Piedra de toque. Homenaje a Rosario Castellanos y la generación de Mascarones

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Piedra de toque. Homenaje a Rosario Castellanos y la generación de Mascarones 

 

Por Ricardo Cuéllar Valencia

1312934596045-cuellar.jpgDoctor en Literatura por Universidad de Valladolid, España. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

E-mail: rcuellar@unach.mx

 

 

 Artículos del mismo autor:

 

Vino a Chiapas, la doctora Andrea Reyes, para participar con dos ponencias magistrales  en el IV Encuentro Internacional de investigadores literarios y el V Festival Internacional de poesía Palabra en el mundo….en Chiapas, homenaje a Rosario Castellanos y la generación de Mascarones. Encuentro y Festival organizados por Maritza Trejo y Socorro Trejo, con el decidido y siempre constante apoyo del rector de la Universidad Intercultural de Chiapas, Andrés Fábregas Puig. Entre las instituciones organizadoras y patrocinadoras participaron la Universidad Intercultural, el Congreso del Estado y la Universidad de Ciencias y Artes. La Universidad Autónoma colaboró como institución auspiciadora, junto con el Colegio de Bachilleres y el Ayuntamiento de San Cristóbal de las Casas. Además  el Encuentro y el Festival contaron con apoyos en la difusión a nivel mundial con el Portal del Hispano, la Web, entre otros.

La conferencia  inaugural la intituló Andrea Reyes sugestivamente El arriesgarse a ser contrabandista: Castellanos, ensayista y mujer. Ofrecida en la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Chiapas. Y la disertación, para clausurar el Encuentro la llamó Ensayos contundentes de Rosario Castellanos: la obra que los editores excluyeron. Leída en el Ayuntamiento de San Cristóbal de las Casas.

La primera  conferencia se centró en la condición de pensadora, por medio del ensayo crítico en varios órdenes, desde la condición de ser mujer de ella misma, Rosario, y las mujeres mexicanas, destacando como la escritora con un año de diferencia, apenas empezaba la década de los cincuenta del siglo XX, Simone Beauvoir.  francesa, y Rosario Castellanos, mexicana, centraban su atención en los problemas propios de la vida, las relaciones, la mirada interior de las mujeres. Y como ya desde 1929, una inglesa, Virginia Woolf, con sus novelas y ensayos ya venía tratando los asuntos de las mujeres. Y le es posible destacar que Castellanos se va convirtiendo en una de las pensadoras más importantes de occidente, de Hispanoamérica, y sobre todo en México. Trae ejemplos y destaca sus principales ideas. Lo que es necesario poner en el tapete del debate es su demostración documental, crítica y analítica de la obra ensayística de Rosario Castellanos, que, en el juego demiúrgico de la escritura, la convierte no en una simple periodista, mérito innegable, si no en una pensadora de primer orden. Pensadora que nace no por las gracias de ser escritora a secas, si no por su formación intelectual en los espacios de la literatura universal, la historia socio-económica-cultural europea e hispanoamericana, la estética, la política, la filosofía occidental… Y todo esto es posible destacarlo desde los ensayos que escribió Rosario Castellanos. Lo fundamental es que gracias al trabajo de investigación de Andrea Reyes podemos hoy en día leer tres tomos, Mujer de palabras, editados por Coneculta. Son más de 500 ensayos, lo que supera su obra poética, cuantitativamente considerada: Vol. I, 609 págs. Vol. II, 717 págs. Vol. III, 429 págs.

Sostiene la investigadora:

Por medio de sus ensayos, la autora narró su propia formación como intelectual mexicana en el curso de comentar los acontecimientos en el mundo y los trabajos de otros escritores. Las cualidades que sobresalían en esos ensayos eran su honestidad insobornable y un fino humorismo. A través de su escritura, el uso de la palabra, Castellanos desafió la ausencia de la mujer en la cultura y se situó como pensadora mexicana, con el inalienable privilegio y derecho a opinar.

La tesis que sostiene la investigadora norteamericana es que buena parte de los ensayos de Rosario fueron excluidos de la edición que de su obra realizó  el Fondo de Cultura Económica (XXX), seleccionada por Mejía, aunque por decisión del Fondo, se prefirió eliminar la obra periodística aparecida en Excélsior, en un tomo. Ahora ya los tenemos en las manos.  

La lectura que realiza Andrea Reyes es muy puntual y demuestra, con claridad y precisión,  desde un análisis centrado en los temas abordados por la escritora chiapaneca, en varios campos de la vida literaria, publicaciones, temas del momento, estudios críticos, poesía en movimiento...

Advierte Reyes:

Ahora que el estudio de su periodismo nos ofrece por lo menos 515 textos a considerar, se destacan, por una parte, sus astutas observaciones sobre la vida en México, desde los conflictos de raza en Chiapas hasta las maniobras políticas en la capital, con la demagogia e intimidación que los acompañan; y, por otra parte, su profunda perspicacia sobre la situación social de la mujer en México y en el resto de la sociedad humana. Su clarividencia y honestidad en torno a temas centrales que otros intelectuales ignoraban demostraban que Rosario Castellanos era una de las mentes más lúcidas del mundo literario mexicano del siglo veinte.

Después de quedar huérfana de madre y padre, ya en la C. de México,  Rosario decide y se dedica de tiempo completo a ser escritora, es decir, a pensar y recrear su secreta intimidad, el mundo que la rodea y los otros por medio de su único medio: la palabra escrita. Se define la escritora. Para ella ese momento es el de asumir su más clara y necesaria soledad. No quiere vivir con nadie. Ni con la tía Luz que le propuso irse a vivir con ella a su casa, apenas deshabitada por los progenitores.

Rosario Castellanos, gracias a un destino revelador e imposible de predecir, se fue convirtiendo en una  de las más decididas lectoras y escritoras desde los 24 años, sin olvidar que desde niña era ya lectora. La escritora estaba formada a la hora del fallecimiento de sus padres en la C. de México.  Empieza a escribir en la más plena soledad, con mayor solvencia y, sabemos, que elije la  escritura para recrear, desde su más vivo recuerdo lo que ha sentido, percibido, entendido y pensado. Es su salvación, una manera de ser y revelarse a ella misma. Y desde una muy temprana y exigida disciplina  sabe de sus  horas para leer y escribir;  las asume con rigor y consistencia.  La poeta, la narradora y pensadora tienen la palabra; es ya una mujer de palabras.

Con relación al feminismo entendido y pensado por Rosario Castellanos, comenta Andrea Reyes:

Quiero señalar que todo ese ímpetu del feminismo de Castellanos surgió independientemente del movimiento en los Estados Unidos, que apenas en el año de 1963 empezó su “segunda ola” con la publicación de La mística femenina de Betty Friedan, luego de varias décadas de relativo silencio después de que las mujeres consiguieron el voto en 1920. El deseo de ser “contrabandista” nació en Castellanos de las contradicciones que encontró en su vida en México. Leyó insaciablemente a autoras de cualquier parte del mundo, y se inspiró en sus logros y análisis, especialmente de Woolf y Beauvoir. Puede ser que su obra no haya sido tan conocida fuera de México como justamente lo merecía, pero por razones cronológicas y temáticas corresponde y se coloca entre las primeras feministas a nivel internacional.

Para diferenciar la vocación amorosa del hecho de ser casada, escribió Rosario hace 40 años (citada por A. Reyes en su conferencia en Tuxtla Gutiérrez):

Dije vocación amorosa para diferenciarla bien de inclinación a la vida conyugal. Contra la primera nos previenen todos: los padres, los maestros, los consejeros por quienes habla la voz de la experiencia. A favor de la segunda abogan los mismos que condenan a la primera. Es el estado perfecto para la condición femenina. Tanto que, si puede escoger, debe hacerlo pensando en quién le ofrece mayor seguridad económica, mayor categoría social, más protección y respeto.

