y, como bien anota Socrate, con ese epíteto “escoge un  lector libre; pero no sólo: más libre también de prejuicios preceptistas y de los cánones dominantes” (12).

    Miguel de Cervantes presenta su Quijote con el recato exacto que indica “las condiciones adversas en que se engendró la novela, la cárcel de Sevilla en 1597 . . . y es sobre todo lo opuesto a la festiva y alegre invención creadora del libro” (Socrate 12). Tal vez sería más adecuado señalar que Cervantes cifra las condiciones adversas en medio de las  cuales concibió la novela como algo apenas elemental. Pero en verdad no es algo elemental. Es sobre todo necesario, acaso indispensable. Y más aún: es decisivo, lo entendemos hoy. Si pensamos en la pareja reclusión-exclusión podemos ir un poco más allá de la apenas “elemental” intención indicada. Pero este aspecto demanda otro espacio, que nos reservamos, por el momento.

    Mario Socrate llama la atención sobre cuatro figuras prologales: el libro como hijo del autor, el autor ficticio —propio de los narradores de novelas de caballerías—; “llama y sorprende la atención del lector, anota Socrate, al declararse no padre sino padrastro de Don Quijote”. El padre literario, señala el escritor, es el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli. La presencia del narrador Cide Hamete Benengeli es importante y está llena de desdoblamientos y sesgos. Luego aparece la cuarta figura prologal: “el amigo alentador”. Cervantes inicia el anti-prólogo entre la ironía y el deslinde. El escritor se dirige al lector y va logrando que surjan las distancias necesarias con los escritores de su época. Sugiere sus afinidades, las condiciones de su vida y lo que ha significado, en la tradición, el sosiego, anhelado e imposible ahora, propios del mundo pastoril y negados en su vida de asiduo caminante.

    Es decidido y claro al distanciarse de la manera de prologar de sus contemporáneos. Si bien un motivo inmediato, su desacuerdo literario con Lope de Vega, es un puntal, habría que entender con estricta precisión que las desavenencias personales entre escritores, en aquella época y en cualquier otra, son reveladoras de las condiciones y contradicciones culturales y diferencias literarias del momento. Más de lo que se supone o deja  la llana o picante anécdota, indica las antinomias, diferencias o rupturas en un período dado.

    Con la aparición de la cuarta figura prologal, la más importante en este caso,  asume el anti-prólogo el tono narrativo; y es este procedimiento, exactamente, pensamos, la principal ruptura que asegura el sentido de anti-prólogo a la primera parte del Quijote de don Miguel de Cervantes. De tal suerte que de pronto se inicia un diálogo con un visitante de carne y hueso, en el estudio del escritor. Leamos:

Muchas veces tomé la pluma para escribille [el prólogo], y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso,  con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a la luz las hazañas de tan noble caballero.[1] 

    La imagen que crea la actitud del escritor, rodeado de libros y papeles, en espera de la visita de la inspiración ha sido recreada por Doré y otros tantos grabadores, aunque no le guste a Julián Marías. Mientras el escritor medita qué escribir, inesperadamente entra a su estudio un amigo y va ser este personaje —nada imaginario o alter ego— sino un narrador secundario, señala Francisco Rico, el que le permitirá a Cervantes exponer sus ideas con técnica dramática y será éste al mismo tiempo el “portavoz de la ruptura con respecto a lo establecido” (11) al desarrollar el diálogo narrativo.

    El anti-prólogo no surge por un capricho del escritor. Él sabe muy bien lo diferente que es la “historia” que cuenta de tan noble caballero y es esa realidad literaria la que lo obliga a escribir, por lo tanto, un prólogo disímil, adecuado a su Quijote. No desea ornato ni presumir de erudito y menos de doctrinario, de realizar acotaciones a los márgenes, de agregar anotaciones al final del libro, con la larga lista alfabética de autores remitentes. Al amigo, “gracioso y bien entendido”, el escritor-personaje confiesa sus dudas y preocupaciones y el narrador secundario va derribando cada uno de los argumentos problemáticos y, observa Socrate, que lo realiza “con una serie de consabidas y escolásticas citas, y no siempre correctas”, si se olvida, pensamos, el humor y sobre todo la intencionalidad. Y agrega el analista una idea propia de la crítica literaria moderna: Se hace cada vez más claro que la sátira punzante se dirige en primer lugar contra Lope de Vega y su pastoril Arcadia (1598) y probablemente también contra El peregrino en su patria, recién aparecido (1604). La crítica la centra Cervantes en los socorridos alardes de erudición y doctrina

“…tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes 

(¿)…

De todo esto ha de carecer mi libro...También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;” (:148).

     Como ocurre en la escritura de Lope de Vega. Los sonetos que aparecen en la primera parte del Quijote los escribe Cervantes con un fino humor sobre diversos personajes literarios, trastocando la formula tradicional. En efecto, buena parte de la crítica va dirigida a la manera como Lope de Vega escribe. Francisco Rico precisa este aspecto así: La Arcadia (1598, 1599, 1602, 1603...) de Lope de Vega lleva una larga “exposición de nombres poéticos e históricos”, dispuesta en orden alfabético y extraída de difundidos repertorios renacentistas; cosa similar ocurre en el Isidro (1599, 1602, 1603...) y en El peregrino en su patria (12).

    Miguel de Cervantes no deja resquicio para una mala interpretación de su prólogo crítico o anti-prólogo y advierte que pudo solicitar dos o tres sonetos a poetas de oficio, mejores de “los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España”. El recurso a la erudición reducida a la exposición de nombres le parece inútil dado que los citados catálogos de autores  sólo sirven para “dar de improviso autoridad al libro” y agrega, crítica y muy atinadamente “. . . no habrá quien se ponga a averiguar si los siguistes o no los siguistes, no yéndole nada en ello”. Recurso desacreditado en esos tiempos que Cervantes puntualiza con certeza.

    No deja de escribir referencias a la retórica o a tratadistas de la literatura como a Aristóteles, San Basilio y Cicerón para defender la estrecha relación entre dialéctica y retórica o a la no apropiada mezcla de “lo humano con lo divino” como ocurre en El peregrino en su patria de Lope de Vega y en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Para Cervantes “sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que, que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere”. Es interesante  la lectura que realiza  Hugo Rodríguez Vecchini sobre el prólogo a la primera parte del Quijote, en particular, al referirse a los tres escritores arriba nombrados. Se pregunta: “¿qué papel juega la verdad que permite colocar a San Basilio entre Aristóteles y Cicerón?” (255). No es pura coincidencia, ni casualidad, responde, y sostiene que no es circunstancial que San Basilio aparezca entre Aristóteles y Cicerón. Bien al contrario se trata de un nombre y hasta de un emblema intencional. San Basilio permite completar esa suerte de trinidad de los autores de la corrección: la poética, la retórica y la doctrinal. En esas autoridades bien podría apoyarse la censura contra unos libros acusados tanto de incorrección poética y retórica como de depravación, de incorrección moral. La acusación aparece representada en el Quijote y va desde el rigor de la crítica aristotélica que anticipa el prólogo hasta la propuesta de una reforma poético-retórica que termina por suspender la normativa aristotélica, pasando por la jerga inquisitorial de la condena: malas costumbres, mala secta, herejía, hoguera, fuego, destierro, lascivia. (255)

    Para este analista la verdad que plantea Cervantes no se ajusta a las verdades oficiales de la doctrina ortodoxa “ni a ninguna verdad recibida ni conjunto de códigos, de metáforas reificadas, ciegas” (257). La verdad en el Quijote es una “verdad irónica” que mana de la “incoincidencia y divergencia respecto de las fuentes de autoridad que repite, de las fuentes que nunca se acordaron de los libros de caballería” (257-258).

