Filosofía y Literatura en Alejo Carpentier: utopía y realidad de una obra creadora

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Filosofía y Literatura en Alejo Carpentier: utopía y realidad de una obra creadora


Por Rigoberto Pupo Pupo

 

1348178534899-PUPO.jpgDoctor en Filosofía. Profesor - investigador titular de Filosofía de la Facultad de Filosofía e Historia  de la Universidad de La Habana.

 E-mail: ripup@ffh.uh.cu



Se expone la rica cosmovisión de Alejo Carpentier, destacando la relación filosofía – literatura, en sus múltiples mediaciones, determinaciones y condicionamientos. Lo real maravilloso, síntesis concreta de toda su obra, es en sí mismo una empresa cultural con ansia de humanidad y fundada en la historia. Por eso, el hombre, la cultura y la historia son temas recurrentes en la obra de Carpentier.  Le interesa el hombre en su intrincado y complejo cosmos, y para penetrar en él, la cultura y la historia les son imprescindibles.  Su filosofía humanista, desplegada y concretada en la literatura deviene reflexión crítico-analítica del hombre en sus circunstancias temporales y en su constante afán de encontrarse como tal.

Lo real maravilloso como núcleo teórico – cosmovisivo

Carpentier hizo filosofía desde la literatura y literatura desde la filosofía. Su vasta cultura humanista posibilitó un discurso integrador, complejo y transdisciplinario.

Lo real maravilloso, su gran revelación, como creación artístico-literaria, es en sí mismo un cosmos humano de trascendencia universal.

Es la concreción de la rica cosmovisión carpenteriana, tematizada en un ideal artístico-literario que se realiza en tanto tal, en una región particular de nuestro planeta: América Latina.[1]

En lo real maravilloso, como totalidad holística aprehensiva se suprime dialécticamente la oposición entre lo objetivo y lo subjetivo, para encarnar en síntesis, atributos cualificadores de la cosmovisión de Alejo Carpentier: ecumenismo, latinoamericanismo, barroquismo, contextualismo, etc. es un todo artístico-literario, con fuerte elan filosófico, para mirar el devenir de nuestra América con sentido cósmico y al mismo tiempo apegado a la realidad concreta.  Si bien en   “El reino de este mundo” en la terminología carpenteriana se observa resonancia del surrealismo y el realismo mágico, no es menos cierto, que además de la crítica explícita que hace a la metodología surrealista por su afán de crear lo maravilloso con artificios, también como descubre Padura “(...) no es fortuita (...) la reiterada mención del término realidad, y menos aún el estado límite, la revelación privilegiada, la exaltación del espíritu, de tanto sabor surrealista”.[2]

Su cosmovisión unitaria del ser, y su visión de lo real e histórico como proceso, unido al sentido cultural que media y rectora su asunción de la realidad, lo distancia tanto de la estética surrealista como de la concepción del realismo mágico americano.[3] Esto no significa en modo alguno que en su narrativa no encontremos pasajes que nos recuerda o coincidan con esta última, pero superada por una visión que soslaya la “mística de la percepción de lo maravilloso, y donde lo mágico es tal, por lo insólito y lo cotidiano con que se revela en nuestra América, y no por el “milagro y la fe”, pues “(...) es imposible pensar que Alejo Carpentier creyese en licantropías y milagros de santos en el momento de narrar la conversión final de Ti Noel en el Reino de este Mundo –enfatiza Padura- y mucho menos la cura de Esteban por “conocimientos” del doctor Ogé, en El Siglo de las Luces. Y es que la sensación de lo maravilloso, o mejor, la capacidad para determinar qué es lo maravilloso, más que de una fe, proviene de un exhaustivo conocimiento de lo insólito y lo lógico, de lo americano y lo universal entrelazados en la realidad de nuestro continente”.[4]  Esta tesis resulta aún más verosímil, si tenemos en cuenta los estudios investigativos históricos que realizaba Carpentier antes de escribir una novela.  Estudios tan detallados y profundos que lo convertían en cronista de la historia que llevaba a sus novelas.