      Pero si no puede escoger, que acepte lo que se encuentre porque más vale mal casada que bien quedada. Y que una vez puesta en el potro aguante los reparos porque más vale mal casada que bien divorciada. Todo lo cual, no es necesario decirlo, poco o nada tiene que ver con esas vagas asociaciones de ideas que se suscitan en nosotros cuando escuchamos decir la palabra “amor”.

El “arriesgarse a ser contrabandista”: Rosario Castellanos, ensayista y mujer.  

Que tome la palabra la investigadora Andrea Reyes: 

La narradora del poema de Rosario Castellanos, “Entrevista de prensa”, describe vívidamente su valor como mujer en el mundo, antes de emprender el oficio de escritora:

Escribo porque yo, un día, adolescente,

me incliné ante un espejo y no había nadie.

¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mí los otros

chorreaban importancia. 

Con pluma en mano, Castellanos misma manifestó su propio mérito. La autora documentó su realidad: la vida en Chiapas y después en la capital de México, un análisis de la sociedad a su alrededor, su inspiración literaria y su valor propio tanto como sujeto literario como personal. Empezó a escribir ensayos en revistas literarias en 1947 cuando todavía era estudiante universitaria. Su producción periodística aumentó cuando asumió la posición de editorialista de Excélsior en 1963, y lo continuó el resto de su vida. El hecho de ser una mujer excepcional, dentro de una sociedad que limitaba la participación de su población femenina y despreciaba sus habilidades, era una contradicción palpable en su consciencia y su obra entera. Por medio de sus ensayos, la autora narró su propia formación como intelectual mexicana en el curso de comentar los acontecimientos en el mundo y los trabajos de otros escritores. Las cualidades que sobresalían en esos ensayos eran su honestidad insobornable y un fino humorismo. A través de su escritura, el uso de la palabra, Castellanos desafió la ausencia de la mujer en la cultura y se situó como pensadora mexicana, con el inalienable privilegio y derecho a opinar.

Me parece lógico, en esta ocasión que recordamos a Rosario Castellanos a treinta y siete años de su muerte, reflexionar sobre lo que recomendó Elena Urrutia en una mesa redonda a diez años de su muerte, cuando habló de “una necesidad de seguir buceando en la obra de Rosario Castellanos ― rica si la hay,― abierta a la poesía, al relato, a la novela, al ensayo, al teatro, al periodismo.”[1] Nosotros que estamos aquí hemos seguido su consejo, y yo en particular he investigado el periodismo, encontrando cientos de ensayos y artículos no recopilados previamente, que ahora están disponibles en una colección  titulada Mujer de palabras: artículos rescatados de Rosario Castellanos, de Conaculta. Estos tres volúmenes incluyen 336 ensayos que no fueron recogidos anteriormente. En las cuatro antologías ensayísticas publicadas durante su vida o inmediatamente después de su muerte — Juicios sumarios (1966), Mujer que sabe latín (1973), El uso de la palabra (1974), y El mar y sus pescaditos (1975), — aparecieron 179 textos en total. Ocurrió que en 1998, cuando el Fondo de Cultura Económica publicó sus Obras, alguien decidió excluir El uso de la palabra, la única antología que era específicamente compuesta de selecciones de su columna en las páginas editoriales de Excélsior. La explicación que oí del editor del tomo fue que los artículos periodísticos fueron escritos bajo la presión de una fecha límite, y por eso se consideraban menos “cultos”. Para mí, El uso siempre había sido mi favorita entre las antologías, por la variedad de temas más que todo. Y como El uso de la palabra ya es una edición agotada, 62 de sus textos se incluyeron en los nuevos tomos de Mujer de palabras , por un total de 398 ensayos, más dos poemas.

Ahora que el estudio de su periodismo nos ofrece por lo menos 515 textos a considerar, se destacan, por una parte, sus astutas observaciones sobre la vida en México, desde los conflictos de raza en Chiapas hasta las maniobras políticas en la capital, con la demagogia e intimidación que los acompañan; y, por otra parte, su profunda perspicacia sobre la situación social de la mujer en México y en el resto de la sociedad humana. Su clarividencia y honestidad en torno a temas centrales que otros intelectuales ignoraban demostraban que Rosario Castellanos era una de las mentes más lúcidas del mundo literario mexicano del siglo veinte.

Aunque la variedad de temas y la profundidad de su labor periodística muestran la universalidad de su obra, por cuestiones de tiempo, me limitaré a enfocar un tema en particular. En esta ocasión analizaré la manera en que los ensayos de Castellanos sobre la mujer formaron parte de la vanguardia del feminismo no sólo en México sino internacionalmente, y mantienen su relevancia aún hoy en día.  Con el objeto de resaltar la importancia de los ensayos periodísticos recientemente rescatados, todas las citas que fundan mi argumento serán de los tres nuevos tomos de Mujer de palabras, más su tesis de maestría.

El dilema de ser una mujer socialmente marginada pesaba en la conciencia de Castellanos. José Emilio Pacheco, en su introducción a El uso de la palabra, aludió a este hecho: “Cuando se relean sus libros se verá que nadie en este país tuvo, en su momento, una conciencia tan clara de lo que significa la doble condición de mujer y de mexicana, ni hizo de esta conciencia la materia misma de su obra, la línea central de su trabajo. Naturalmente, no supimos leerla.”[2] No supimos leerla al principio, pero, en una nueva lectura de sus pasos, habremos de aprender a valorarla. María del Carmen Millán subrayó el acercamiento objetivo de la autora al tema de la mujer, el hecho de que ella nunca idealizaba a nadie.

La presencia femenina invade la mayor parte de la obra de Rosario Castellanos. Se encuentra en la poesía, en las novelas y cuentos, en los ensayos, en las obras de teatro. Más que levantar a la mujer un monumento, en reconocimiento a sus cualidades o virtudes, la persigue con decisión para descubrir motivos, huellas, secretos que ofrezcan coherencia a las reacciones primitivas y violentas de unas, superficiales y frívolas de otras.

Ésta era la actitud esencial de Castellanos, el rigor de examinar los datos de la vida social de las mujeres honestamente y exigir explicaciones. Quiero resumir su análisis de esa situación en el comienzo de su carrera, su descripción de las costumbres establecidas, y el desarrollo de su pensamiento tras los años. Aunque a veces las tradiciones descritas representan prácticas ya consideradas anticuadas, nos descubren actitudes que todavía reconoceremos hoy en día. Y el hecho de hacer de este tema “la línea central de su trabajo”, como dijo Pacheco, es lo que la planteó entre las pioneras del feminismo al nivel mundial.

La necesidad de entender el prejuicio era de tal magnitud que llevó a Castellanos a escribir, en 1950, su tesis de maestría en filosofía en torno al papel de la mujer en la cultura, Sobre cultura femenina. Fortuitamente, sin ella saberlo, su análisis casi coincidió con la publicación en 1949 del texto fundamental del feminismo de Simone de Beauvoir, Le deuxième sexe (traducido después como El segundo sexo) . Aunque el libro de Beauvoir era decididamente más explícito, a las dos escritoras las guiaba la misma obsesión por establecer las bases que llevaban a una sociedad a tan disparejo trato entre los sexos. El punto más formidable en la tesis de Castellanos fue que a pesar de la opinión de casi todos los filósofos tradicionales en cuanto a la inferioridad de la mitad femenina de la raza humana, siempre habían aparecido “de contrabando”, mujeres excepcionales que desafiaban las normas, entrando en el mundo de cultura creado por los hombres, aportando obras de calidad.  El quid de la cuestión para la autora era, “¿qué fue lo que las impulsó de modo tan irresistible a arriesgarse a ser contrabandistas?”[3] Para hallar tal inspiración, escribió que era imprescindible que las mujeres bucearan “cada vez más hondo en su propio ser” para alcanzar “su verdadera, hasta ahora inviolada raíz”, que era algo “que la tradición desconoce o falsea”. Deberían hacer “a un lado las imágenes convencionales que de la feminidad le presenta el varón para formarse su imagen propia, su imagen basada en la personal, intransferible experiencia.” Como señaló Aurora Ocampo claramente, ella siguió su propio consejo: “No otra cosa hizo Rosario Castellanos a lo largo de toda su vida, bucear en sí misma fue la preocupación central de todos sus trabajos: poesía, ensayo, cuento, novela y teatro, intentando siempre resolver esta pregunta: ¿es posible ser mexicana y a la vez ser libre?” Castellanos planteó el dilema desde el principio de su carrera, y pasó el resto de su vida resolviéndolo en teoría y, con el tiempo, en práctica.