Ruptura prologal cervantina

Traigo uno de los párrafos más esclarecedores del anti-prólogo en cuanto se refiere en precisos y decisivos conceptos  propios de lo que hoy llamamos crítica literaria y teoría literaria. Aquí establece una definitiva y categórica ruptura con la tradición:

Y pues esta vuestra escritura —dice el amigo al escritor— no mira más que ha deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzásedes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos . . . En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzásedes, no abríades alcanzado poco. (149-150) 

    Ésta es una auténtica y fundadora crítica a la forma de escribir prólogos y literatura. Más aún, el amigo le recuerda al escritor que debido a que su oficio narrativo no busca más que “deshacer la autoridad” y presencia que “en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías” ya no es necesario retomar, “mendigar” nada a la tradición. Sabemos que Cervantes, por ejemplo, cito uno de los diez, escribe el poema burlesco Al libro de Don Quijote de la Mancha, Urganda la desconocida, compuesto en décimas de “cabo roto” o “pies cortados” no para repetir la fórmula del elogio, la trueca para lanzar su crítica, apoyado en un recurso jocoso difundido en los primeros años del siglo XVII. Urganda, la maga protectora de Amadís, recomienda al libro Don Quijote que se una a los buenos y no con los esnobistas pretenciosos, que no use “indiscretos hieroglíficos” para evitar el ridículo, no acuda a la falsa erudición, en fin, que el escritor componga su obra “con pies de plomo” y no al garete. Esta burla, transformada en teoría literaria, la expresa con claridad en el prólogo cuando llama a escribir “con palabras significantes, honestas y bien colocadas” para lograr una escritura correcta, nueva y pueda obtener, entonces, el escritor cada “oración y período sonoro y festivo” para que alcance a “pintar” con las palabras  todo lo que se proponga el narrador y así sea posible que el lector entienda  lo contado sin  enredos ni obscuridades discursivas.

     Por otra parte, Cervantes se refiere a “la máquina mal fundada” de los libros de caballerías. No se trata de un eco de los detractores de los libros de caballerías, de esas censuras de moralistas, pensadores y filósofos de los siglos XV y XVI como Luis Vives, Fray Antonio de Guevara, Francisco de Monzón, Cervantes de Salazar, Luis de Alarcón, García Matamoros, Fernández de Oviedo, Malón de Chaide, Diego Gracián, Luis de Granada, Arias Montado, Venegas Mexía, Melchor Cano, entre otros, señalados por Felicidad Buendía en su estudio preliminar a Libros de caballerías españoles (34). Tampoco se trata de lo que llama José Manuel Lucía Megías en su importante libro De los libros de caballerías manuscritos al Quijote, de “una genial pirueta narrativa” (245). Cervantes está realizando no una propuesta teórica a secas, no. Cervantes hace un prólogo crítico a una obra renovadora, donde ha dejado atrás la manera de entender la literatura y la forma de escribirla.

     Alberto Blecua en el prólogo a su edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, distanciándose de la idea romántica de que Cervantes era un genio inconsciente, escribe: “lo cierto es que ha sido uno de los escritores más preocupados por la historia literaria, por la crítica y por los problemas que plantea la composición de un texto” (XXIII). Este planteamiento lo sustenta en el análisis de diferentes prólogos, poemas y múltiples pasajes del Quijote, que escuchamos en su seminario sobre Cervantes en Valladolid (junio 2004). Blecua sostiene que en esos textos Cervantes trazó “la primera historia crítica de la literatura española de su tiempo. Su teoría literaria está desparramada también por estos y otros pasajes, pero es en los capítulos 47 y 48 de la primera parte del Quijote donde está expuesta de manera más sistemática” (XXIII). Con el vasto conocimiento que tiene de la retórica y de las lenguas clásicas le es posible, a Blecua, afirmar que:

buen conocedor de las polémicas sobre la Poética de Aristóteles que se mantenían en la crítica europea de su tiempo sobre cómo ajustar los nuevos géneros literarios a una reglas clásicas, Cervantes intenta acomodarlas a su obra. Los pilares de ésta poética son los de mantener la “imitación” (la “mimesis”), a través de la verosimilitud, pero concediendo gran importancia  a la invención, que podría interpretarse como “imaginación creadora”, para conseguir el fin de toda obra que es el de “admirar, suspender, entretener y alborozar”. (XXIII)

3. La originalidad  prologística de Miguel de Cervantes

Hemos asumido el planteamiento, ya señalado, de que el prólogo es un género literario teniendo presente lo expuesto por varios investigadores de otras literaturas, especialmente de las clásicas griegas y romanas, y en la literatura germana. Así pues, una de las características que confiere al prólogo validez de género es su independencia respecto a la obra que precede. El prólogo posee estilo propio, con objetivos y modalidades distintas. Si realizamos una doble lectura de los prólogos cervantinos podemos indicar las siguientes observaciones. Una, que cada prólogo posee su “íntima individualidad” gracias a las necesidades, intereses, deseos y propuestas que don Miguel entiende y se plantea en el momento de escribirlos. Otra, se deriva de una apreciación de conjunto en la cual se detecta un “algo homogéneo” y que al mismo tiempo es posible “aislar”, o dicho de otra manera, considerar como un todo que es diferente a la obra narrativa y al mismo tiempo está en relación con ella. Debe tenerse presente que el prólogo individual, trátese de novela, teatro, ensayo o poesía, advierte Porqueras Mayo, “puede estar sometido a unas sacudidas y relaciones de contagio con la obra”, es decir, hablamos de permeabilidad.

     El prólogo redactado por Cervantes para La Galatea (1585) está inscrito dentro de lo que se denomina función tradicional dado que recurre a la captatio benevolentiae —postura tradicional—, permite observar su entereza y detectar su “yo poderoso”. La escritura del prólogo, necesariamente, cuenta con la lectura de otros que lo anteceden como el propio al Lazarillo de Tormes (1554), los de la novela pastoril y muy especialmente el que le sirvió a Cervantes de modelo, el de Gaspar Gil Polo, escrito para su Diana enamorada (1564). En cuanto a la justificación, observa Porqueras Mayo, Cervantes tuvo como punto de apoyo el escrito por Pero Mejía a Silva de varia leción (1540).

    Valga recordar también el elogio y defensa de la prosa que hace Cervantes, en el prólogo a La Galatea, cuyos antecedentes se encuentran, comenta el estudioso señalado, en la carta de Boscán a la duquesa de Soma que aparece como prólogo al segundo libro de las Obras de Boscán y algunas de Garcilaso (1543) y el prólogo que escribe Francisco Medina a las Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones de Fernando de Herrera (1580).

La propuesta cervantina 

Retomo el siguiente fragmento del prólogo a La Galatea por tratarse de la primera defensa de la prosa castellana salida de su pluma, o mejor dicho, su proyecto explícito de escritor:

De más de que no puede negarse que los estudiosos de esta facultad [la fuerza de la pasión del escritor] (en el pasado tiempo, con razón, tan estimada) traen consigo más que medianos provechos, como son: enriquecer el poeta considerando su propia lengua, y enseñarse del artificio de la elocuencia que en ella cabe, para empresas más altas y de mayor importancia, y abre camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos, que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana, entiendan que tienen campo abierto, fértil y espacioso, por el cual, con facilidad y dulzura, con gravedad y elocuencia, puedan correr con libertad, descubriendo la diversidad de conceptos agudos, graves, sotiles y levantados que en la gravedad de los ingenios españoles la favorable influencia del cielo con tal ventaja en diversas partes ha producido y cada hora produce en la edad dichosa nuestra; de lo cual puedo ser yo cierto testigo, que conozco algunos que, con justo derecho y sin el empacho que yo llevo, pudieran pasar con seguridad carrera tan peligrosa. (12-13)

La cultura literaria de Miguel de Cervantes

Fue Juan Valera el que equívocamente acuñó el epíteto de que Miguel de Cervantes no pasó de ser un  “un ingenio casi lego”. Tal vez el novelista decimonono se dejó llevar por ciertas declaraciones prologales de Cervantes, sin entender las cargas irónicas de aquellos. Poco después Menéndez Pelayo corrigió el exabrupto al reconocer que Cervantes fue un escritor de mucha lectura, si se examina con atención sus obras. No le importa que no hubiese pasado por escuelas universitarias, “pero, afirma, el espíritu de la antigüedad había penetrado en lo más hondo de su alma” (83). Y cree que pudo leer la Odisea, los moralistas Jenofonte y Plutarco, las obras de Luciano y los imitadores castellanos de éste como Juan de Valdés en el Diálogo de Mercurio y Carón y Cristóbal de Villalón en el Crotalón.

     Como un reconocimiento preciso, escribió el erudito y crítico Menéndez Pelayo al referirse a la escritura de Cervantes: “La verdadera filiación de Cervantes se encontraría cuando su crítica aparece más audaz, su desenfado más picante y su humor más jovial e independiente, en la literatura polémica del Renacimiento; en la influencia latente, pero siempre viva, de aquel grupo erasmista, libre, mordaz y agudo, que fue tan poderoso en España y que arrastró a los mayores ingenios de la corte del emperador. Cervantes nació cuando el tumulto había pasado” (86). Y para mejor precisión de sus consideraciones escribe: “El Quijote, que de cualquier modo que se le considere es un mundo poético completo, encierra episódicamente, y subordinados al grupo inmortal que le sirve de centro, todos los tipos de la anterior producción novelesca, de suerte que con él solo, podría adivinarse y restaurarse toda la literatura de imaginación anterior a él, porque Cervantes la asimiló e incorporó toda a su obra” (86).