Por otra parte, no siempre la trama contada, narrada y descripta, tiene que coincidir con el autor.  El autor no siempre habla por sus personajes, a veces hace hablar a sus personajes con sus mitos y sus creencias, sin que esto signifique que formen parte de su visión del problema o la trama.  Muchas mediaciones, determinaciones y condicionamientos, pone en juego el creador con sus recursos literarios y artísticos que no se pueden olvidar al analizar un texto o un autor específico.  También los conceptos evolucionan, se llenan de contenido, cambian y sufren alteraciones con la evolución misma del autor[5] y la emergencia de nuevos contextos. “La elaboración de contextos presupone –según Rodríguez Coronel- la remisión del mundo novelesco a un universo concreto que se traduce en modo de vida, costumbres, creencias; un universo en el cual la relación entre lo real maravilloso (...) y su asimilación subjetiva está basada en resortes histórico-culturales y ello constituye también parte de la problemática de los personajes”.[6]

La dimensión cosmovisiva de lo real maravilloso se nota, tanto por la asunción totalizadora de la realidad, como por su aprehensión creadora.  La creación en sí misma siempre compendia todo un cosmos de mediaciones varias, presentes en el hombre, su vida, sentido y destino, en relación con su entorno y los contextos en que deviene.

La creación artística de Carpentier no comienza con el acto mismo de escribir, sino más bien, cuando procede a combinar la “materia prima” seleccionada por su pensamiento y la praxis, al nivel del sustrato del arte que irriga y fecunda su sensibilidad creadora.  En el momento de la revelación de lo real maravilloso el sujeto y el objeto devienen idénticos.  Lo ideal y lo material se convierten recíprocamente, a través de la praxis. Por eso, resulta suscitadora la aproximación conceptual de lo real maravilloso, esbozada por Padura, “(...) entendido, ante todo, como una relación dialéctica e impostergable entre praxis e imaginación poética, entre realidad y creación.  De las novelas –continúa el laureado escritor cubano- más que de los textos teóricos de esta primera etapa -superados  en trabajos de los años 70- se desprende que lo real maravilloso, en lo esencial, puede ser una concepción del mundo americano dada desde una perspectiva lógica y científica, que busca establecer históricamente las singularidades tipificadoras del ámbito continental (...)”[7]

Pero una perspectiva lógica científica coloreada por la sensibilidad del artista, por la visión estética que hace del lenguaje y de la imagen maravillas y prodigios para crear novedades.[8]

La sensibilidad creadora, fundada en la realidad y en la praxis de la vida –es el caso de Carpentier- puede lograr la fusión de la realidad objetiva y del mundo interior (subjetivo) del creador.  Y la creación misma es eso: un resultado, donde lo objetivo se ha subjetivado y lo subjetivo se ha objetivado.  Su acto mismo da cuenta que no hay objeto sin sujeto y viceversa, en la creación humana.

En relación con la teoría de lo real maravilloso, desarrollada en el prólogo de “El reino de este mundo” por Carpentier y su revelación en las obras posteriores se han suscitado varias reflexiones, particularmente sobre algunos términos donde se nota la sombra del surrealismo: “inesperada alteración de la realidad (el milagro), revelación privilegiada, exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”.

En mi criterio, tan cierta es la idea de Padura, en el sentido de que el Premio Cervantes, asumió con más reiteración y fuerza el término realidad en su obra, como la tesis de Alexis Márquez, que defendiendo la razón de ser de los conceptos influenciados por el surrealismo, argumenta que “(...) es preciso tratar estéticamente esa realidad maravillosa”[9]  que devela Carpentier con su excelsa sensibilidad y profunda razón.[10] “La percepción de lo maravilloso –escribe Alexis Márquez- se plantea como un problema cuya solución depende de dos factores; uno de ellos reside en la realidad misma, cuyo carácter maravilloso tiene su fundamento en uno cualquiera de varios fenómenos más o menos objetivos (...). Pero este factor no basta.  Hace falta un segundo factor que ya no reside en la realidad externa del hombre, sino en el hombre mismo: todo ello tiene que ser percibido “con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”.

Ahora bien –enfatiza Márquez- correlativamente con el planteamiento de lo real maravilloso como un problema perceptivo, se da también un segundo planteamiento como un problema expresivo y la comunicación”,[11] es decir, como creación.  Algo así –difícil de definir- como el hacerse transparente lo buscado con ansiedad y delirio sin límites, a la razón y a la sensibilidad del creador.  Es un instante –por supuesto, con toda una historia anterior- de máxima concentración del espíritu (estado límite), donde confluyen muchas mediaciones subjetivas reveladoras.[12] Ya nadie niega en el hombre creador los momentos cumbres de ascensión espiritual que lo conducen a actos de iluminación aprehensivos.  Por supuesto no es esto una intuición esencial que capta los entes ideatorios de modo espontáneo.  La revelación privilegiada de la realidad por Carpentier se funda en premisas reales.[13]  La historia y la cultura “le hablan” y se comunican con él, porque posee una profunda conciencia estética, forjada en el conocimiento, los valores, la praxis y la comunicación.  No se funda en a priori, que no sea una rica cosmovisión humanista, con cauces culturales.