 En uno de sus artículos periodísticos la autora resumió con cierta ironía la doble condición de su llegada a este mundo:

No olvide usted, ni por un momento, dos circunstancias: yo era niña y vivía en Comitán, Chis., en pleno siglo XVI.  Lo que daba por resultado que en mi futuro no había más que una sopa. Cuando yo fuera grande yo iba a ser mujer. ¿Qué es eso? Cuántas veces me atreví a preguntar lo que por sabido se calla, se me dio un buen tapaboca y se me dijo que las muchachitas decentes se mantenían calladas y se dejaban guiar por una persona, mayor en edad, saber y gobierno, hacia su destino.

Ese “pleno siglo XVI” fueron los años de 1925 a 1941, caracterizados así por el aislamiento de Chiapas y lo atrasado de sus costumbres. Pero la “muchachita decente” obviamente no se mantenía callada.

La mujer vista por Rosario Castellanos.

Leamos el siguiente análisis de la estudiosa de Rosario Castellanos, Andrea Reyes:

En el año 1957, en su primer ensayo analítico sobre la literatura femenina latinoamericana, criticó a las poetas sudamericanas del principio del siglo por su temática limitada de “las torturas de la carne”, admiró otra corriente distinta y rigurosa iniciada por Gabriela Mistral de Chile, y reservó una descripción mordaz por el estatus de autoras en su país natal:

En México las cosas sucedieron de otro modo. En otro tiempo y con otros matices. Recordemos que aquí la protesta femenina no ha sido nunca descarada y franca. La actitud inicial es la de aceptar, sin discusión de ninguna índole, la situación de inferioridad; la de compartir y defender acaloradamente todas las ideas, todos los prejuicios, todas las costumbres que hacen posible esta situación. [. . .] No esperemos pues encontrar proclamas rebeldes, feministas emancipadas con deseos de hacer prosélitos. Al contrario. Mujeres que como saben un poquito más que las otras les aconsejan que nunca, nunca y por ningún motivo intenten salirse de la regla. Y que si alguna vez lo hacen, escribiendo por ejemplo, empleen para ello la receta del jarabe más inocuo. 

Quedó patente que su originalidad le dejó pocos simpatizantes y menos preceptoras en el comienzo de su carrera.

Sin embargo, se nutrió del ejemplo de Sor Juana, y cuando unos críticos le buscaron neurosis a la monja, la autora no tenía duda sobre la fuente de su talento: “¿No sería más justo pensar que Sor Juana, como cualquier ser humano, tuvo una columna vertebral, que era su vocación y que escogió entre todas las formas de vida a su alcance aquélla en que contaba con más probabilidades de realizarla?”  Además, Castellanos aprendió de la inglesa Virginia Woolf , a quien mencionó en su tesis pero no la analizó en detalle hasta un ensayo de 1961. Reconoció en el concepto del “hada del hogar” de Woolf un paralelo a la “abnegada cabecita blanca” de la tradición mexicana. Leyó El segundo sexo y otras obras de Simone de Beauvoir  en traducción, y se regocijó de poder explorar cada faceta del papel tradicional de la mujer para analizar lo que tenía de libre voluntad, o a quién o a qué servían las costumbres establecidas. Resumió que la maternidad necesitaba ser una elección moral, por el bien de la madre y el hijo, y si las personas se respetaban como humanos entonces “nadie puede imponérsela a la mujer. La independencia femenina, asegura Simone de Beauvoir en sus memorias, ha de tener su principio en el vientre.” También compartió con la francesa la observación de que muchas veces eran las mismas mujeres que resistían el cambio social, por temor a lo desconocido y a la burla. En 1963, su primer año como editorialista de Excélsior, la autora aportó su análisis del “Feminismo a la mexicana” , y fue tajante sobre la falta de firmeza femenina:

¿Quién es tu peor enemigo? El de tu oficio, dice el refrán. Y el oficio de mujer, en México, que quizá es uno de los más duros, cuando ha pretendido un equilibrio mayor de las relaciones entre los sexos, ha encontrado la resistencia más enconada, no entre los hombres, sino, paradójicamente, entre las mismas mujeres. Ellas, aun las emancipadas, las creadoras, no aprovechan sus medios de expresión para un rebeldía franca sino apenas para un débil gemido, cuando no para predicar la abnegación, la humildad y la paciencia. Todavía “los hombres necios, que acusáis” de Sor Juana sigue siendo nuestra protesta más audaz. Habría que preguntarse por qué el feminismo que, en tantos otros países ha tenido sus mártires y sus muy respetadas teóricas, en México no ha pasado de una actitud larvaria y vergonzante. ¿Es masoquismo? ¿Es temor al ridículo?

La sumisión de la mujer en México era exagerada, y obviamente muy frustrante para la autora. 

Aunque se enseñaba que el papel esencial femenino era llegar a ser madre, ella notó que era un destino cargado de contradicciones: “La maternidad no es sólo un valor, sino que alcanza a convertirse en una de las formas de la idolatría. La maternidad redime a la mujer del pecado original de serlo, confiere a su vida (que de otro modo resulta superfluo) un sentido y una justificación.”[4] No obstante, tal importancia parecía no impartirle a la mujer ningún papel decisivo en los asuntos relevantes. En su primer artículo sobre planificación familiar en 1965, Castellanos fue al grano desde el título: “Y las madres, ¿qué opinan?: control de la natalidad”.  Empezó con los comentarios que se escuchaban sobre las preocupaciones de los religiosos, los economistas, los sociólogos y los sicólogos por la sobrepoblación; sin embargo, no se oyó ninguna voz de las mujeres mismas. La autora lanzó la pregunta sobresaliente: “¿quién tiene los hijos?”[5], y afirmó que la llegada de los hijos siempre requería la participación de otra criatura: la madre. El hecho de que especialistas de distintas profesiones podían dictar conferencias sobre la explosión demográfica y ofrecer mesas redondas acerca de la sobrepoblación sin solicitar la participación de las personas más afectadas, ni aun consultarlas, indicaba otra vez el silencio, el vacío, impuesto a la mitad femenina de la población.

Quiero señalar que todo ese ímpetu del feminismo de Castellanos surgió independientemente del movimiento en los Estados Unidos, que apenas en el año de 1963 empezó su “segunda ola” con la publicación de La mística femenina de Betty Friedan, luego de varias décadas de relativo silencio después de que las mujeres consiguieron el voto en 1920. El deseo de ser “contrabandista” nació en Castellanos de las contradicciones que encontró en su vida en México. Leyó insaciablemente a autoras de cualquier parte del mundo, y se inspiró en sus logros y análisis, especialmente de Woolf y Beauvoir. Puede ser que su obra no haya sido tan conocida fuera de México como justamente lo merecía, pero por razones cronológicas y temáticas corresponde y se coloca entre las primeras feministas a nivel internacional.