     Menéndez Pidal ha dedicado un estudio pormenorizado para entender la presencia de los romances en la obra de Cervantes y de algunos escritores italianos del Renacimiento, tales como Ariosto y Boyardo. En su estudio De Cervantes y Lope de Vega, dice: “Para sacar del Entremés los primeros capítulos del Quijote se necesitó un gigantesco esfuerzo creador, cosa que totalmente olvidan muchos eminentes críticos, reacios para creer que el genio inventivo de un Cervantes o un Dante tenga más fuentes de inspiración que las vulgarmente conocidas” (27).

     Por su parte Arturo Marasso, en Cervantes, la invención de Quijote, indagó en las relaciones de Cervantes, entre otros, con Aristófanes, Luciano, Quintiliano, Plinio y Horacio. En el capítulo “Citas de los filósofos” Marasso se pregunta:

¿Por qué Cervantes no había de conocer a Galeno, a Hipócrates, a Gerson, a lo menos por referencias y citas? ¿No está acaso en Gerson y en Galeno la extraña locura del Licenciado Vidriera?  A uno de estos casos fabulosos, Cervantes le dio la inmortalidad de su ingenio y de su estilo . . . La locura del Licenciado Vidriera, por su causa y su lucidez, se parece a la que San Jerónimo atribuye a Lucrecio, en sus adiciones de la Crónica de Eusebio. ¿Quién no ve en el Licenciado Vidriera la Vida de los filósofos de Diógenes Laercio? Argumentos, tesis, silogismos, están ingeniosamente . . . en la mente de Cervantes”. (231)

La formación intelectual de Cervantes

Anthony Close, discípulo de Riley, especialista en la recepción del Quijote, en su ensayo Cervantes: Pensamiento, personalidad, cultura, señala que “la formación de Cervantes consistiría en una formación humanística a nivel preuniversitario, a la cual se vendría a añadir un autodidactismo gracias al cual adquirió un conocimiento íntimo de la literatura española e italiana: poesía, ficción, teatro, historia, preceptiva literaria, obras didácticas” (LXXII). La cultura de Cervantes, especialmente la que se conjuga en el Quijote “no se limita a las manifestaciones literarias, sino que incluye también las orales y las folclóricas, además de todo tipo de prácticas sociales y usos cotidianos” (LXXIII). Close anota algo más que es decisivo en la comprensión de la obra cervantina: “. . . el hecho de que casi todos sus personajes se muestren obsesionados con la palabra escrita, creándola, consumiéndola, criticándola y, como el protagonista, convirtiéndola en núcleo de sus vivencias” (LXXIII). Close señala, “con la cautela que exige cuestión tan controvertida” y de manera un tanto restringida, los libros de cabecera o aquellos “que ayudaron de manera decisiva a moldear” el pensamiento y el arte cervantino. Retomo sólo las obras y algunos nombres: toda la lírica española, desde la época de los cancioneros hasta comienzos del siglo XVII, con Garcilaso de la Vega a la cabeza; varios líricos italianos, como Petrarca, Bembo, Tansillo; La Celestina (1492); el Lazarillo de Tormes (1554); el Guzmán de Alfarache; La AraucanaOrlando el furioso (1516), entre otros poemas heroicos; Amadís de GaulaTirante el blanco (1511); La Diana (hacia 1559); Diana enamorada (1564);  el teatro español de su época, en especial el de Lope; los novellieri italianos y, en particular, Bocaccio (mediados del s. XIV), Bandello (mediados del s. XVI); el Galateo español (1586); la Biblia; los Diálogos de amor de León Hebreo; las obras de Antonio Guevara; la Philosophia antigua poética de Alonso López Pinciano (1596); la Historia natural de Plinio; la Silva de varia lección de Pero Mejía (1540), y, tal vez, la Miscelánea de Luis Zapata (hacia 1590); libros de historia y biografías (LXXI-LXXII). Y otros que cita Cervantes en el Quijote. Por su parte, el cervantista Lúdovik Osterc al referirse, en La verdad sobre las Novelas ejemplares, a los seis años de residencia de Cervantes en Italia, comenta que allí aprendió italiano y leyó las obras de Dante, Petrarca, de Ariosto, de Tasso, los poemas de Ludovico Pulci y Matteo Boiardo, y otras, “en suma, lo más selecto de la literatura italiana, sobre todo, renacentista” (54). Edward C. Riley en “Cervantes: teoría de la novela”, anota que, como era de esperarse, la teoría de Cervantes está arraigada en las poéticas clásicas y contemporáneas “pero rebasa los límites de ambas” (CXXX). Reconoce que ha trasegado por las obras de Platón, Aristóteles, Horacio y Cicerón y que ha sido un buen lector. Detecta ciertas correspondencias con “algún pasaje” de Torcuato Tasso, Giraldo Cinthio, Alessandro Piccolomi, Minturno y, tal vez, Castelvetro, entre los escritores italianos. En cuando a las fuentes españolas “más probables” destaca a López Pinciano, Luis Alfonso de Carvallo y Miguel Sánchez de Lima. “Hay otros marginales, afirma, españoles e italianos”, como Juan Luis Vives, Baldassare Castiglione o Juan Huarte de San  Juan (CXXX). 

    Gustavo Illades en El discurso crítico de Cervantes en “El cautivo”, nos recuerda que la Philosophia antigua poética de Pinciano aparece en 1596, pocos años después de la edición crítica de Robortelli de la Poética de Aristóteles y a los Poetices Libri Septem de Escalígero (143). Baste lo anotado para indicar una bibliografía fundamental respecto a la formación intelectual de Miguel de Cervantes, recabada por expertos cervantistas.

     El escritor da cuenta claramente de su herencia y conocimientos literararios en varias de sus obras. Tal era la fiebre por la lectura que llega a confesar: “como soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles . . .”. El Quijote está lleno de referencias a obras literarias y a escritores, más allá de las aparentes posturas eruditas.

     Acertadamente anotan Francisco López Estrada y María Teresa García-Berdoy que Cervantes plantea una dualidad, propia del momento, en el empleo de la lengua literaria, entre el uso de la brevedad del “lenguaje antiguo” y la modernidad o “abundancia de la lengua castellana”, la cual asume, particularmente en el Quijote (156). En este prólogo podemos leer su proyecto de escritor pues no se queda en las buenas intenciones gracias a la obra que realiza posteriormente. Y nos permite pensar que La Galatea no es una obra simplemente primeriza por varias razones. El planteamiento teórico indica que ha sido un lector acucioso de los clásicos, que sabe muy bien el estado y las posibilidades de la lengua castellana. Y, además, después de señalar lo que denomina inconvenientes, la dualidad indicada, escribe: “Huyendo de estos dos inconvenientes, no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerlo  para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento”. Inferimos que hay muchas lecturas anteriores y sobre todo escritura.  Cuando afirma que no desea tener La Galatea “más tiempo guardado” es de suponer que la ha trabajado durante un buen tiempo hasta estar convencido de su real significación.