Carpentier no parte del pensamiento y de la sensibilidad “puros”, sino de la necesidad, para convertirla en libertad y de aquí dimana su fino cosmos de sensibilidad para captar la unidad en lo diverso, lo diverso en la unidad, lo simple en lo complejo y viceversa.  Por supuesto, nadie puede revelar lo real maravilloso, si no lo lleva dentro. Y llevarlo dentro también es un ejercicio cultural con historia, trabajo, lucha y praxis.

En el creador –y Carpentier es un caso particular- existe un elan estético especial, fundado en una fuerte base cultural, que le permite “ver” más lejos, abordar el hombre en su complejidad, como posibilidad de búsqueda teórica y como imagen de posibilidades varias.  Al hombre en relación con su mundo y su quehacer práctico.  Por eso lo real maravilloso, compendia en síntesis la rica cosmovisión de Carpentier, y es, al mismo tiempo, resultado de una cultura con vuelo de altura y concreción de una elaboración artística secular, que con bellas palabras revela a nuestra América, en su ser esencial y en su devenir, para insertarse con voz propia en la universalidad.

Lo real maravilloso, es también un descubrimiento de raigal humanismo centrado en el hombre y los problemas que lo hacen grande. “Pero la grandeza del hombre – y Carpentier da rienda suelta a la razón utópica que es inmanente a los grandes espíritus- está precisamente en querer mejorar lo que es.  En imponerse tareas.  En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificios, reposo y deleite.  Por ello agobiado de penas y tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este Mundo.”[14]

En el creador humanista, comprometido con el destino del hombre y el drama humano, no encuentran asidero el pesimismo y el escepticismo.  Es un creador que no hace de su creación un fin en sí mismo, sino un medio para que emerja con fuerza la espiritualidad del hombre “natural” de nuestra América y para que la literatura y el arte se pongan en función de ello.

Su rica cosmovisión, devenida ideal estético encauzador de humanidad, concreta en su descubrimiento de lo real maravilloso, una cultura de resistencia y de lucha; y aunque para algunos parezca paradójico, vehicula un mensaje político de sorprendente valía para ayer, hoy y mañana.  La consagración de la primavera da cuenta de ello.  Por eso introduce su noveno capítulo con una frase vital y paradigmática del Segundo Fausto de Goethe: “Solo merece la libertad y la vida aquel que cada día debe conquistarlas”.[15] 

Utopía y realidad de una obra creadora

La presencia de la utopía y la realidad es consustancial a toda obra creadora, y la razón utópico-realista, un atributo cualificador de todo creador con vuelo de altura.

Carpentier es un caso de mente privilegiada.  Su pensamiento profundo, escrutador de esencias, fundado en la realidad histórico-cultural, marcha junto al hombre sensible que busca sentido y razón de ser[16] a toda obra humana.  Pero razón de ser para proyectar y trascender y no para quedarse en ella como simple espectador.  Su miraje sensible –siempre cogitativo- busca sentido para acercarse al ser mediato o transitar y realizar el deber-ser.  Por eso afirma: “(...) Los hombres pueden flaquear, pero las ideas siguen su camino y encuentran al fin su aplicación (...) Me apasiono por los temas históricos (...): porque para mí no existe la modernidad en el sentido que se le otorga; el hombre es a veces el mismo en diferentes edades y situarlo en su pasado puede ser también situarlo en su presente (...) Amo los grandes temas, los grandes movimientos colectivos.  Ellos dan la más alta riqueza a los personajes y a la trama”.[17]

Es un hombre de ideas grandes y su intelección y su praxis se dirigen a lo grande y absoluto.  Como en Martí –y Carpentier lo toma de referente en múltiples ocasiones- el hombre es posibilidad infinita de excelencia y creación. Un rico cosmos pleno de espiritualidad, capaz de descubrir grandeza, porque la lleva dentro.