En algún momento Castellanos leyó La mística femenina, cuando se publicó en español, y lo mencionó en un artículo escrito en 1970.  En el mismo año, al ver la marcha de mujeres estadounidenses  para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la proclamación de su derecho al voto, ella celebró el acontecimiento: “A mí, ajonjolí de todos los moles pero especialmente de este tipo de moles, me ha interesado seguir el proceso que está desarrollándose” (“La liberación de la mujer . . . aquí: Casandra de Huarache” El uso 57).  La autora señaló la proximidad de la oleada de cambio social, y pensó que las condiciones llegarían también a México para una transformación radical.  Con humorismo sobre sí misma y sobre las contradicciones de clase que preservaban los privilegios de ciertas mujeres, ella habló sin pelos en la lengua:

A mí no me gusta hacerla de profetisa pero esta es una ocasión en que se antoja fungir como tal.  (Aparte de que la profecía es uno de los pocos oficios que se consideran propios para señoras histéricas como su segura servidora).  Y yo les advierto que las mujeres mexicanas estamos echando vidrio acerca de lo que hacen nuestras primas y estamos llevando un apunte para cuando sea necesario.  Quizá no ahora ni mañana. 

 Porque el ser un parásito (que es eso lo que somos, más que unas víctimas) no deja de tener sus encantos.  Pero cuando el desarrollo industrial del país nos obligue a emplearnos en fábricas y oficinas, y a atender la casa y los niños y la apariencia y la vida social y, etc., etc., etc., entonces nos llegará la lumbre a los aparejos.  Cuando desaparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda. 

Castellanos pronosticó que la dinámica sería distinta cuando las mujeres de la clase media tuvieran que trabajar con un poco de la carga que llevaban las mujeres de clase trabajadora.  Ella misma era de la clase profesional privilegiada; sin embargo, su reconocimiento de la profunda cuestión de clase, así como su perspicacia sobre la aguda contradicción latente entre indígenas y ladinos, mostraron un juicio y una clarividencia mucho mejor informados que lo típico de su posición.  Su compromiso por revelar la verdad de su país la llevó a un entendimiento profundo de las contradicciones de sexo, de raza y de clase.

En los años 70, después de su divorcio, y con la confianza de la madurez, la autora empleó más la ironía y su sentido de humor para reflexionar sobre la cultura mexicana. Su educación de niña le había ofrecido una imagen desconsoladora del matrimonio tradicional mexicano, y Castellanos observó en particular la falta de mención de la palabra “amor”. En los prototipos de la cultura hispana existía el hombre “amoroso” como Don Juan, que no tenía mucho de positivo en sus conquistas ni en su superficialidad. Abundaban mujeres “amadas”, usualmente inalcanzables o inexistentes como la Dulcinea del Toboso. Y siempre había “amantes”, aunque era un término un poco despectivo, y muchas veces tal “vocación amorosa” sólo llevaba a la mujer a la catástrofe.

Rosario Castellanos y otras mujeres.

En otro apartado de la conferencia de Andrea Reyes leemos:

En el año 1971, dos meses antes de asumir su posición como embajadora de México en Israel, la autora escribió unos ensayos especialmente significativos. Parecía que estuviera tratando de aclarar pendientes antes de emprender su nuevo oficio. Uno de esos ensayos, “La abnegación: una virtud loca”, fue el discurso que presentó frente al presidente Echeverría y un público numeroso en la celebración del Día Internacional de la Mujer. Curiosamente, el ensayo nunca fue recopilado en ninguna de sus antologías, aunque sus amigos y colegas reconocieron su gran aportación, y fue la única obra completa de la autora que incluyeron en una colección de apreciaciones de ella por sus amigos en un homenaje en 1975  Helena Poniatowska lo destacó:

El día 15 de febrero de 1971 es un día clave en la causa de la mujer. Rosario pronuncia su discurso en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Habla del trato indigno entre hombre y mujer en México y sus palabras la convierten en cierta forma en precursora intelectual de la liberación de las mujeres mexicanas.  Por primera vez, a nivel nacional (puesto que Rosario habla en una tribuna pública), Rosario denuncia la injusticia en contra de la mujer y declara que no es equitativo ni legítimo que uno pueda educarse y el otro no; [. . .] Este grito de Rosario ― porque grito fue ― tuvo una amplia resonancia. Nadie hasta entonces, ninguna señora diputada, ninguna senadora se había ocupado realmente de la condición femenina, y si lo pretendió levantó la mano con tantas precauciones, lo hizo tan tímidamente que nadie la vio.

Castellanos denunció la injusticia en contra de la mujer como nadie lo había hecho antes en México, pero su “grito” fue mucho, mucho más. En el discurso, ella insistió en que una investigación detallada de las cualidades que definían a la mujer “va a conducirnos a un descubrimiento muy importante: el de que no existe la esencia de lo femenino. Porque lo que en una cultura se considera como tal en otra o no se toma en cuenta o forma parte de las características de la masculinidad.”[6] Entonces, “lo femenino” era una construcción cultural que se podía cambiar, y el valor de que una mujer debía ser abnegada era uno de los muchos que necesitaban revaloración. Ella mantenía que, afortunadamente, la ley en México establecía en principio la equidad entre el hombre y la mujer, aunque las costumbres lo burlaban. Por eso la autora denunció una serie de inequidades que existían, a pesar de no ser legítimas bajo la ley, en la relación matrimonial, en la educación, en el acceso a un trabajo productivo para la comunidad y en la libertad de movimiento. Ella concluyó la denuncia con un punto fundamental en el que recordó las palabras de Simone de Beauvoir que la independencia de la mujer tenía su principio en el vientre:

No es equitativo ― luego no es legal ― que uno sea dueño de su cuerpo y disponga de él como se le dé la real gana mientras que el otro reserva ese cuerpo, no para sus propios fines, sino para que en él se cumplan procesos ajenos a su voluntad.

 No es equitativo el trato entre hombre y mujer en México. Pero nos damos el lujo de violar la ley para seguir girando, como las mulas de noria, en torno de la costumbre.  Aunque la ley se haya hecho, y lo sepamos, para corregir lo que la costumbre tiene de obsoleto, de viciado y de injusto.

Elena Urrutia citó una buena parte de esta diatriba contra las inequidades para concluir su presentación en 1984 sobre la preocupación por la mujer en el ensayo de Castellanos. Enfatizó el entusiasmo con que el público recibió “la memorable catilinaria que Rosario Castellanos pronunció ante el jefe del ejecutivo, catilinaria que la ovación sostenida de las mujeres ahí congregadas suscribía con pasión.” Valía mucho para ese público principalmente femenino que alguien expusiera tan claramente lo injusto de la situación. 

Sin embargo, el reto del discurso venía en seguida. Sin detenerse, Castellanos fue al grano, al estilo de Woolf y Beauvoir, ya que no quería oír excusas de las mujeres pues se debía exigir una mejor situación:

Si la injusticia recae aún sobre las mujeres mexicanas no tienen derecho a quejarse. Ellas lo han escogido así. Ellas han despreciado las defensas jurídicas que tienen a la mano. Ellas se niegan a asumir lo que los Códigos les garantizan y la Constitución les concede: la categoría de persona.

El “grito” de Castellanos en el museo tan digno en el bosque de Chapultepec, en 1971, tuvo el objetivo de despertar en las mujeres mismas su responsabilidad de tomar la situación en sus manos. El punto principal fue que ninguna otra persona lo podía hacer por ellas. 

Castellanos exigió más de sus compatriotas femeninas que nadie les había insistido anteriormente. En los Estados Unidos yo recibí la influencia de Virginia Woolf y de Simone de Beauvoir antes de conocer la literatura mexicana, pero fue Castellanos quien me enseñó la importancia de estudiar cuidadosamente la aportación de esas intelectuales feministas. Hay una obra de Woolf que tiene muchos paralelos con el “grito” de Castellanos, desafiando a una nueva generación de mujeres: A Room of One’s Own (1929) (Un cuarto propio) , basada en unas pláticas que Woolf había dado a las estudiantes en dos universidades de mujeres en cuanto a la importancia de escribir y de aportar a la sociedad. Aunque era evidente la influencia colonialista que venía con el hecho de ser inglesa a principios del siglo XX, aún así su mensaje fue punzante:

¿Cómo alentarlas de otro modo a encarar el riesgo de la vida? Señoritas, les diría yo, y escúchenme bien, pues la peroración ya empieza, en mi entender todas ustedes son vergonzosamente ignorantes. Jamás han descubierto nada que valga. Jamás han sacudido un imperio o capitaneado un ejército. Los dramas de Shakespeare no los escribieron ustedes, y nunca han introducido en un pueblo bárbaro los beneficios de la civilización.  ¿Qué disculpa tienen?