     De la escritura de La Galatea a la del Quijote han trascurrido 20 años, lo que supone, indudablemente, el desarrollo, en particular, de la elaboración de los prólogos. En el Renacimiento se han consolidado y con el Manierismo cobran fuerza original sin precedentes. Los escritores retoman las formulas tradicionales y les insuflan nuevos aires, “animados por las tendencias manieristas que tienden a la desintegración” (Porqueras 116) y aparecen, entonces, tensiones, ambigüedades, ironía, sorpresa, audacia en aras de la originalidad. Un aspecto distintivo del Manierismo es la reflexión intelectual sobre el arte, igualmente como los ensayistas lo hacen sobre los prólogos, logrando romper antiguos moldes. Desde esta perspectiva es comprensible el prólogo reflexivo, manierista, de Cervantes al primer tomo del Quijote, en la medida que se propone   “rebasarlo y desintegrarlo, y mostrar así el mismo proceso creativo del prólogo” (Porqueras 116). En este prólogo de Cervantes se observa la permeabilización, que caracteriza a la obra, es decir, introduce en él una narración, como es el caso del amigo, narrador secundario, que llega en el momento de la escritura del mismo. En el inicio del prólogo con la frase “desocupado lector” logra Cervantes un toque de originalidad sin precedente. Rastreando la escritura de los prólogos es posible detectar los préstamos que Cervantes hace, por ejemplo, cuando escribe: “solo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato del prólogo . . .”, detecta Porqueras Mayo que esta idea viene de la lectura del prólogo de Malón de Chaide de la Conversión de la Magdalena (1588), cuando escribió: “eran menester pocos preámbulos, pues él por sí se deja entender fácilmente; pero con todo eso, porque no vaya tan desnudo de la compostura y atavío que suelen llevar otros de su talle…” (cit. en Porqueras 117). Si tenemos presente que la escritura de los prólogos afines del siglo XVI, comienzos del XVII, se reconstituyen y que Cervantes viene, desde años atrás trabajando, leyendo y escribiendo, aunque no publique, es apenas comprensible que pusiera especial atención a las pretensiones y los alcances de los prólogos, en particular, a los prólogos picarescos, al Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán ha logrado distanciarse de las formas tradicionales para ensayar fórmulas “ambiguas y ambivalentes”, en las cuales Cervantes “encontró respaldo para salirse por peteneras, de manera definitiva. Cervantes tenía, además, una predilección por todo lo sevillano que se corrobora también en la corriente de los prólogos, ya que leyó con especial atención los prólogos de Pero Mejía y Francisco de Medina a las Obras de Garcilaso con anotaciones de F. Herrera y Mateo Alemán” (Porqueras 117-18). Más concretamente puede señalarse que fue Mateo Alemán quien logró “inventar un desdoblamiento de los prólogos” cuando escribe uno para el vulgo y otro para el discreto lector. Podría aceptarse la idea de que Cervantes asume este desafío innovador “para arremeter, retóricamente, contra los prólogos, y escribir así la primera meditación original sobre los mismos, y mostrar, por atrás, los hilos de la tapicería de los preliminares” (118). No creemos que Cervantes aluda taxativamente a “la pobreza de su ropaje intelectual” cuando escribe en el prólogo al primer tomo del Quijote que no le interesan  las “acotaciones en los márgenes [ni las] acotaciones en el fin del libro”, aunque Porqueras Mayo reconoce la irónica alusión directa a la pedantería de Lope en El peregrino en su patria. Con agudeza destaca lo que Clemencín y Rodríguez Marín no han visto. Afirma que el prólogo de Lope al Peregrino, que Cervantes leyó con suma atención, “le influyó negativamente . . . y decidió alejarse completamente de él, a base de creatividad, ya que para él los prólogos sabios no encajan en las obras de ficción” (119). La afectada modestia de Cervantes al  referir su “insuficiencia y pocas letras” es una ironía, apoyada en el citado prólogo de Mateo Alemán, cuando escribe “mi rudo ingenio y cortos estudios”, aunque no veo por qué llamarlo un retroceso en Cervantes, mas sí un deliberado desplante. En el fragor de un debate desarrollado en las entretelas de los prólogos de estos dos escritores, se detectan las mutuas influencias, pese a la presencia negativa en Cervantes. Lope, al escribir su Arte nuevo, inicia el texto con una  humildad inusitada y concluye “con la afirmación, orgullosa, de su nuevo arte de hacer teatro”, lo que le permite destacar a  Porqueras Mayo que “en este caso es Lope el que está pensando en el prólogo al Quijote I” (119).

     En el rastreo indicado en torno a los prólogos cervantinos, nuestro guía principal nos avisa de otra  relación. Se trata de un gesto que el amigo que ha entrado al estudio del escritor Cervantes, personaje en el prólogo, narrador secundario, expresa cuando se  planta una palmada en la frente y dispara una “carga de risa”. Fue López Pinciano en su Philosophia antigua poética (1596), quien vitalizó las discusiones literarias con gestos y humor. “En efecto, comenta Porqueras Mayo, en Pinciano encontramos palmadas en la frente ante alguna ocurrencia chocante del interlocutor, y las consiguientes risotadas” (119). Obra ésta, de su contemporáneo, leída indudablemente por Cervantes, como lo sugieren varios investigadores, entre ellos, Javier Blasco en su Cervantes, raro inventor, de la cual se nutrió decididamente.

     Como ya hemos comentado, una parte importante del prólogo al Quijote I se propone desmontar críticamente las fórmulas tradicionales de hacer prólogos y en ello lleva una buena dosis de ironía y desplantes el afamado “cacique teatral de la época que le cerró el paso a Cervantes”, como ha comentado recientemente Juan Goytisolo en su conferencia Defensa del Quijote contra sus admiradores apresurados, leída en la Biblioteca Nacional de Madrid, el 12 de abril de 2005.

    Miguel de Cervantes con el prólogo a la primera parte del Quijote, clasificado como “afectivo”, el más agudo y extenso de todos los que escribió, el que revoluciona el género, coloca en su lugar un debate, una propuesta, al mismo tiempo que ridiculiza el ejercicio escritural de buena parte de la literatura oficial de la época. Los demás prólogos son, en buen sentido, derivados de éste. Veamos.

    El prólogo a las Novelas ejemplares Cervantes lo llama Prólogo al lector, a secas. El inicio debemos citarlo por el alcance que contiene:

Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, escusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con ganas de segundar con éste. Desto tiene la culpa algún amigo, de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado antes con mi condición que con mi ingenio: el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja deste libro, pues le diera mi retrato el famoso Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha, y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo, a los ojos de la gente, poniendo debajo del retrato . . . (513)

     Los  señalamientos  propositivos en el sentido prologal, los planteamientos desde la crítica literaria y la teoría literaria que esboza Miguel de Cervantes en el  prólogo a la primera parte del Quijote fueron tan radicalmente claros y definitivos que seguramente levantó más de una voz disidente en el entorno intelectual de la época. No era para menos. En especial los dirigidos a la capilla del cacique teatral, pues más de uno se sintió, obviamente,  aludido y sobre todo cuestionado, puesto en la picota de la severa, irónica y contundente crítica de un hombre que no hacía parte de la oficialidad y que para su fortuna era el más esclarecido escritor del momento, pese a los desaires de los jerarcas culturales de la Españala Real Academia de la lengua, se dice que no es el auténtico. El artista era amigo de Cervantes y pudo pintarlo. La polémica es larga, pero hasta ahora nada se sabe con precisión. Lo que desea destacar el escritor es el registro y, para no dejar sólo el hecho pictórico, él mismo se retrata, sin dejar de lanzar una nueva y clara puntillada al declarar con plena conciencia creadora que debe saberse, conocerse “qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo, a los ojos de las gente. . .”. Está refiriéndose, de manera clara y directa, a su Quijote y, obvio, a las Novelas ejemplares. Miguel de Cervantes no deja de señalar que está escribiendo de manera diferente, no sólo los prólogos que ejecuta sino, y sobre todo, la narrativa que ya acreditan los lectores en varias ediciones en lenguas europeas y en España.

     Vale la pena comentar, por lo menos, dos aspectos que vienen señalados a continuación del autorretrato que escribe Cervantes de sí mismo. Después de las precisas pinceladas, de su  propio retrato, refiere algo que llama la atención a la crítica literaria. Que es autor de La Galatea, de Don Quijote de la Macha y de El Viaje del Parnaso “y de otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá,  sin el nombre de su dueño”. Varios han sido los comentarios a esta referencia. Difícil asunto. Es posible considerar, con algunos, que el descarrilamiento de estas obras se deba no a un presumible descuido del escritor, dado que se vio apresurado, por diversas circunstancias, a ir de un sitio a otro, y que ciertas obras se quedaron, aquí o allá, sin su firma. Tema  espinoso para los investigadores de manuscritos del Manco de Lepanto. Lo que importa por el momento es enterarnos con esa información que venía trabajando con asiudad.