Su rica cosmovisión concibe la historia como hazaña de la libertad, y al hombre como su protagonista, que movido por grandes ideas y sentimientos, construye la cultura y se realiza en ella.

Hay en Carpentier un mundo inagotable, que concreta y despliega en su obra artístico-literaria.  Una obra con constante presencia del hombre en relación con el mundo.

Cada obra del gran escritor cubano realiza un proyecto humano o le abre vías de acceso.  Y cada proyecto, un modo particular de realizar la utopía sin agotarla.

Su  método y su estilo, plenos de raíz identitaria latinoamericana, como tienen por base al hombre, son al mismo tiempo cauce desbordante de ansias de ecumenismo, vocación cósmica y sentido cultural.  Y su discurso, un incesante “viaje a la semilla”, como “(...) búsqueda de la madre o búsqueda del elemento primigenio en la matriz intelectual o telúrica”.[18] Pero una búsqueda que no termina en lo que encuentra.  Lo encontrado es base generatriz de nuevas aprehensiones, discernimientos, proyectos y nuevas búsquedas de trascendencia humana. Porque lo humano en Carpentier es trascendente por esencia.  Su huella indeleble lo marca todo para vivificar el presente y proyectar el futuro, lo por venir.

Por eso en Carpentier, tal y como señala Alexis Márquez, “hay un aspecto (...) que cada día adquiere mayor importancia y significación, como es el sentido premonitorio que está presente con harta frecuencia en sus escritos. Releyendo sus trabajos periodísticos de hace veinte o treinta años, se sorprende uno al descubrir la aguda intuición que lo llevó a señalar hechos futuros que hoy son realidad plena y tangible.  Lo mismo ocurre en sus novelas y cuentos”.[19]

Su sentido premonitorio fundado en todo un quehacer prático-espiritual, capaz de vehicular pensamiento y sensibilidad, a través de grandes ideas e imágenes, da cuenta no sólo de la razón utópica realista que la encauza, sino además, de una excelsa capacidad anticipatoria, que algunos llaman “reflejo anticipado”. [20]

El reflejo anticipado o la capacidad anticipatoria es inmanente a la creación artístico-literaria de Alejo Carpentier, como le es propio, también a Martí y a los grandes creadores.  Y no es, en modo alguno, una intuición ideatoria “pura”, incondicionada y a priori. Es un ejercicio creador que traduce la necesidad, los intereses y los fines humanos, mediados por la praxis, en resultados culturales para bien del hombre y la sociedad latinoamericana.

Resultados culturales –la creación en sí misma- que nucleados en su filosofía humanista con cauces literarios de expresión, captan la existencia humana como proceso complejo, al hombre con sus fuerzas y debilidades, con sus fisuras psíquicas y sus ansias de afirmación.  Al hombre en el drama humano y sus deseos de ser, para trascender.  Pero no al hombre aislado, sino en sus circunstancias y contextos que le imponen la historia y la sociedad en que se desenvuelve.

Al mismo tiempo, el creador humanista, sin “colorear” la realidad de la vida, sus determinaciones y condicionamientos histórico-culturales, no impone a ultranza la sinrazón del vivir y la resistencia y la lucha.  No dispone, ni impone reacciones deterministas trilladas de comportamientos.  Todo lo contrario, propone alternativas de salida a los sujetos.  Crea espacios comunicativos que posibiliten la elección, es decir, la libertad que cada cual debe encontrar con sus propios esfuerzos para ser y encontrarse.  Cree en el hombre y sabe que se impone tareas para mejorar, sin olvidar que no siempre alcanza lo que quiere, pero debe luchar por lograrlo.[21] Porque la lucha misma acompaña al destino del hombre y a su sentido de la vida.  Lo que el hombre no puede olvidar es el horizonte que tiene ante sí, es decir, la utopía que todo lo mueve y los proyectos que dan acceso a ella.

Es que para Carpentier, el hombre mismo es un proyecto en pos de la libertad.  Un proyecto con necesidades que debe asumir en la praxis para realizar su ser esencial.  Si ciertamente es hijo de su época, de su tiempo histórico, de su espacio geográfico, esto no significa que fatalmente el destino predestine su existencia.  Su subjetividad, hacedora de proyectos, si bien no es una “varita mágica” salvadora,  ella puede abrirle caminos, pero “caminos que se hacen al andar”.  Se requiere de la acción asumida con pasión, fuerza y dolor para vencer obstáculos y abrirse al porvenir.