La severidad de la crítica de Woolf fue precisamente para despertarlas de su conformismo, además de que era bien merecida. En aquel entonces el mundo estaba, y hoy mismo todavía está, repleto de situaciones difíciles que requieren la actuación de personas más concienzudas que las que están en el poder. Como las mujeres constituimos la mitad de la población humana, nos toca la mitad de la responsabilidad. Es la obligación que Castellanos exigía que sus compatriotas asumieran: la categoría de persona completa, dueña de su propia vida.

Rosario Castellanos rehusó quedarse en el vacío que los filósofos de antigüedad le habían designado a la mujer. En sus ensayos, ella estableció una presencia femenina honesta y rigurosa dentro de las letras mexicanas.  Planteó la cuestión del “feminismo” en las páginas editoriales de la capital de México en 1963, cuando en muchas partes del mundo aún no se había oído el término. Llamó la atención a las costumbres retrógradas sobre asuntos sociales tan básicos como el matrimonio, la maternidad y el control de la natalidad. Expuso los estereotipos culturales del hombre machista y la mujer abnegada al examen del público lector. Defendió la integridad y la independencia del cuerpo de cada mujer, para usar “como se le dé la real gana” a ella misma, únicamente. Como dijo José Emilio Pacheco en 1974 en su introducción a El uso de la palabra: “Gracias a Rosario Castellanos, las mexicanas rencontraron su voz” (7).Los ejemplos que he presentado sólo ofrecen un vistazo rápido de la originalidad de esta gran pensadora mexicana; es preciso leerla en todo detalle. Los ensayos y el periodismo narran la formación que como “contrabandista” tuvo Rosario Castellanos, una de las más dignas conciencias de México en el siglo veinte.

Ensayos contundentes de Rosario Castellanos: la obra que los editores excluyeron.

 Empieza así su conferencia Andrea Reyes:

Rosario Castellanos fue una escritora prolífica en poesía, novela, cuento, teatro y ensayo.  Ganó sus primeros tres premios literarios por obras de ficción sobre la vida en Chiapas, con énfasis en la relación petrificada entre las poblaciones indígena y ladina.  Por eso algunos críticos la encasillaban como “escritora indigenista”, aunque nunca se limitó a ese tema.  Otros lectores reconocían la atención constante a la representación de la mujer en su obra, y la catalogaban simplemente como “feminista”.  Muchas veces en el mundo literario estas caracterizaciones se han empleado para limitar la importancia del escritor y marginarlo, y éste definitivamente fue el caso de Castellanos mientras vivió. En realidad, sus escritos abarcaban una temática extensa, especialmente su obra ensayística. La autora analizaba la literatura, la vida política en México, sus experiencias autobiográficas, la situación social de la mujer, los acontecimientos internacionales, y otros temas importantes. Fue en el ensayo donde la amplia perspectiva crítica de Castellanos se manifestaba más, y ella asumía plenamente el papel de pensadora mexicana. Irónicamente fue el género más ignorado de su obra, y muchos de los ensayos más contundentes, en particular los políticos, fueron excluidos de recopilación hasta los últimos años.

Escribí mi tesis doctoral en 2003 sobre los ensayos de Rosario Castellanos, y deseo compartir con ustedes algunas de las novedades que encontré al estudiar su abundante producción ensayística. Se publicaron cuatro antologías de ensayos  durante su vida e inmediatamente después de su muerte, que contenían 179 textos en total. Sin embargo, la autora escribió una columna semanal en el periódico Excélsior desde 1963 hasta 1974, y muchos de esos artículos, además de otros en varias revistas literarias, nunca habían sido recopilados. Mi investigación recogió 336 ensayos no recopilados previamente, haciendo un total de por lo menos 515. El género menos estudiado de su obra fue el más numeroso y, probablemente, el más leído durante su vida.

Destaca los ensayos políticos:

Desde joven, Castellanos sostenía que una parte integral de su vocación era la obligación de representar la realidad de su país. Definitivamente, su compromiso era con la representación de la verdad, no el embellecimiento de la situación. A principio de 1965, la autora respondió al intento de censurar Los hijos de Sánchez,  libro escrito por el antropólogo estadounidense Oscar Lewis, por ser considerado denigrante para México y pornográfico en su descripción de la vida de una familia pobre en la capital. El estudio antropológico era verídico, su retrato de los efectos de la pobreza y el estilo de vida de los seres marginados reflejaba una situación real, y la propuesta de la prohibición llenaba de furia a Castellanos, tanto por el “falso patriotismo” como por constituir un ataque abierto contra la libertad de expresión. Pero este no fue un incidente aislado. Después de observar un insulto publicado al escritor chileno José Donoso en una revista literaria por haberse atrevido a criticar a unos autores mexicanos , y un pleito entre artistas por la supuesta falta de “mexicanidad” de sus obras, la autora se desesperó por la estrechez de miras de sus compatriotas: “Porque lo que se enarboló, como bandera, no fue ni el mérito estético de las obras en disputa, ni la validez teórica de los postulados que sostienen cada una de las corrientes, sino un argumento que está bien en boca de los demagogos, pero no en boca de los artistas: el patrioterismo” (Cultura y violencia" 325). Para Castellanos tales argumentos simplistas y nacionalistas no tenían valor.

En 1966, el gobierno mexicano manipuló ciertos conflictos con el objetivo de derrocar al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ignacio Chávez.  En respuesta a ese atentado, Castellanos renunció al cargo que desempeñaba en la universidad como directora de información y prensa. Las maniobras del gobierno y la injusticia del trato al Dr. Chávez dejaron a la autora en una profunda congoja. Decidió salir del país por un año para dictar clases en los Estados Unidos, pero antes de irse, repasó las lecciones del distinguido poeta e intelectual de las letras mexicanas, Alfonso Reyes (1889-1959). Castellanos reflexionó sobre lo que debía ser el verdadero patriotismo:

Esta sociedad de la que hemos hablado se llama patria y ser un buen patriota, para don Alfonso, no es sino el paso preliminar para convertirse en un ciudadano del mundo que guarda, con las otras naciones, una relación armoniosa, en la que no se deja llevar ni por el orgullo ni por la humillación. (El héroe de nuestro tiempo 560)

Su espíritu internacionalista y su condena al “falso patriotismo” tenían origen en estos principios. 

No obstante, al momento de ocurrir el golpe en contra del Dr. Chávez, ella vislumbró un adverso porvenir. En una recapitulación de aquellos años, Julio Scherer, editor del Excélsior, recordó las palabras premonitorias de Castellanos en 1966: “‘Vendrán tiempos nefandos’” (Parte de guerra: Tlatelolco 1968 31).

Los tiempos nefastos anunciados por Castellanos.

La estudiosa norteamericana precisa que esos tiempos vergonzosos llegarían a México en septiembre de 1967 y, destaca  el sentido y la orientación del trabajo de Rosario en esos precisos momentos de acuerdo a una ética humanista que ya había asumido en su amplio significado:

Castellanos entró en un período muy productivo, pero también a un confrontamiento angustioso entre su ética humanista y la realidad política de su país. En el año clave de 1968, su primer ensayo sobre los “disturbios” llevaba el título, “Nuestros jóvenes: señales de vida”.  Aunque no consideraba que el propósito de las protestas fuera obvio en un principio, recibió con entusiasmo el activismo de la juventud. Su crítica fue para las tácticas del gobierno: le causaban preocupación por “el uso de la violencia que [. . .] parece singularmente desmesurada” (Nuestros jóvenes: señales de vida" 140).