    Cervantes insiste en lo que propone y quiere decididamente aclarar varios asuntos en el prólogo que escribe a las Novelas ejemplares. Cito:

 Y cuando a la deste amigo, de quien me quejo, no ocurrieran otras cosas que las dichas que decir de mí, yo me levantara a mí mismo dos docenas de testimonios, y si los dejara en secreto, con que entendiera mi nombre y acreditara mi ingenio. Porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios es disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. (513) 

     Cervantes recurre a su amigo ficcional y, además, francamente, se define como persona ficcional, como escritor, cuando dice “yo me levantara a mí mismo dos docenas de testimonios, y se los dijera en secreto [a su amigo], con que entendiera mi nombre y acreditara mi ingenio.”  Ficción  en  la ficción, para dejar esclarecido, en el secreto a oídas del mundo lector que es él el escritor, sin menoscabo de su arte. A un escritor marginal como Cervantes, consciente de sus hallazgos literarios, las  alabanzas y los vituperios lo dejan en el mismo lugar que siempre ha frecuentado: la soledad. E insiste, con una decidida voluntad diferenciadora, a su “lector amable”, que las novelas que le ofrece “no tienen pies, ni cabeza, ni entrañas, ni cosa que les parezca”. Voluntad que el lector de hoy apreciará al reconocer que tales Novelas ejemplares son piezas maestras de los comienzos de la literatura moderna en tanto enseñan, como él mismo dice, el “sabroso y honesto fruto que se podría sacar” al leerlas todas y cada una. Y para dejar consignado con mayor precisión su “intento” en “la plaza de nuestra república” literaria, advierte que allí ha colocado “una mesa de trucos donde cada uno puede llegar a entretenerse”. El investigador Edwin Williamson ha estudiado el concepto que con cierto sentido secreto Cervantes llama “mesa de trucos”. Dice Williamson que esa frase lo llevó a estudiar el sentido profundo de la misma, hasta descubrir que se trataba nada menos que de todas las herramientas literarias que novedosamente propone Cervantes, en toda su obra y en especial en el Quijote, retomando lo necesario de la tradición y renovándolas hasta llegar a proponer otra cosa, la novela moderna.

     En prólogo a las Novelas ejemplares en el último párrafo escribe que “a esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa . . . algún misterio tienen escondido que las levanta”. Y cierra con un preciso dardo lanzado a sus inmediatos y amargos críticos o descalificadores al solicitar su propia paciencia “para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados. Vale” (514). Ha señalado, en clave, antes, las técnicas narrativas, y sobre todo la originalidad, que nadie le podrá negar, y su postura moral que el lector, a quien tutea, deberá apreciar pues tales “ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan” (514).

     La crítica literaria moderna reconoce como acertada la aseveración cervantina de que es “el primero que ha novelado en lengua castellana”, que es el fundador de la novela moderna. El siglo XIX lo reconoció en la palabra de eminentes escritores. Cito tres que trae Lúdovik Osterc en su Breve antología crítica del cervantismo. Goethe comentó: “la obra que ha alcanzado mayor perfección en este género [la novela de los siglos XV y XVI] es Don Quijote de Cervantes”. Otro alemán, Ludwig Tieck, sostuvo: “El Quijote, esta gran obra de arte, se mantiene todavía desde hace dos siglos como modelo que no ha sido igualado . . .”. Uno más, el filósofo inglés John Locke, escribió: “De todos los libros de invención, no conozco ninguno que iguale al Quijote de Cervantes en utilidad, donaire y constante decoro”.

     El prólogo a la segunda parte del Ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, gracias a que un detractor de Miguel de Cervantes se atrevió a escribir dizque la continuación del Quijote, se inicia con referencias al tal Alonso Fernández de Avellaneda.[2] Cervantes inicia dicho prólogo así:

¡Váleme Dios, y con cuanta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he de dar este contento; que puesto que los agravios despierta la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. (325)

      No se refiere a lo escrito por el tal Avellaneda en la pretendida continuación sino al trato que le da al autor del Quijote en el prólogo. Prefiere que el lector le transmita  al autor apócrifo lo que le quiere decir. Se trata, como acertadamente señala Porqueras Mayo, de una “sutil técnica de Cervantes con la que hace juez al lector en el pleito, al mismo tiempo que lo va llevando, razonablemente, hacia su propia causa” narrativa (122). Según Porqueras Mayo, Cervantes se apoyó en el prólogo que Mateo Alemán escribió a su segunda parte del Guzmán de Alfarache,la SegundaQuijote, donde abundan ocurrencias y anécdotas graciosas, especialmente en boca de Sancho Panza” (123). Por el contrario, para Elías L. Rivers, los dos cuentos “son bastante repugnantes pues tienen que ver con perros y violencia física . . . sin embargo es una hábil defensa contra tales insultos [los de Avellaneda] en la cual Cervantes intenta una vez más establecer una alianza de amistad con el lector ” (118). Yo leo los cuentos como parte del fino humor cervantino. Lo de perros es una metáfora que no va más allá del vagabundeo y un cierto desprecio, y la violencia es apenas una referencia a la violencia que ha recibido el propio Cervantes de parte de Avellaneda y de otros.

     En el prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615) Cervantes da cuenta de una breve historia del teatro español, y confirma, así mismo, su propio reconocimiento como autor teatral. El reconocimiento que en 1615 ha merecido Miguel de Cervantes le permite el tono que contiene en partes precisas este prólogo. Por ello el inicio de su “Prólogo al lector” es una clara justificación de lo que va a decir de sí mismo: “No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo aún tanto de mi acostumbrada modestia”. Y más adelante afirma:

Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los limites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratados de Argel, que yo compuse; La destrucción de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general gusto y aplauso de los oyentes, compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas no barahúndas. (877-878)

      Y casi al final anota: “Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tu lo verás, lector mío . . .”.

     Martínez Torrejón en su trabajo Creación artística en los prólogos de Cervantes al comentar el escrito para Comedias y entremeses afirma que la “autoalabanza”, ya  realizada en la Novelas ejemplares, “reaparece como disparador del prólogo al teatro” y que entre las novedades se observa una diferencia fundamental: “Cervantes se sabe o se intuye fuera de su campo. No podía ser de otra manera cuando Lope y sus seguidores monopolizaban la escena española”. Y agrega: “Precisamente para superar este sentimiento de inferioridad, nuestro novelista va a hiperbolizar en este prólogo su propio peso específico en la historia y el mundo del teatro español”. Advierte Martínez Torrejón que Cervantes se vale de su edad como argumento para destacar su superioridad frente a Lope, al mismo tiempo que “tendrá que alterar no poco la verdadera historia” para lograr su propósito: “cómo superar a Lope en teatro” (183).

     No es difícil entender que Martínez Torrejón confunde varias cosas con ingenuidad o tal vez con malicia. Confundir autoelogio con lo que la crítica literaria suele llamar autor-personaje  es un verdadero contrasentido. Miguel de Cervantes por el año de 1615 no era un desconocido y menos era un hombre que se moviera en los bajos fondos de los complejos de inferioridad, lleno de envidia y lanzando dardos a diestra y siniestra, como suelen hacer los mediocres, gracias a su definida y clara conciencia de creador e innovador literario, y de crítico del oficio de escribir en su tiempo, como lo destacan sus más agudos y fundamentados analistas modernos.

     Baste recordar lo que su biógrafo Jean Canavaggio en Cervantes anota, refiriéndose  a la obra teatral de don Miguel: “Pero Cervantes no pinta ni denuncia como moralista los  prejuicios y las apariencias. Inventa un teatro en libertad que pone en órbita; . . . las comedias cervantinas funden [así] en un mismo crisol Poesía e Historia, en la encrucijada de la literatura y de la vida . . . Ojalá sean continuadas [las representaciones modernas] por otras experiencias, para que ese teatro por nacer acceda plenamente a la vida” (370-371, 373).

    Porqueras Mayo llama la atención sobre las influencias que están allí, detrás del prólogo, en  las comedias y entremeses. Resalta el recurso de introducir amigos. “Pero en este caso, anota el investigador aludido, con cierta variación con el fondo de tertulia humanista, una vez más, como quizá en la Philosofhía antigua poética de López Pinciano, leemos [en Cervantes], ‘Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes’ . . .”(123). Lo que interesa destacar de los asertos de nuestro comentarista son las lecturas que Cervantes ha realizado y en las cuales se apoya para escribir el prólogo teatral que anotamos. En el siglo XVI se acostumbraba al redactar prólogos para las obras de teatro, a realizar referencias breves a la historia del mismo, “o alusiones, al teatro antiguo clásico”. Y comenta Porqueras:

Me refiero a los de Argensola, al del autor de la comedia de Sepúlveda, etc. Pero es en una Loa a la comedia (1603) (verdadero prólogo teatral), de Agustín de Rojas, donde Cervantes encontró la inspiración para ensayar, de nuevo, añadiendo experiencias y observaciones personales, una pequeña historia del teatro español. Cervantes conocía y admiraba esta loa, donde se le cita elogiosamente por los Tratos de Argel. (123)

     Destaca, también, cómo acostumbra Cervantes en otros prólogos a rematar con un tono epistolar: “Y con esto, Dios te dé salud, y a mí paciencia”. La socorrida paciencia, ante tanta desventura personal y familiar y, obvio, el necesario y justo reconocimiento personal a su obra.