La obra de Carpentier es universal por su esencia y propósitos, y realiza su universalidad en nuestras tierras de América.  También por la conjunción de un raigal espíritu identitario latinoamericano y su siempre vocación ecuménica, en su obra, nuestra América se inserta a la universalidad con status propio.[22]

Su gran utopía, la realización de nuestra América, continúa toda una tradición con sólidos fundamentos en el pensamiento y la obra de Bolívar, Martí y otros fundadores.  Revelar el ser esencial de América Latina, las potencialidades creadoras de nuestros hombres y pueblos devino propósito primario, y su rica y vasta obra literaria, su determinación concreta.  Como en Martí, su producción literaria penetró con creces en la realidad latinoamericana e hizo mucho y dijo más para la contemporaneidad.  Consciente de los retos y acechanzas internos y externos aboga por la unidad de nuestra América, “Nuestros destinos están ligados ante los mismos enemigos (...), ante iguales contingencias.  Víctimas podemos ser de un mismo adversario.  De ahí que la historia de nuestra América haya de ser estudiada como una gran unidad, como la de un conjunto de células inseparables unas de otras, para acabar de entender realmente lo que somos, y qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad que nos circunda y da un sentido a nuestros destinos.  Decía José Martí en 1893, dos años antes de su muerte: “Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, nos darán la clave del enigma hispanoamericano”, añadiendo más adelante: “Es preciso ser a la vez el hombre de su época y el de su pueblo, pero hay que ser ante todo el hombre de su pueblo”. Y para entender ese pueblo –esos pueblos- es preciso conocer su historia a fondo, añadiría yo”.[23]

He ahí, el valor de una utopía cuando se hace terrenal y dialoga con la realidad.  Impulsado por la utopía de nuestra América, Carpentier echa mano a la obra.  Asume nuestra América con visión holística.  Estudia profundamente sus raíces, su historia, su cultura.  Cada obra suya, con los recursos literarios iluminadores que posibilita su oficio como creador, revela aristas inagotables de aprehensiones del ser latinoamericano y al mismo tiempo busca y crea conciencia identitaria, de pertenencia. “Y es, además –refiere Padura a lo real maravilloso- esencia histórica, orígenes, literatura comprometida, rostro y alma de América”.[24]

En la gran utopía de nuestro Premio Cervantes, lo real maravilloso, como síntesis cosmovisiva, como asunción estética de la realidad o método creativo, es al mismo tiempo un proyecto que accede a la utopía, sin culminarla.  Lo mismo que junto a él, y dándole concreción, operan entre otros, tres invariantes que asoman sin cesar en el discurso: el tiempo, el hombre y la revolución, avalados por el elan barroco “(...) que emana de nuestra realidad y se magnifica en su estilo literario”.[25] En fin, una totalidad cosmovisiva capaz de hacer transparente a la razón y a la sensibilidad la América nuestra en todas sus concreciones, en la unidad de lo diverso y en su perenne ímpetu de ser y trascender con personalidad propia en el concierto de las naciones.

Utopía y realidad, tematizan un diálogo perenne en la cosmovisión y en la praxis de Alejo Carpentier.  Y esto no es casual; estamos en presencia de un creador sensible que hizo de su oficio y la misión una totalidad unitaria inseparable.

Su oficio, como escritor proteico, todo un artista de la palabra y la imaginación creadora.  Una voluntad de estilo, con recursos literarios múltiples para recrear la realidad en relación con el hombre con inusitada originalidad y elevado espíritu cogitativo.

Su misión, un hombre consagrado al trabajo, alumbrado por una filosofía humanista que hizo del hombre y su ascensión, objeto primario de su vida.

Es difícil encontrar a un hombre creador que haga del oficio y la misión, “las dos caras de una misma moneda”, que no desarrolle en su máxima expresión la razón utópica.

Carpentier como Martí, Marinello y tantos otros fundadores, es por naturaleza y vocación, utópico.  Su raigal humanismo le abre infinitos horizontes.  No hay consagración humana al margen de la utopía, como no hay utopía al margen de la consagración humana.

Hombres de esta naturaleza creen en el valor de las ideas, y en su quehacer teórico-práctico, se guían por ellas y las construyen de nuevo, si las circunstancias lo exigen.

Carpentier fue un eterno cazador de utopía, porque creyó en el perfeccionamiento humano y en la posibilidad real de la reconciliación del hombre consigo mismo en la cultura.  Por eso hizo de su literatura grande, cauce expresivo de pensamiento alado, con luz de estrellas.