Y continúa señalando:

En agosto de 1968, analizó la versión oficial de los disturbios como profesora de literatura: de estructura incoherente, repleta de testimonios contradictorios, personajes simplistas  ― así como la caracterización de los estudiantes involucrados como comunistas y extranjeros capaces de llevar al país a una crisis en una semana ― y la encontró “inverosímil”. Un poco después, Castellanos examinó los acontecimientos de la capital en forma más directa, como intelectual mexicana, exigiendo cuentas al gobierno por su demagogia, y el papel de las palabras mismas es el foco de la discusión:

En los últimos días se ha desenvainado una palabra que, al caer tajantemente, ha puesto en peligro de dividir lo que es una unidad. Esa palabra es “patria”. Un grupo numeroso y vocinglero ha declarado ser el propietario de monopolio de un bien que, hasta entonces, se había creído común. (La patria: daños de la demagogia"156).

Los demagogos utilizaban la palabra para dividir al pueblo entre los buenos que defendían a la “patria” y los malos de la “antipatria” que la habían traicionado supuestamente. La autora exigió que aclararan exactamente de qué hablaban: “En el uso y el abuso de esa palabra no aparece, ni por descuido, una definición. ¿Qué significa, en última instancia, aquello que se invoca?” (156) Para Castellanos la patria era un lugar dinámico, en cierto punto de su evolución como cualquier otra entidad social y política, y no tenía nada que ver con algo sagrado que no se podía criticar. 

El 18 de septiembre, faltando poco para las Olimpiadas que se iniciarían a mediados de octubre, el gobierno mandó a diez mil soldados a ocupar la Ciudad Universitaria, bajo la explicación de que una conjura internacional pretendía boicotear los juegos olímpicos y que la patria estaba en peligro. Esta acción enfureció a Castellanos, agotó su fe en la existencia de libertad en el país y en la supuesta autonomía de la universidad. No entendía, si los ciudadanos eran libres, por qué las autoridades se rehusaban a abrir un diálogo: “No dialogan sino los hombres libres y cuando se encuentran en condiciones de igualdad. ¿Por qué, pues, no fue factible una confrontación verbal entre los representantes del poder y los líderes estudiantiles?” (Ni ditirambo ni elegía: Marte en la universidad" 185) En ese último artículo publicado antes de la masacre en Tlatelolco, el 2 de octubre, la autora expuso la gran contradicción entre palabras y hechos, entre promesas y realidades, y exigió una paz basada en la libertad:

Hay que recapitular, poner en tela de juicio las certidumbres sobre las que nos apoyábamos y preguntarnos: ¿de qué nos ha valido hacer una Revolución liberal?  ¿De qué haber practicado durante decenios una democracia, por sui géneris que sea, si en el momento en que surge entre nosotros un fenómeno mundial, el de la inconformidad juvenil, adoptamos los mismos métodos que los países que no han transitado siquiera del feudalismo a la burguesía y que se rigen por dictaduras?  Aparte de que la experiencia ha demostrado que tales métodos, lejos de ser operantes son contraproducentes.  La represión genera la subversión.  Y todos anhelamos una paz que emane de la justicia, no de la violencia. (Ni ditirambo ni elegía: Marte en la universidad" 185).

Estas palabras aparecieron en las páginas editoriales del Excélsior el 21 de septiembre de 1968. 

Tlatelolco en la palabra de Rosario Castellanos.

En su conferencia la investigadora Andrea Reyes continúa destacando que:

No se publicó ningún otro ensayo de Castellanos durante todo el mes de octubre, y no era claro cómo funcionaba la censura de los periódicos en aquel entonces. Sin embargo, han salido indicios, como las palabras que José Agustín citó de Julio Scherer en Tragicomedia mexicana 1, en la víspera de la masacre:

La prensa recibió “línea” para justificar la acción del gobierno y condenar a los estudiantes “que habían disparado contra los soldados”. “Aquella noche”, cuenta Julio Scherer, “en un telefonema urgente me había advertido el secretario de Gobernación que en Tlatelolco caían sobre todo soldados y a punto de colgar el teléfono había dejado en el aire la frase amenazadora: ‘¿Queda claro, no?’” (Tragicomedia mexicana 1: la vida en México de 1940 a 1970 262)

Lo que quedó claro fue que la vida política en México había empeorado definitivamente.

Cuando volvió a aparecer un editorial de Castellanos en el Excélsior, el 23 de noviembre del mismo año, fue en torno a un tema literario, y sólo mencionó en el primer párrafo los “meses de congoja y sobresaltos en los que hemos visto a la inteligencia enfrentada contra la fuerza y paralizada en sus funciones propias”, pero no dijo más.

El artículo siguiente, del 14 de diciembre, pareció explicar el comentario tan limitado, porque confirmó un “acuerdo tácito” en México acerca de quienes no sólo tenían el derecho de no estar conformes con lo existente, sino aun de hablar de tal inconformidad, y ese “acuerdo” llevaba tres condiciones: ser mexicana de nacimiento, creer que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, y no haber recibido ninguna beca, porque “de lo contrario sus palabras tienen el amargo sabor de la ingratitud” (192). Aunque no lo dijo, con ese criterio la autora obviamente se descalificaba para poder hablar (condiciones dos y tres), y terminó el artículo: “bastan estas pocas reglas para que juguemos el juego sin condenarnos, de antemano, a perder” (Las reglas del juego: para poder hablar en México" 192) y allí dejó de comentar. Fue evidente que Julio Scherer y Excélsior estaban obedeciendo “la línea” que el secretario de Gobernación Echeverría les había indicado, y la autora estaba aclarando las limitaciones que le imponían con este editorial.

Su indignación ante la falta de información sobre los acontecimientos del 2 de octubre se mostró claramente el 4 de enero de 1969, cuando, en un ensayo, solicitó en forma de carta a los Reyes Magos, cambiar el tradicional regalo por la verdad:

Nadie entendió nada y es por eso que, acompañando estas cuartillas con testimonios de buena conducta, me permito solicitarles a ustedes una explicación: ¿Qué ha pasado aquí? ¿O es que aquí no ha pasado nada? ¿Se puede llamar democrático a un régimen en cuya cúspide reina el misterio y en que la verdad es patrimonio de unos cuantos iniciados que cuando hablan es como por enigmas? (Carta a los Reyes Magos: el rumor vence a la verdad" 213)

Castellanos no podía creer la ofuscación, el rehusarse a nombrar los hechos cometidos, explicar los eufemismos de la demagogia, identificar los verdaderos riesgos. Irónicamente, la autora no dejó escapar ni a los Reyes Magos del clima de sospecha que reinaba en el país:

Volvamos a nuestro punto inicial de partida: México. ¿Que ignoran a lo que me estoy refiriendo? No se atrevan a repetir desacato tal porque yo sería la primera en pedir para ustedes, por más Reyes Magos que sean, la aplicación del artículo 33 por extranjeros indeseables. (211)

La acusación de infiltración extranjera, nunca respaldada por ninguna evidencia, ― las pancartas de los estudiantes sólo apoyaban a revolucionarios de otros países en la lucha contra el imperialismo ― seguía siendo el fantasma amenazante de los demagogos. La autora empleaba las únicas herramientas que tenía: sus palabras, la ironía, su insistencia en la importancia del diálogo, para responder al ultraje que había sacudido al pueblo mexicano. Los acontecimientos de la noche de Tlatelolco dejaron una profunda llaga en la conciencia de México, y Rosario Castellanos fue uno de los intelectuales que los afrontaron.