    El último prólogo que escribe Cervantes antes de morir y que aparecerá un año después de su deceso, acompañando Los trabajos de Persiles, y Segismundo, historia septentrional (1617) es bastante parecido al de la primera parte del Quijote. Introduce, desde el primer párrafo, la presencia de los amigos, como era su costumbre prologística para hablar de sí mismo, de literatura, de sus aportes o realizar una crítica literaria. Emerge, entonces, el “estudiante pardal” y éste admirado de saber que tiene frente a sí mismo al escritor famoso le dice:

—Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas. (689)

A tal elogio y reconocimiento Cervantes, el personaje escritor, responde:

Yo, que en tan poco espacio vi, el gran encomio de mis alabanzas, parecíome ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije: —Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuestra merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino. (689) 

     Este prólogo es abiertamente novelesco, en el cual se percibe la “típica permeabilidad de este género”. Anota Porqueras Mayo algo significativo que debemos citar: “Pero lo importante, ahora, es la profundidad humana. Este prólogo-epílogo, valga la paradoja, a través del elogio del estudiante, nos presenta el mejor retrato de Cervantes, el que el autor quiere que permanezca para la posteridad (a pesar de ciertas protestas retóricas por lo ‘del regocijo de las musas’)” (124). La capacidad creativa de Miguel de Cervantes, particularmente en los prólogos, es de una gran riqueza en la medida que logra novelarlos y, en esta dirección, recurre a la contradicción para lograr escenas plenas de una significación crítica y reveladora. Cervantes sabe, como lo indicaron Quintiliano y Cicerón, que lo que caracteriza fundamentalmente la teoría de la narración son tres cualidades: la brevedad, la claridad y la verosimilitud, como bien lo destaca Luisa López Grigera en La retórica en la España del Siglo de Oro (167).

Conclusiones

En el siglo XX el que inicia una lectura renovada de la obra cervantina es Américo Castro. En El pensamiento de Cervantes reserva un capítulo a “Los prólogos de Cervantes” y desde su análisis deslinda las ocurrencias de muchos comentaristas con los esfuerzos creativos de un Cervantes enfrentado a una tradición y un presente difícil y agobiante en todos los órdenes de la vida intelectual y material. Cervantes sabe lo que desea, lo que busca y los logros él mismo los va indicando, principalmente en los prólogos a las obras que va entregando a sus lectores. Américo Castro alarmado por los desatinos de alguien que se atreve a  escribir que Cervantes “no nos brinda supuestos y asideros” para entender su obra mayor cuando —precisa el estudioso— “justamente en ella se ofrece el primer caso de consciente inserción de una técnica y de un propósito estético en la trama misma del esfuerzo creador” (532). Se detiene en los dos  “maravillosos prólogos” al Quijote. Al referir los veinte años en los que “duermo en el silencio del olvido” Américo Castro interpreta la frase con agudeza esclarecedora cuando escribe que “a lo largo de los cuales corre un lento proceso de interiorización y meditación, el cual le permitió zafarse de cuantos modelos de libros corrían por España e Italia” (532). Y para establecer el primer deslinde anota: “Lope de Vega, al escribir en prosa, derramaba el manantial de su espontaneidad expresiva, sin empeñarse mucho en inventarle nuevo cauce. Cervantes, muy al contrario, consumió años en proyectos de ingeniería literaria que no debieron recibir la aprobación de la crítica.” (532). Y, más adelante, apunta otro deslinde importante: “La genialidad de Cervantes consistió en administrar con prudencia su gran empresa de salazón de mitos, para, por evitar a Lope, no dar en [Guzmán de Alfarache o en] Quevedo. Entre estos dos polos se orientó su arte” (535).  Con precisión lee el prólogo a la primera parte del Quijote, de éste señala que allí Cervantes “expone ya un programa de podas y una justificación de ausencias” (535). Américo Castro va internándose en el Quijote, desde su lectura del prólogo, de tal manera que, al mismo tiempo, despoja críticamente lecturas desorientadas y relee el presente y pasado literario de Cervantes para su mejor comprensión de la vida y la obra legada por este genio de la invención literaria.

     La lectura que en la segunda mitad del siglo XX realiza Martín de Riquer es quejosa. A veces uno piensa que no le agrada la forma como Cervantes ve la literatura y realiza su obra, aunque siempre lo elogia. Cito un fragmento de “Preliminares a la primera parte del Quijote” en Para leer a Cervantes y así cifrar el desdén, o acaso una lectura poco atenta a las intenciones y propuestas cervantinas:

Era costumbre que los autores de libros pidieran a escritores de fama o a personas encumbradas poesías laudatorias para poner al principio de su obra. Cervantes, que al parecer no consiguió que ningún escritor de prestigio le favoreciera con poesías en elogio del Quijote, con gran alborozo de Lope de Vega (S8), satirizó cómicamente tal costumbre insertando, a continuación del prólogo, una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los mismos libros de caballerías que se propone desacreditar”. (115) 

     Parece la lectura de una persona encumbrada que sale hoy en día en defensa de Lope de Vega. Este especialista en obras de caballerías sigue pensando, como otros decimononos comentaristas, que Cervantes deseó “desacreditar” las novelas de caballerías.

     Otro de los renovadores de la crítica literaria en torno a la obra de don Miguel de Cervantes es el inglés E.C. Riley. En su ya clásico estudio Introducción al “Quijote”, al iniciar el apartado sobre “El primer prólogo” afirma: “El prólogo a la primera parte del Quijote, escrito probablemente en 1604, refleja indirectamente algo de la agitación existente en el mundo literario hispano en los primeros años del nuevo siglo. En ningún otro prólogo se vinculó tanto Cervantes a la escritura de la ficción novelesca de su época” (44). Como otros, indica que una parte de las consideraciones de Cervantes van dirigidas a obras de Lope, no simplemente como si se tratara de un enemigo personal, ya que lo que él buscaba era deslindar el espacio literario en que se movía. Escribe Riley: “El mensaje positivo de este prólogo tan lleno de jocosa ironía es que lo importante es el propósito de la obra, no sus adornos, y que eso es lo que debería regir su forma” (45). Riley está de acuerdo con la crítica de Cervantes a Lope de Vega, dejando a un lado los ataques personales, dado que comprende que el alcalaíno estaba articulando una propuesta literaria y que debió, necesariamente, trazar las líneas divisorias con los colegas del momento. Por ello escribe:

Detrás de la modestia burlona y de la ironía del prólogo se percibe una nota desafiante, casi provocativa,  que va más allá del mero rechazo de la pedantería y de la presunción. El mismo Cervantes se aparta de ciertas prácticas literarias de su época, sin importancia en sí mismas, pero indicativas de una tendencia que él podía razonablemente deplorar, tanto por motivos de estética como desde la perspectiva del escritor conocedor de su público. (Riley 2000, 47)

     Y para cerrar su comentario hace una reflexión penetrante que pone de relieve uno de los aportes claves de Cervantes: “Este autor tan despierto transforma la crítica en creación y, aquí [en el prólogo] como en tantos otros lugares, lleva la atención al acto de composición de su obra” (48). Transformar la crítica en creación, en los prólogos, fue posible a Cervantes gracias, especialmente, al recurso de personajes secundarios —el amigo que llega, al que se encuentra, con los que se reúne, el estudiante peregrino—, los diálogos y cuentos que introduce en los prólogos y, obvio, el propio yo del escritor. El  biógrafo y crítico cervantino Jean Canavaggio, al referirse a los narradores “tan diversos como ficticios”, anota en Cervantes entre vida y creación, que se trata “de la meditación activa que el sujeto del discurso va desarrollando en torno a sí mismo” (65).