En él, filosofía y literatura se complementan recíprocamente, para imprimir al discurso, vocación cósmica y sentido cultural: todo un cosmos en búsqueda del hombre y de su creciente humanidad para realizar la grande utopía de nuestra América.

 



[1] “Como concepción del mundo latinoamericano, también la teoría de Carpentier –escribe Leonardo Padura- tiene límites inconmensurables, gracias a que su fundamento es la definitiva concientización de las posibilidades artísticas inmanentes en el peculiar devenir de América, donde han venido a fundirse razas, culturas, pueblos, modos de producción, religiones, sistemas políticos, leyes absurdas y feroces dependencias coloniales y neocoloniales, que, en su barroca amalgama, conducen el desarrollo del continente por caminos inesperados e incomprensibles, para cualquier otra región del mundo.  Es ver de América sus esencias distintivas y crear la literatura que a ellas corresponde y mejor las expresa.” (Padura, L. “Lo real maravilloso: creación y realidad”. Edit. Letras cubanas, La Habana, 1989, pp. 27-28).

[2] Ibídem, p. 29.

[3] “(...) la distinción entre estos dos sistemas -se refiere Padura al realismo mágico y a lo real maravilloso- como visiones del mundo que se suceden y se complementa, viene a ofrecer una última certeza: el realismo mágico florece como forma expresiva de los insólitos y maravillosos fenómenos americanos vistos desde una pupila virgen y original, gracias a que América es, ni más ni menos, el lugar del mundo donde lo maravilloso se da en estado bruto, donde “lo insólito es cotidiano”, el rincón del planeta escogido por lo real maravilloso” (Ibídem, p. 37)

[4] Ibídem, p. 33.

[5] Resulta interesante el estudio histórico que realiza Leonardo Padura del concepto lo real maravilloso, a través de la obra de Carpentier. En él,  siguiendo una lógica integradora presenta su evolución y las diferencias específicas que van marcando su decurso. (Ibídem, pp. 37-71).

[6] Rodríguez Coronel, R. “Alejo Carpentier: Novela y Revolución.  En Revista Universidad de La Habana, No. 214, mayo-agosto de 1981, p. 105.

[7] Padura, L. Obra citada, p. 37.

[8] “¿En qué consiste, pues la novedad anhelada? Ante todo, en la cosmovisión personalizada, singular de un artista”. (Tovstonízov, G. La paradoja del espectador. Literaturnaya Gazeta, 1973, 23 de mayo, p. 8 (en ruso).

[9] Márquez, A. “Teoría carpenteriana de lo real maravilloso”. En Revista Casa de las Américas, No. 125, marzo-abril de 1981, p. 93.

[10] Por supuesto, no creo en modo alguno que Carpentier, consciente o inconscientemente, tratara de imponer un surrealismo latinoamericano.  El propio Alejo Carpentier en Francia, junto a los creadores del surrealismo, no hizo causa común con ellos, además fue su crítico implacable.  Su concepción del hombre en relación con la realidad y el sentido cultural que le era inmanente a su cosmovisión y a su discurso, lo separaba de aquella escuela que según él “(...) a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas” (Carpentier, a. El reino de este mundo. Edición citada, p. 2.

Además la crítica carpenteriana al surrealismo, no se centraba sólo en el método, sino también en su cosmovisión general, que por abstracta, se hizo estéril.

[11] Márquez, A. Obra citada, p. 93.

[12] No se puede olvidar que muchas obras creadoras (creaciones musicales, literarias, artísticas, filosóficas) en su momento cumbre de revelación, los creadores han llegado a estados pasajeros de “locuras”.

[13] Por supuesto, premisas diferentes en esencia, respecto a otros pensadores como es el caso de Vasconcelos. “(...) Sostengo –escribe el ilustre pensador mexicano- que el conocimiento es la concurrencia de verdades que nos llegan por los sentidos, por la inteligencia, por la revelación, y que por lo mismo hace falta descubrir el método de unión de estos caminos (...) Postulé, al mismo tiempo, la existencia en nuestra conciencia de un a priori especial, el a priori estético, que opera según ritmo, melodía y armonía y al cual responde la realidad cuando se expresa según cualidad” (Vasconcelos, J. Filosofía Estética. Espasa-Calpe, Mexicana, S.A. México, 1994, p. 11).