Después de Tlatelolco, en una colaboración en 1969 con otros seis pensadores mexicanos, la autora definió detalladamente y reafirmó su “ética humanista” en contraste con “la corrupción intelectual”.  Declaró que el pueblo requería “el bienestar, la cultura, la paz, el autogobierno, el progreso”, y que estas metas exigían:

...varios puntos fundamentales: el culto de la verdad, [. . .] el rechazo de la falsedad y el autoengaño, en primer término. La independencia de juicio, o sea el hábito de convencerse por sí mismo con pruebas y de no someterse a la autoridad. Para ello es indispensable poseer coraje intelectual, amor por la libertad y sentido de la justicia. (La corrupción intelectual 202)

Tales son los principios que ella defendía en sus críticas al gobierno.

En noviembre de 1970, dos años después de la masacre, Castellanos se refirió a las condiciones que al fin le permitían hablar directamente de Tlatelolco, porque el Presidente Díaz Ordaz había hablado de los sucesos recientemente, y aun así señaló la insuficiente información de la “conjura internacional” supuestamente culpable y la falta de pruebas. Resumió que “tenemos que dar asentimiento a estas explicaciones” porque “no tenemos acceso” a la verdad (Castellanos, Rosario, "La amnistía: necesidad de estar seguros y tranquilos" 605-6 /d).

En el mismo artículo, Castellanos respaldó el reclamo por la amnistía para los muchos encarcelados desde la noche de Tlatelolco. Afirmó que “No, ninguno de nosotros ni dentro ni fuera de la Universidad, estará tranquilo mientras no estemos convencidos de que en el caso de los maestros y estudiantes presos se ha hecho justicia” (606). Las acciones del gobierno el 2 de octubre y la complicidad de los medios de comunicación engendraron la denuncia.

Su preocupación por la demagogia y el patrioterismo continuó en otras circunstancias. Julio Scherer recordó que el día en que se inauguraron los Juegos Olímpicos, el 12 de octubre de 1968, apenas diez días después de la matanza en Tlatelolco, “por toda la ciudad, grupos de jóvenes tocan cláxones y se entregan a la práctica exorcista de repetir sin término el nombre del país: ‘¡¡MÉ-XI-CO!!  ¡¡MÉ-XI-CO!!  ¡¡MÉ-XI-CO!!’” (Parte de guerra: Tlatelolco 1968 242) En 1970, en correlación con la presencia de la Copa Mundial en México, el coro se repitió y apareció en las bardas, las mantas y los gritos populares. Esto provocó una pregunta en la mente de Castellanos, por ser “un fenómeno de contagio, no de comprensión”, y quería que alguien le contestara “diciéndome con claridad qué es México” (México, México: contagio, no comprensión" 496). Dijo que el hecho de que sea el lugar que la vio nacer no era suficiente para otorgarle tanta importancia:

No, seamos más rigurosos. ¿México es la historia hecha por nuestros antepasados y heredada y enriquecida por nosotros para nuestros hijos? Entonces ¿por qué cuando se investiga esa historia no se trata de llegar a la verdad sino de dar pábulo a las pasiones que nos dividen, que nos enfrentan en bandos inconciliables, que nos mantienen en un estado de ignorancia que llenamos con mitos y frases célebres que pronunció un héroe al que no hay que acercarse mucho si no se quiere descubrir que es de petate?

Estaba en desacuerdo con la demagogia del gobierno, especialmente la falsedad sobre los ultrajes tan recientemente cometidos contra sus propios ciudadanos. Veía claramente que el dejarse ir con los lemas de la multitud, en particular el patrioterismo, era un camino falso y dañino: “Porque eso de repetir las sílabas de un nombre sin saber a lo que se está aludiendo me parece, por lo pronto, absurdo. Y después, pero no mucho después, peligroso” (497). Podría ser que el hecho de haber estado en Europa pocos años después de la Segunda Guerra Mundial (1950-1952), de haber visto con sus propios ojos los restos del daño hecho a sus ciudades, de haber oído del nacionalismo y la demagogia de los nazis por un lado y la resistencia por el otro, hubiera influido en su concepción del mal que podía fomentar el nacionalismo. La autora escribió varios ensayos sobre el peligro que representaba el nacionalismo ciego, y señaló un editorial de Salvador Elizondo acerca de los excesos cuando se daba rienda suelta al nacionalismo. Resumió que, como otros instintos, el nacionalismo pretendía tener un origen lícito, pero, “a semejanza de todos los otros instintos a los que no ilumina la inteligencia, se equivoca” (Nacionalismo y tolerancia: prudencia hoy, victoria mañana" 88). Y era necesario iluminar todo con la inteligencia. 

La ceguera del patrioterismo era peligrosa para otra gran tradición mexicana de tolerancia y apertura a los exiliados de países de habla hispana. La aportación valiosa de los exiliados al mundo cultural de México, y el hecho histórico de haberlos recibido con los brazos abiertos en el país eran un gran orgullo para Castellanos. Años después en una ocasión en que se encontraba lejos de México, ya embajadora en Israel, y vio llegar a una delegación de jóvenes mexicanos del Club Deportivo Israelita de México, la autora corroboró su profunda esperanza en la humanidad:

Sanos, confiados, felices.  Mirándolos a todos, escuchándolos hablar yo sentí un secreto orgullo: el de que mi país sepa ser también la patria de quienes se han acogido a su hospitalidad y han continuado su linaje en nuestro territorio.  El de que quien se establece entre nosotros no padece la “extrañeza” de ser un extraño entre quienes se sienten iguales.  Y deseé fervientemente que cada vez más nos empeñemos en borrar las diferencias de los que algunos, después de Hitler, todavía se atreven a llamar la raza; o la religión o la lengua o las costumbres para que sólo prevalezca un sentimiento fraterno de solidaridad. El espíritu internacionalista infundió en su obra el reconocimiento del valor innegable de todo ser humano. 

Rosario Castellanos cuestiona a Octavio Paz.

Según la lectura de Andrea Reyes es posible poner en evidencia una diferencia crítica de Castellanos con Paz. Sostiene:

Un suceso importante que reconocí al organizar los ensayos rescatados de Castellanos en orden cronológico fue la coincidencia de varios textos particularmente polémicos que fueron publicados en los pocos meses al principio de 1971 entre su nombramiento como embajadora de México en Israel y su salida del país al final de marzo. Parece ser un momento de mucha reflexión y el deseo de resumir algunas lecciones antes de irse. Por ejemplo, en enero de 1971, Castellanos se valió de su “ética humanista” para aclarar sus diferencias con una de las personas más prestigiosas del mundo literario mexicano, Octavio Paz. En el ensayo, “Indagación sobre el ser nacional: la tristeza del mexicano”, comentó que una lectora le había escrito con admiración sobre los escritos de Octavio Paz sobre “el mexicano y su máscara”, y le pidió su impresión del tema. La autora no citó El laberinto de la soledad directamente ni mencionó el nombre del autor después de la introducción, pero era obvio para quien hubiera leído el texto que el argumento fue para contradecirlo rotundamente. No era poca cosa, considerando que Paz era probablemente el escritor mexicano de más renombre y poder en el mundo literario de aquel entonces. Sin embargo, Castellanos empleó ironía y humorismo para desmitificar su filosofía, y planteó un acercamiento al ser nacional mucho más racional. Su punto fundamental fue de desmentir la aseveración de Paz de que el silencio, o la soledad, o la tristeza imperaban sobre el mexicano irremediablemente.