     Canavaggio, uno de los lectores más agudos del presente de la obra de Cervantes, dedica varias reflexiones a los prólogos. Se distancia de algunos y avanza en las consideraciones,  la significación y alcances de los prólogos cervantinos. Escribe:

La originalidad de estos textos radica, en efecto, en que en ellos la figura del narrador, en vez de ocultarse (como en Lope) detrás de su portavoz imaginario o de perderse en el anonimato de un yo retórico, se identifica de manera explícita con el mismo Miguel de Cervantes. Sólo las dedicatorias y el Viaje de El Parnaso nos ofrecen parecida identificación. (1985, 66) 

     Canavaggio asume una actitud crítica sobre los que lo anteceden en comentar los prólogos de Cervantes. Señala que muchos cervantistas se han fijado sobre todo en su carácter informativo, reducidos a comentar los datos que allí se encuentran sobre la vida y carrera de Cervantes; anotaciones sobre sus preferencias y discrepancias literarias, con estos y aquellos; sobre sus doctrinas y ambiciones de escritor. Y precisa: “Alberto Porqueras Mayo ha sido el único, dentro de un trabajo de conjunto, en enfocarlos como prólogos en rigor, o sea con arreglo a su morfología y como modalidades de una misma forma canónica de aquel genus dicendi . . .” (1985, 66). Canavaggio acepta, asume y lleva a su propio discurso de crítico literario la perspectiva de Porqueras Mayo para entender los alcances del prólogo como género literario. Ve, entonces, cómo Cervantes acude al autorretrato, al diálogo imaginario, al relato retrospectivo en primera persona, los cuales “no sólo corresponden con un incongruente empleo del yo y del ; denotan una creciente contaminación del exordio canónico por la novelística cervantina” (69).  La reflexión es aún más precisa cuando señala lo siguiente:

Al quebrantar, primero, luego al trastocar la temporalidad del discurso prologal mediante una diversificación de los tiempos y modos, tales procedimientos colocan al sujeto de este discurso en una compleja relación, tanto consigo mismo como con sus interlocutores ficticios y, más allá, con su lector dedicatorio, intermediario, confidente, cómplice, que desempeña unos papeles asaz distintos. (69)

     Por ello, el sujeto no queda preso de las funciones sintácticas propias de la forma prologal que lo antecede, debido a que estas  “técnicas presentativas” le hacen posible ir y venir dentro de un espacio más amplio, “facilitando así su valoración”.

     Canavaggio deja a un lado la utilidad biográfica de los prólogos para entender, desde otra óptica, la función que el sujeto del discurso adopta en cada uno de los mismos. Sostiene que en los prólogos al Quijote el sujeto se nos aparece, ante todo, como un individuo cuyo retrato apenas se perfila en la descripción física. Pero tal retrato “no se limita al enunciado de las características ‘objetivas’; procede, en realidad, de un perspectivismo que confronta enfoques distintos” (69). En cuanto se nos ofrece de manera implícita, como sucede en la segunda parte del Quijote, en el que la presentación del prologuista por sí mismo ocurre como respuesta a las afirmaciones malintencionadas de Avellaneda; o como en las Novelas ejemplares donde el sujeto emerge como consecuencia de un desdoblamiento del narrador, en el que el autorretrato aparece en tercera persona; o como en el Quijote I, las Comedias y entremeses y el Persiles, donde el sujeto logra su autonomía, cuando es necesario, a través de un diálogo en estilo directo, al asociar al narrador con uno o varios interlocutores. Canavaggio se resiste a tomar aquel yo por un ser de carne y hueso, pues se caería, sin duda, “en el lazo que nos tiende todo autodiscurso”. Apoyado en la lingüística moderna hace la siguiente precisa afirmación: “Cervantes en primera persona no es una persona real y verdadera. Es un ser imaginario: elaborado, clara está, con elementos sacados de la experiencia del Manco de Lepanto,  pero engendrado por un ‘decir’ específico y establecido como tal por la mirada del lector” (69-70). Esta afirmación no es excluyente. Canavaggio a renglón seguido admite que no se trata de reducir a Cervantes a una simple persona gramatical, al yo retórico “sin más referente que el acto del discurso individual en que se pronuncia y cuyo locutor queda señalado por este mismo yo” (70). En tal sentido, sostiene el crítico francés, lo que otorga trascendencia al sujeto son varios aspectos bien definidos: “la suma de atributos físico-morales que le son propios; es también la identidad permanente que se le otorga de un modo tan espontáneo como unánime, haciendo que se le llame ‘comúnmente’ Miguel de Cervantes Saavedra” (70); es, también, la circunstancia cada vez más concreta en la que se arraiga el sujeto en la narrativa cervantina, que va desde un lugar impreciso en el prólogo al Quijote I, en el que el amigo que aparece en el estudio del escritor nunca es descrito, hasta aquel camino en el Persiles que va de Esquivas a Madrid, donde sucede el encuentro con el “estudiante pardal”, a quien describe con sus atavíos; así como los proyectos literarios anunciados en varios ocasiones.

     Para este crítico literario los procedimientos como el autorretrato y el relato retrospectivo intervienen como “auténticos ritos de presentación” en la medida que, al bosquejar el escenario de su existencia presente, al recordar repetidas veces su pasado de soldado y de escritor como una auténtica vivencia, al proyectarse hacia el porvenir ansiado desde hace tantos años, el sujeto del discurso prologal organiza con extraordinaria tenacidad una verdadera “mise en scène” de si mismo y la va ampliando entre uno y otro prólogo, tanto en el espacio como en el tiempo. (Canavaggio 1985, 70)

     Casi todos los que han reflexionado sobre el prólogo a la primera parte del QuijoteQuijote. Son cuatro aspectos los  que  regulan el desarrollo de la obra (Blasco 100)

1. La lectura del Quijote, según el prólogo, exige un “desocupado lector”. Nuevo estatuto del lector, antes no reconocido. Aquel lector crítico, avisado, con tiempo de pensar.

2. Al lector que se ocupe del libro sólo se le promete “entretenimiento”. Adviértase que un ningún momento se le sugiere “enseñanza”.  Entretenimiento que implica  que al leer dicha historia “el melancólico se mueva de risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. El nuevo lector será, entonces, múltiple y diverso.

3.- El lector elegido se encuentra en total libertad para “juzgar” y “valorar” la obra que aborda: “. . . tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della”(:148). El lector deberá ser crítico.

4. Al lector de aquellos años, necesariamente, dada la obra diferenciadora que leerá, se le imponen claros límites en el terreno de la interpretación (Blasco 101). Aquí el deslinde y el nuevo espacio es indicado con absoluta precisión por Cervantes:

ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve de la retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. (Blasco 101)

     Cervantes, escribió Américo Castro al comentar “Los prólogos al Quijote”, “refugia su ser total en el retablo de sus invenciones, como Maese Pedro de la propia vida, para intentar la incalculable tarea de ser a la vez su autor, actor, y su espectador crítico” (531-32). Y, en efecto, Cervantes es escritor paródico, un personaje ficcional y un lector crítico en el prólogo, en casi todos los prólogos que redactó para sus obras. Algunos, como Heinz-Peter Endress, distinguen el prólogo como singular, único y original, a partir de la clara y decidida idea de Cervantes de no querer ir con la corriente del uso y, por lo tanto, la actitud irónica y renovadora, la confianza en su originalidad, “la calidad y dimensión profunda de la obra así como del pensamiento de su creador” (163) será la clave de la escritura del prólogo.

     Las condiciones estaban dadas. La época en la que ocurría la Reforma era el centro de gravedad de múltiples debates. Filólogos y teólogos debatían en torno a los diferentes problemas de la lectura, de alcanzar la rectitud interpretativa y de fijar la materia bíblica en su pureza textual. De ahí el desarrollo de las técnicas de autenticación y de interpretación. La crítica textual logra un importante desarrollo aportando métodos, no así la interpretación, y es por ello que la lectura de los textos sagrados será encomendada, exclusivamente, para su interpretación a los prelados, profetas y doctores. Sólo se admite una sola interpretación, aceptando los distintos niveles de lectura: literal, alegórica, o moral, sin dejar de ser la iglesia la única en decidir cuál  debe ser la interpretación, de lo contrario se llega al error o la herejía.