[14]  Carpentier, a. El reino de este mundo. Obra citada, pp. 176-177.

[15] Carpentier, A. La Consagración de la Primavera. Edit. Letras cubanas, La Habana, 1979. P. 459.

[16] “El ser –escribe Umberto Eco- no es un problema de sentido común (es decir, el sentido común no se plantea como problema) porque es la condición misma del sentido común (...) El ser es el horizonte (...) Hay siempre algo, desde el momento, que hay alguien capaz de preguntarse por qué hay ser en lugar de nada” (Eco, Umberto. Kant y el ornitorrinco. Edit. Lumen, Milán, Italia, 1997. P. 26).

[17] Leantes, C. Confesiones sencillas de un escritor barroco. Edic. citada, p. 69.

[18] Habla Alejo Carpentier, Obra citada, p. 26.

[19] Márquez, Alexis. Homenaje a Alejo Carpentier. En de Carpentier. A. Razón de ser. Edic. citada, p. 13. Destacando el sentido premonitorio carpenteriano, Márquez añade: “La Revolución cubana ha sido para él (...) la superación definitiva del Mito de Sísifo.  Porque al  incorporarse de lleno en sus tareas, por primera vez, ha sentido que el duro batallar de cada día no es el recomienzo de la labor frustrada del día anterior, sino un avanzar sin pausa, un progresar constante hacia metas que cada día van adquiriendo palpitante realidad.  De modo que el hoy de Carpentier, militante de la Revolución y copartícipe en la construcción de un nuevo destino para su pueblo, estaba ya latente en las páginas de Los pasos perdidos” (Ibídem).

[20] “Hay en el relato ‘Semejante a la noche’ un pasaje en que este sentido de lo premonitorio alcanza un impresionante grado de lucidez.  Es una clara alusión- enfatiza Márquez- al fin de la Segunda Guerra Mundial y a la liquidación del nazismo, dice: “ahora acabaríamos para siempre con la Nueva Orden Teutónica, y encontraríamos, victoriosos, en el tan esperado futuro del hombre reconciliado”. ¿Es, acaso, aventurado pensar que en tales palabras, escritas en 1946, mucho antes del triunfo de la Revolución cubana, fueron entonces el presentimiento de lo que hoy la humanidad ha comenzado a vivir como realidad objetiva? (Ibídem, pp. 13-14). 

[21] ¿Puede el hombre moderno, sabedor de que es posible hacerlo, sustraerse a las peripecias de su época? –interroga Carpentier, a partir de una idea de los pasos perdidos-.  Mi personaje, el que habla en primera persona, lo logra. Pero su época lo alcanza –en este caso, a través de la música –como la muerte, cierta tarde alcanzó al jardinero de Ispahán, del apólogo famoso.  Todo hombre debe vivir su época, padecer su época, gozar su época -si gozos le ofrece- tratando de mejorar lo que es.  Lo demás, es literatura que responde al anhelo de evasión que –desde Rimbaud- sintieron muchos escritores, hasta muy entrados los años actuales.( Vázquez, E. “Habla para Granma, Alejo Carpentier. “Entrevista para Granma, La habana, A. 5, No. 73, p. 5, marzo 27de 1969.)

[22] “No es necesario ser guiado por un excesivo amor a nuestra América, para reconocer que en las pinturas que adornan el templo de Bonampak, en Yucatán, se nos presentan figuras humanas en escorzos de una audacia desconocida por la pintura europea de la misma época –escorzos que se aparean con muchos años de anterioridad, con el de un Cristo de Mantegna, por ejemplo.  Y eso no es todo: sólo ahora estamos empezando a percibir el singular y profundo trasfondo filosófico de las grandes cosmogonías y mitos originales de América” (Carpentier, A. Razón de ser. Edic. citada, pp. 21-22).

[23]Ibídem, p. 27.

[24] Padura, L. Obra citada, pp. 70-71.  Y agrega el especialista carpenteriano: “mientras tanto lo maravilloso sigue ahí, lo insólito continúa siendo cotidiano en esta singular América nuestra, que entendemos mejor después de leer a Carpentier... Lo importante, ahora, es que la clase magistral del narrador cubano no termine con sus libros. Hay que aprender su magnífica lección y como él, escribir la literatura que corresponde a nuestras esencias”. (Ibídem, p. 71.).

[25] Ibídem, p. 150.

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