Primero, se rehusó a aceptar ninguna teoría que afirmara que los mexicanos eran muy distintos de otros miembros de la raza humana: “Por lo pronto, vamos a mandar al diablo ese dogma tan socorrido como falso (pero, ay, tan satisfactorio para nuestra vanidad) de que somos peculiares y únicos” (Indagación sobre el ser nacional: la tristeza del mexicano" 643-4). Castellanos sospechaba que tal creencia era simplemente el deseo de justificarse en lugar de buscar la verdadera clarificación de su propia situación. Describió el método utilizado por unos filósofos de elevar los defectos de la gente a cualidades eternas, y de hacerse pasar por cultos por la elaboración. Ofreció el ejemplo de la supuesta tristeza del mexicano, que se explicaba por la traición de la Malinche o tal vez por el triste fin de Maximiliano tan guapo, ― interpretaciones contradictorias de acontecimientos no relacionados en la historia, aunque hacían buen melodrama. Tal distorsión histórica conducía fácilmente a una conclusión fatalista: “Si sumamos esta serie de factores tenemos como resultado que somos tristes y que como, además, estamos tristes, no damos una” (645). La autora consideraba ridículo y pretencioso ese juego de “máscaras”, y exigió una nueva interpretación del mexicano que aceptara la realidad de que era un ser vivo que podía cambiar:

Creo que, en el nivel en que padecemos el problema es moral pero en sus principios es intelectual. Cuando nos atrevamos a conocernos y a calificarnos con el adjetivo exacto y a arrostrar todas las implicaciones que conlleva, cuando nos aceptamos, no como una imagen predestinada sino como una realidad perfectible, estaremos comenzando a nacer. (645-6)

Esta afirmación de ser “perfectible” fue precisamente el argumento de Castellanos: que el silencio del pueblo mexicano no era “predestinado”, que el uso de “el adjetivo exacto”, el poder de la palabra, podía empezar a cambiar la situación, y que no había nada de la esencia mexicana que no se podía mejorar.

En febrero de 1971, Castellanos dio el discurso sobre “La abnegación: una virtud loca”, que mencioné el otro día, el “grito” que Elena Poniatowska señaló como un día clave en la causa de la mujer en México. No lo voy a repetir aquí, pero fue parte de ese momento de mucha reflexión antes de salir del país. En marzo, faltando sólo semanas para partir a Israel, la autora volvió su atención a la importancia de cumplir con la ética de representar la verdad, aunque existía el temor de la censura. Citó a don Daniel Cosío Villegas, quien, en un editorial del día anterior, identificó el temor general en el público sobre la arbitrariedad de las fuerzas del poder. Castellanos escribió que Cosío Villegas:

Afirma que nada es “más urgente que nuestras autoridades traten de medir hasta qué punto está grabada, profunda, inconmoviblemente en la conciencia de cada ciudadano mexicano la noción de que pende sobre su cabeza la espada de Damocles de un poder oficial tan fuerte y tan arbitrario que en cualquier momento puede desencadenarse sobre él un terror capaz de exterminar su persona, su familia y sus bienes”. (Censura y autocensura: el niño que pone el coco . . ." 678)

Castellanos reconocía el temor general de un poder oficial arbitrario descrito por su colega, aunque eso no le quitaba la urgencia de exigir más de sí misma y de los demás intelectuales. Señaló el recato, la prudencia, con que demasiados de los escritores respondían a la posibilidad de correr un riesgo con su obra:

Únicamente pusimos en evidencia nuestra pusilanimidad, pero si somos pusilánimes, más vale que vayamos sabiéndolo y no que vivamos engañados pensando que si estuviéramos respirando una “atmósfera de libertad” seríamos los voceros del pueblo. Pero aquí el vocero del pueblo es el rumor anónimo que esparce nadie sabe cómo pero sí con qué eficacia, mentiras, exageraciones, amenazas, tanto más temibles cuanto más veladas.

Si alguien, como por ejemplo, Elena Poniatowska, hubiera atendido esos rumores, ¿habría publicado su magnífico documental sobre La noche de Tlatelolco? Claro que no. Sin embargo, el libro está allí, en los escaparates y vendiéndose como pan caliente. (Censura y autocensura: el niño que pone el coco . . ." 679) 

Y concluye:

A veces, yo tengo la impresión de que los mexicanos ― que tal vez no hemos salido aún de la infancia — nos encanta, como decía Sor Juana, poner el coco para luego tenerle miedo. Y lo que al principio era juego se va transformando en realidad. Y por miedo a incurrir en la reprobación de una censura (que como no existe oficialmente la sentimos funcionar en todas partes) y que, como todas las censuras carece de imaginación, aplicamos la imaginación propia a autocensurarnos hasta el punto de que la palabra más inocente e insignificante nos parece cargada de dobles o triples intenciones. Y la tachamos. Y nos hundimos. (Censura y autocensura: el niño que pone el coco . . ." 679-680)

Pero Castellanos misma no se hundía, ni tachaba sus palabras sobre la realidad de su vida en México.

Aun en Israel como embajadora del gobierno mexicano, la autora no permitió que el cargo le impusiera una actitud “pusilánime” sobre la responsabilidad de decir la verdad sobre su país. Pocos meses después de llegar en 1971, en un artículo sobre el gusto de recibir la valija diplomática con periódicos, revistas e información reciente de México, la autora mencionó las pocas noticias que había recibido de la nueva masacre: “de los hechos del 10 de junio teníamos muy vaga noción”, y reforzó su apoyo por los que exigían la verdad sobre los dos atentados, el de 68 y el nuevo de 71. Reclamó saber:

Algo respecto a unos halcones que volaron después “de dar a la caza alcance” y de los que nadie ha vuelto a saber. Sobre ellos preguntan, en voz alta y libre, las más responsables, las más exigentes, las más dignas conciencias de México. Y esa voz la escuchamos, y de ella nos hacemos eco, desde el sitio al que hemos sido destinados. (La valija periodística: un cordón umbilical" 80-81)

Era evidente que su compromiso con la verdad superaba su obligación hacia el gobierno de Echeverría.

El texto más profundo que escribió Rosario Castellanos sobre la masacre en 68 fue el poema, “Memorial de Tlatelolco”, que aportó al libro tan importante de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco.  Su denuncia de los hechos y de la censura de información fue contundente. Los sobrevivientes que erigieron la Estela de Tlatelolco en 1993 para conmemorar “a los compañeros caídos” decidieron incorporar una estrofa del poema en el monumento,

— precisamente la parte que señalaba el silencio de los medios de comunicación, su obediencia a la “línea” dictada por las autoridades:

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

Y en la televisión, en la radio, en el cine

no hubo ningún cambio de programa,

ningún anuncio intercalado ni un

minuto de silencio en el banquete.

(Pues prosiguió el banquete.) (Obras II: poesía, teatro y ensayo 186-7)

La denuncia valía mucho cuando la escribió, conmocionaba a los sobrevivientes que erigieron la Estela en 1993, y sigue siendo relevante en la actualidad.

Hasta los volúmenes que ahora se han publicado, los editores de su obra habían excluido la gran mayoría de las observaciones de Castellanos sobre la vida política y social en México.  Sin embargo, por toda su carrera literaria la autora insistió en reflejar la realidad del país, y resistió cualquier esfuerzo por restringir la libertad de expresión o de falsificar la imagen de México con el “patrioterismo”.  Dado su obvio interés por entrar en el diálogo político de aquellos años, el rehusar de considerar esta parte de sus ensayos es revelador.  El hecho de que la participación de mujeres como intelectos en la sociedad es todavía punto de disparidad, aunque menos que antes, acentúa la importancia y originalidad de lo que logró Rosario Castellanos en las páginas editoriales de Excélsior de 1963-1974, y lo que significa su producción ensayística.  Ahora podemos reconocer que, además de sus obras de ficción, poesía y teatro, Castellanos aportó una voz progresista, internacionalista y comprometida al debate nacional. Estos ensayos son parte imprescindible de la batalla ante la opinión pública de México en que Rosario Castellanos fue siempre una intelectual insobornable, quien merece ser recordada para siempre en las letras mexicanas.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, el 21 de mayo de 2011

 

 



 

 

 

 

 

 

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Gosh, I wish I would have had that ifonrmatoin earlier!
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