     Se distinguen los textos sagrados de los paganos. Para tales textos nacen lectores diferentes. En las escrituras habla Dios y por lo tanto no están, en lo más mínimo, sometidas a discusión. La literatura profana, en cambio, está supeditada a la interpretación, el debate y la duda. Es el caso de los libros de historia. Estos dirigen al lector: interpretan la vida. Diferente es el caso de la literatura de ficción, dado que la interpretación, por ejemplo de una novela, será responsabilidad única y exclusivamente del lector. El lector de ficción se encuentra solo frente al texto. Sin olvidar que los moralistas intentaron encontrar en ellos materia para la vida y por lo tanto la condena. La invención de la imprenta facilitó decididamente que otros lectores surgieran. No olvidemos que los hábitos y prejuicios de los lectores de la época arrastraban lastres culturales que los desorientaban e impedían acercarse a la propuesta que la novela naciente les ofrecía. En este sentido es precisa la observación de Javier Blasco, cuando escribe:

El Quijote es un buen ejemplo de cómo también Cervantes percibía el peligro y don Quijote encarna puntualmente todos los síntomas de la enfermedad que la lectura de los libros de ficción, según los críticos de la época,  provoca en el lector. Lo que diferencia su ataque contra los libros de caballerías es el hecho de que Cervantes, consciente del peligro, no opta como aquellos por la amputación traumática, sino que, haciendo tríaca del propio veneno, convierte la historia de don Quijote en escuela de lectura, remitiendo al lector la responsabilidad última. (109)

 

     El Quijote de Miguel de Cervantes es la ficcionalización de los debates de los humanistas, políticos y teólogos del problema de la lectura. El novelista nos ofrece, como dice Carlos Fuentes en Cervantes o la crítica de la lectura, una nueva manera de leer el mundo: “una crítica de la lectura que se proyecta desde las páginas del libro hacia el mundo exterior; pero también y sobre todo, y por primera vez en la novela, una crítica de la creación narrativa contenida dentro de la obra misma: crítica de la creación dentro de la creación” (15).

     Finalmente es oportuno señalar lo que Joaquín Aguirre Bellver en su interesante trabajo Como se escribió el Quijote, la técnica y el estilo de Cervantes, en tanto que realiza un pormenorizado recorrido por la obra para enseñarnos cómo existe en tal creación un tejido poético en prosa, con determinadas rimas. Este investigador trabaja sobre lo que denomina “aproximaciones al borrador” para señalar, en el caso del prólogo a la primera parte de Quijote, rimas y “sonoridades endecasílabas” y nos advierte que “Cervantes está haciendo una acumulación de ritmos y sonoridades que deben resaltar entremezclados, subyacentes, sin que el lector los perciba de forma directa” (225). Planteamiento novedoso que debemos registrar.

     Los prólogos de Cervantes, en especial el magistral prólogo a la primera parte del Quijote, juegan una doble función decisiva: prólogo y crítica a los prólogos. Pero también son, además y sobre todo, creación del nuevo lector, como advierte Javier Blasco, de aquel que vendrá, que al mismo tiempo la ficción literaria que ofrece el fundador de la novela moderna, así lo demanda. Cervantes crea el lector moderno desde la ironía crítica, no hay duda.

 

Obras citadas

 

Aguirre Bellver, Joaquín. Cómo se escribió el Quijote, la técnica y el estilo de Cervantes. Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá, 2003.

Avalle-Arce, Juan Bautista de. Enciclopedia cervantina. Guanajuato: Centro de Estudios Cervantinos. Universidad de Guanajuato, 1997.

Beristáin, Helena. Diccionario de retórica y poética. México, D.F.: Porrúa, 2000.

Blasco, Javier. Cervantes, raro inventor. Guanajuato: Universidad de Guanajuato, 1998.

Blecua, Alberto. “Prólogo”. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por Miguel de Cervantes Saavedra. Madrid: Espasa Calpe, 2005.

Buendía, Felicidad. Libros de caballerías españoles. Madrid: Aguilar, 1960.

Canavaggio, Jean. Cervantes entre la vida y la creación. Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1985.

_____. Cervantes. Madrid: Espasa Calpe. Colección Austral, 2003.

Casalduero, Joaquín. Sentido y forma del teatro de Cervantes. Madrid: Gredos, 1966.

Castro, Américo. El pensamiento de Cervantes.  Madrid: Trotta, 2002.

Cabezas, Juan Antonio. Cervantes, del mito al hombre. Madrid: Biblioteca Nueva, 1967.

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. M.de Riquer. Barcelona: Planeta, 1980.

_____. La Galatea. Eds. F. López Estrada y M. T. López García-Berdoy. Madrid: Cátedra, 1995.

_____. Don Quijote de la Mancha. Dir. F. Rico. Barcelona: Instituto Cervantes. Biblioteca Clásica Vol. 50, 1999.

_____. Don Quijote de la Mancha. Volumen complementario. Dir. F. Rico. Barcelona: Instituto Cervantes. Biblioteca Clásica Vol. 50, 1999.

_____. “La Galatea, dividida en siete libros”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. “Novelas ejemplares”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. “Ocho comedias y ocho entremeses nunca representados”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. “Don Quijote de la Mancha”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. “Viaje del Parnaso”. Obras completas. Ed. F. Sevilla. Madrid: Castalia, 1999.

_____. El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Eds. A. Blecua y A.Pozo. Madrid: Espasa Calpe, 2005.

Close, Anthony. “Cervantes: Pensamiento, personalidad, cultura”. Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. Volumen complementario. Dir. F. Rico. Barcelona: Instituto Cervantes. Biblioteca Clásica Vol. 50, 1999.

Díaz Martín, José Enrique. Cervantes y la magia en El Quijote de 1605. Málaga: Universidad de Málaga, 2003.

Endress, Heinz-Peter. Los ideales de Don Quijote en el cambio de valores desde la Edad Media hasta el Barroco. Pamplona: Eunsa. Ediciones Universidad de Navarra,  2000.

Ferreira Álvarez, Avelino (mercedario). Cautiverio y rescate de Cervantes. Córdoba: , 1948.

Fuentes, Carlos. Cervantes o la crítica de la lectura. México. DF.: Joaquín Mortiz, 1983.

_____. “William Faulkner, un Quijote trágico”. Conferencia. Biblioteca Nacional de Madrid. 18 de abr. de 2005.

_____. “Elogio de la incertidumbre”. Discurso de aceptación del doctorado honoris causa de la Universidad de Castilla-La Mancha el 20 de abril de 2005. El País, Babelia, págs. 19-21, 23 de abr. de 2005.

Goytisolo, Juan. Conferencia en la Biblioteca Nacional de Madrid. 12 de abr

 



[1] Desocupado lector, prólogo, al Ingenioso Hidalgo Don Qijote de la Mancha, l, Pg.148.Todas las citas de los prólogos han sido tomadas de las Obras Completas de Miguel de Cervantes (1999), edición de Florencio Sevilla Arroyo, Editorial Castalia, 1999.

 

[2] Según Alfonso Martín Jiménez en su libro El Quijote de Cervantes y el Quijote de Pasamonte, una imitación recíproca, el verdadero Avellaneda es Jerónimo de Pasamonte, a quien Cervantes conoció en la prisión de Argel. Por su lado, Enrique Suárez en Cervantes, Figueroa y el crimen de Avellaneda, sostiene que el verdadero Avellaneda fue Cristóbal Suárez de Figueroa.

|

Comentarios

excellent submit, I love it. I also buy ambien a fine deal. You might want to buy ambien also. I will travel to that the whole USA and buy ambien there and in other locations to. i will be downtown, you recognize for what just to buy ambien. I will rest a great deal soon after buy ambien and that it always make me feel so great. I will be buy ambien in the pharmacy or another destinations, no matter what the daily life learn me .
Responder
What a fantastic job Lyle at Fabulous eetvns did! I decided on pink and white for my colors and Lyle spent a great deal of time helping me pick the best shade of pink for napkins and chair ties to match the rest of my pink centerpieces. He even sent me samples and helped me find the most cost effective choice. It was an absolutely beautiful day and Fabulous eetvns played a big part in creating the look. I received my order just as promised and it was so easy to send back (all the way from sunny AZ). Thanks Lyle!
Responder

es muy interezante, pero me costo leer, y no termine, pasa que el nrgro con el blanco.

Responder

I have seen many posts similar to this [url=http://www.pradahandbagsonsale.com/]prada handbags on sale[/url] on internet but all other have filler content and are not up-to-the mark. This post especially made me to post my comments as its credible, it’s well written and above all it is interactive in nature. Well done!  Why not look at this website:[url=http://www.pradahandbagsonsale.com/]prada handbags[/url] it.

Responder

ME PARECIO MUY INTERESANTE LA INFORMACIÓN QUE PUBLICÓ EN ESTA PÁGINA, YA QUE ME FUE DE SUMA AYUDA PARA MI TRABAJO DE INVESTIGACIÓN SOBRE LOS TIPOS DE PRÓLOGOS QUE EXISTE, LA CUAL, AGRADEZCO INFINITAMENTE LA INFORMACIÓN.  SALUDOS.

Responder

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar